Kortatu: Rito colectivo

"Kortatu. El estado de las cosas. Lucha, fiesta y guerra sucia" forma parte del análisis de discos imprescindibles de la música hecha en el Estado español que está realizando Lengua de Trapo. En esta ocasión, sus autores, Roberto Herreros e Isidro López, abordan un período fundamental de la historia de Euskal Herria.

24/01/14 · 8:00
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El pabellón Anaitasuna, en Pamplona, está abarrotado de gente. Aún faltan unos minutos para que empiece el concierto, pero el público ya corea el nombre del grupo desde hace un buen rato. Los cordones de las Dr. Martens están lo suficientemente apretados para que sea cómodo bailar con ellas a pesar de sus punteras de metal y sus suelas rígidas, y el alcohol y el sudor ya empiezan a empapar las camisetas de los asistentes mucho antes de que el grupo salga a escena. Sus miembros no necesitarán esforzarse mucho para caldear el ambiente. Cuando Fermin, Íñigo y Treku aparezcan en el escenario, el pabellón entero se caerá abajo. Antes de que empiecen a sonar siquiera los primeros acordes, la mayor parte del público ya estará saltando, bailando y empujándose unos a otros en pogos de decenas de personas.  

Cuando Fermin, Íñigo y
Treku aparezcan en el escenario, el pabellón entero se caerá abajo

Estamos a 1 de octubre de 1988 y Kortatu está a punto de dar su último concierto antes de disolverse definitivamente. Fermin se acerca al micrófono y grita el título de la primera canción que van a tocar, After-Boltxebike, un tema que pertenece al tercer álbum de la banda. Los primeros acordes desatarán el fervor colectivo. El último concierto de Kortatu será mucho más que eso. Tendrá algo de acto de guerra, de rito colectivo. De asalto perfectamente planificado a una normalidad asfixiante y paralizadora.
 
En realidad, no importaba que Kortatu se disolviese aquel día. Como afirman los autores de Kortatu. El estado de las cosas. Lucha, fiesta y guerra sucia, Roberto Herreros e Isidro López, Kortatu era la expresión de algo mucho más amplio, de un movimiento político, social y cultural que se estaba gestando en Euskadi desde los años 70 y que tenía en la música una de sus manifestaciones, pero no la única. Fanzines, radios libres, centros sociales, grupos de rock y punk e iniciativas autogestionadas de todo tipo serán las expresiones culturales y sociales de un movimiento político que cuestionará al sistema en todas sus vertientes y que supondrá un desafío para el orden existente. Su momento álgido se producirá a mediados de los años 80, coincidiendo con la máxima popularidad de Kortatu, que actuará como altavoz de la situación que se vivía en ese momento en Euskadi y llevará el impulso del movimiento tan lejos como fue posible. Canciones como Hotel Monbar, El estado de las cosas o Esto no es el oeste pero aquí también hay tiros darán cuenta de la fuerza combativa del movimiento, pero también de la represión brutal que el Estado iba a desplegar como estrategia de control social. El círculo de represión-atentado-represión acabará empapando todo el movimiento, que se verá cada vez menos capaz de abandonar esa dinámica y perderá buena parte del impulso y la creatividad iniciales. 
 
Como afirman los autores, la violencia del Estado contra ese movimiento contestatario hizo que ETA gozase de “un fuerte apoyo popular en la medida en que era percibida como un mecanismo de defensa y contestación”. A medida que la represión se intensificaba no sólo contra militantes de ETA, sino también contra miembros de los movimientos sociales y la izquierda radical, “ETA se presentó, y supo explotarlo políticamente, como la única vía de contestación a una violencia del Estado que se manifestaba en forma de cacheos, retenciones, palizas y torturas. También de una campaña permanente de secuestros y asesinatos que se intensificaba con la aparición de los GAL”.  

El círculo de represión-atentado-represión acabará empapando todo el movimiento

Sin embargo, la pérdida de ese impulso inicial no significó el fin del movimiento. A lo largo de los años 90, los fanzines, las radios libres, los centros sociales y los grupos musicales que habían formado parte de él siguieron existiendo, aunque con cambios. En el caso de los miembros de Kortatu, esa transformación se reflejó en la aparición de Negu Gorriak, que suponía una apuesta por el euskera como única lengua de expresión y por la autogestión como forma de dirigir la carrera musical del grupo. Con Negu Gorriak, la banda editará sus propios discos y controlarán todos los aspectos tanto musicales como económicos de su carrera, desde los arreglos de las canciones a la venta y distribución de las entradas. 
 
De alguna manera, Negu Gorriak consolidará la trayectoria iniciada por Kortatu, que se había convertido en un grupo muy conocido tanto dentro como fuera del Estado. De los 280 conciertos que dio la banda en sus cuatro años de vida, una buena parte de ellos será en lugares como Francia, Alemania o Suecia, por citar sólo alguno de los países que visitaron. Otros lugares, como América Latina, nunca los visitarían, pero eso no impidió que allí también se acabasen convirtiendo en un referente. La intención de utilizar la música como una herramienta de transformación social –“mi guitarra no dispara pero yo sé dónde apunto”, dirá la letra de El estado de las cosas– seguía viva en Negu Gorriak, que consolidaría la influencia social que ya había logrado Kortatu. De hecho, esta influencia llegará hasta el punto de que sus seguidores se organizarán en las Brigadas Negu Gorriak, células autónomas de acción política que realizaban charlas informativas, participaban en centros sociales y actuaban como redes de distribución de información. En un momento como el actual, en el que se percibe cierta revitalización de las iniciativas autogestionadas, quizá se podría aprender de ciertas experiencias de aquel momento, que lograron cuestionar las bases del sistema y crear una situación prácticamente revolucionaria. 
 
El disco que se grabó en aquel concierto de 1988 se tituló Azken Guda Dantza (último baile de guerra), pero en realidad aquel baile estaba muy lejos de ser el último. El concierto ponía fin a la existencia de Kortatu como banda, pero las canciones del grupo provocaron efectos mucho antes y mucho después de aquel concierto concreto. Temas como En la línea del frente forman parte del inconsciente colectivo, de la memoria colectiva de la lucha. Son una especie de banda sonora del disturbio. La música que sonará cuando se enciendan todas las hogueras y ardan todos los contenedores.

Un éxito meteórico

En cuatro años Kortatu se convirtió en un fenómeno tremendamente popular, con temas que todavía suenan en muchas fiestas de pueblo. El grupo nace en 1984, formado por los hermanos Íñigo (bajo) y Fermin Muguruza (guitarra y voz), y Treku Armendariz a la batería. Tras una primera maqueta, Kortatu o la cólera de los no elegidos graban en 1985 su primer LP, Kortatu, que contiene alguno de sus temas más conocidos y vende más de cien mil copias. En 1986 sacan El estado de las cosas, que contiene varias canciones en euskera y marca un giro hacia una mayor gravedad. Esta tendencia se afianza en el siguiente disco, Kolpez kolpe (1988), cantado íntegramente en euskera. Seis meses después graban Azken guda dantza, disco en directo con el que se despiden.

 


Paisaje tras la banda

Revolución vasca

Así define Emmanuel Rodríguez el rico panorama político y cultural que se desarrolla en el País Vasco en los años 70 y principios de los 80, que, más allá del movimiento obrero y del nacionalista, incluye a un potente movimiento ecologista, experiencias de economía alternativa, redes feministas, medios de comunicación (diarios, revistas, fanzines, radios libres…), proyectos educativos, etc. Éste sería el fermento político y social del que surge Kortatu, según Herreros y López.
 

Los otros 80

“… la reconversión industrial, la represión policial, la impotencia política, el paro, la imposición de una transición descafeinada, el desengaño con el gobierno socialista, etc.”. Una sola frase le servía a Íñigo Muguruza para resumir, en la revista LDNM, esos otros años 80, lejos del consenso impuesto por la Cultura de la Transición. Aun así, esta década también está marcada por una pujante cultura juvenil vasca, que reivindica la fiesta y la celebración.
 

Hotel Monbar

El 25 de septiembre de 1985, mercenarios de los GAL matan a tiros a cuatro refugiados vascos en el Hotel Monbar de Baiona. Minutos antes, Fermin Muguruza y unos amigos habían estado en un bar con ellos. Algunos de los testigos corren tras ellos y logran alcanzar a dos de los atacantes. Hotel Monbar es la primera canción que Muguruza escribe para El estado de las cosas: “Cuatro claveles rojos / quedan en el recuerdo, / y un sudor frío / cada vez que lo cuento”. 
 

R.R.V.

Rock Radical Vasco es una etiqueta que denomina un movimiento musical que surge a mediados de los años 80 y que agrupa a bandas muy diferentes, desde Eskorbuto, Vulpes o Cicatriz a Hertzainak, Barricada, Kortatu o La Polla Records. Aun así, todas ellas comparten el hecho de que expresan una realidad social que apenas tenía cabida en los medios de comunicación: la de miles de jóvenes afectados por la crisis económica, los estragos de la heroína y la represión.

Tags relacionados: Número 214 punk Música
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