Gigante de otro tiempo

Jacobo Rivero viaja con Fernando Romay por cuatro décadas de desarrollo del baloncesto.

27/01/14 · 8:00
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Alfredo Amestoy fue el primer “gafapasta” en España. Su perfil de modernete intelectual no sólo se ocultaba tras unas monturas gruesas o un flequillo acortinado, sino en una versión del periodismo más irónica que coloreaba los tonos grises del tardofranquismo. Su Informe Amestoy fue una crónica personal de la nación idílica del No-Do. El 8 de octubre de 1973, con el título de Los problemas del desarrollo, Ames­toy ponía en paralelo el crecimiento de la economía con la llegada de los nuevos ciudadanos de dos metros y la incomodidad de su tamaño en los cines, en los pupitres o para encontrar zapatos de su talla en una sociedad de ídolos bajitos. En una década, los españolitos idealizados en latin-lovers de bolsillo como López Vázquez o Lan­da habían aumentado su estatura media en diez centímetros.

Altísimo, la biografía de Fer­nando Romay firmada por Ja­co­bo Rivero para Turpial, comienza pocos meses después de estas imágenes y comparte los planos iniciales. La señora Pilar es la misma secundaria en ambos relatos, abriendo la puerta de la residencia que traspasan agachados los Parada, Segurola, López Abellán... y un Romay perdido en un mundo en el que su inmensidad le obligaba a agarrarse de un aro. El libro abarca ese trayecto desde la inocencia y la torpeza de un chico del barrio pesquero de A Coruña al estrellato de nuestro primer gigante. Jacobo Rivero nos demostró con El ritmo de la cancha que el deporte puede ser un buen pretexto para ampliar la mirada sobre otras realidades y mundos comunes. Con la misma intención se adentró en el encargo de Altí­simo, usando como hilo las largas zancadas de Romay por el baloncesto y una sociedad, la española, que se quitó las telarañas de la dictadura, descubrió una democracia movida, se hizo europea de repente y conoció la decepción tras la gran fiesta del 92. Más que una biografía de Romay, pretende ser un viaje de su mano por un país que también crecía sin controlar muy bien sus movimientos y cometiendo más faltas de lo debido.

Este coast to coast puede llevar a la nostalgia o a descubrir la prehistoria más reciente de nuestro baloncesto, depende de la edad del lector. La generación de los Epi, Martín, Iturriaga, Solozábal y el propio Romay hizo de eso de meter canasta un entretenimiento de masas desde sus duelos de pasión entre Ma­drid y Barcelona y sus alianzas en los Europeos, Mundiales y Juegos, con la plata de Los Ángeles 84 como luminoso preámbulo de los ÑBA.

El libro se divide en dos partes, como un partido de basket. La primera arranca con el paso tremendo de Romay por el club blanco a ritmo de jazz y la segunda se extiende por la marcha de la selección hasta las últimas líneas de una carrera deportiva, con epílogo en el fútbol americano incluido. El intermedio se emplea en el nacimiento del hombre mediático en el Vip Noche, que perdura hoy como comentarista de partidos y en el que quizá resida la verdadera razón de este libro, que ha alcanzado la segunda edición en pocas semanas: para el español tipo, Romay sigue siendo, 20 años después de su retirada, un “personaje público” más reconocido que Nikola Mirotic, mejor jugador de la Liga Endesa. Y ésta no puede ser una buena noticia para la ACB.

Como buen madridista, Ro­may se muestra blanco blanquísimo en sus declaraciones: nada de sangre y menos de identificación política. Mejor no meterse en líos, errónea filosofía del deportista profesional hecho marca de vender bancos. Sí se agradece la pausa para hablarnos de Delibasic, Corbalán, Petrovic, Barthe o Díaz Miguel, entre otros muchos.

La lectura engancha con anécdotas garabateadas con su gracia autóctona. Así se descubren secretos como la primera charla con Ferrandiz sin saber ni quién era, los viajes detrás del Telón de Acero, las peleas colosales con griegos e italianos, las malas jugadas de Petrovic o la certeza de humanidad de sentarse en el vestuario de Los Ángeles y ver bailar en el aire a Jordan. Estremece el relato de la muerte de Fernan­do Martín y cómo la mujer e hijos de Romay se enteraron de la noticia entre el miedo y la confusión. “Se ha muerto ese jugador del Madrid, el que se llama Fer­nando”, les fulminó el taxista refiriéndose al fallecimiento del primer español en ir a la NBA.

Porque para aquellos a los que ver a un compatriota en la liga americana les parece normal, adentrarse en Altísimo les hará conocer otro tiempo en el que se abrió la brecha por la que se colaron Gasol y compañía. Una grieta hacia la modernidad que perforó Romay a base de taponazos. Un tiempo recortado en su silueta elevando el brazo reconociendo una falta. Un tiempo que admiraba a los gigantes. //

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