Los Simpson
El día en que los "dibus" se hicieron mayores

El 17 de diciembre de 1989 comenzaba la emisión de ‘Los Simpson’, de Matt Groening. Aunque ha vivido tiempos mejores, recordamos algunas de las claves que convierten esta serie en el principal referente de la televisión de finales del siglo XX comienzos del XXI.

Texto de Israel de Francisco

30/12/13 · 8:00
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¿Puede haber un dato más significativo que el 99% de la población española ha visto alguna vez Los Simpson? Así lo señalaba el diario 20minutos, en 2009, ante el estreno de su 19ª temporada, tras 15 años consecutivos como una de las joyas de la corona de Antena3, que también ha sido emitido por otros cinco canales de televisión.

El secreto de un éxito como el de Los Simpson podría establecerse en sus geniales guiones, repletos de situaciones hilarantes y diálogos mordaces. O también en la creación de un universo absolutamente familiar, pues a pesar de contener a centenares de personajes conocemos a la perfección la vida de cada uno de ellos (tanto la pública como la privada). O incluso por la gran cantidad de referencias a la actualidad política, social y cultural, filtradas a través del tamiz de la sátira, convirtiendo la realidad en una sana parodia. Y, sin embargo, puede que su triunfo tenga que ver con una serie de coincidencias que la convierten en el reflejo en curso de la historia reciente.

Y es que no hay que olvidar que Los Simpson nacieron el mismo año que el mundo se transformaba radicalmente. A pesar de haber aparecido en El Show de Tracey Ullman a partir de 1987, no fue hasta dos años después cuando se emanciparon, tomando el formato que hoy sigue vigente. Su estreno como serie independiente se produjo el 17 de diciembre de 1989… poco más de un mes después de la caída del Muro de Berlín. Una convergencia que va más allá de lo anecdótico, y que refleja que no sólo el mundo estaba maduro para acoger en su seno un producto tan novedoso, sino además la necesidad de contar la vida (con sus grandezas y sus miserias) de otra forma.

A pesar de no haber sido la primera serie de animación de la historia de la televisión (pues, en los años 70, la inédita en España Wait till Your Father Gets Home ya había abierto este sendero), la importancia de un fenómeno como Los Simpson radica en que es un producto que expresa los primeros pasos de la globalización económica a través de su elaboración, pues sin los tratados de libre comercio impulsados durante la era Reagan no se hubiera podido agilizar y abaratar su producción, trasladando su manufactura hacia estudios de animación foráneos (principalmente los coreanos), estableciendo por lo tanto en el fenómeno de la deslocalización neocolonial uno de los puntales a través del cual se ha logrado generar el posterior auge de la ficción animada televisiva (El rey de la colina, South Park, Futurama o la irreverente Padre de familia, parodia a su vez de la casa ubicada en el 94 Evergreen Terrace) y actuando de puente entre aquellas comedias familiares de risas enlatadas de los 80 y los nuevos modelos de sitcom (Malcolm, Modern Family, etc.), donde pervive la presencia de las mismas familias disfuncionales.

No hay duda de que la aparición de Los Simpson en la parrilla televisiva ha impulsado sobremanera el formato animado, desligándolo de una audiencia netamente infantil y juvenil, ampliando su espectro hacia las distintas capas de la población, unificando a los distintos miembros de la sociedad más allá de su edad, su estatus económico, su procedencia racial, su formación académica e, incluso, su ideología. Porque si hay algo verdaderamente significativo del universo ubicado en Springfield y sus alrededores es su capacidad para parodiar y dejar en evidencia cualquier tendencia política, ejerciendo la controversia a través de un insolente desparpajo que no deja títere con cabeza, a pesar de que, con un mínimo sentido crítico, siempre predomine un espíritu trasgresor que ubica a la serie en un contexto netamente contracultural. Algo que también tiene que ver con el fin de la división del mundo en dos bloques enfrentados políticamente, pues, como acertadamente apunta el filósofo Aeon J. Skoble en su colaboración para el libro colectivo Los Simpson y la filosofía, su libérrimo espíritu “antiintelectualista” nace precisamente de la falta de un antagonista en el que la reivindicación cultural era una de sus bases fundacionales (la desaparecida Unión Soviética). Esto provocó que en un mismo formato apareciesen referencias de la alta cultura combinadas con elementos de la cultura popular, generando un producto asequible que colma las expectativas tanto de los espectadores más exigentes como de aquellos otros menos estrictos en sus pretensiones intelectuales.

De hecho, ¿puede existir algo tan significativo de esto que estamos diciendo como que un grupo de sesudos filósofos se ponga a disertar sobre algo tan aparentemente banal como es una serie animada de televisión? Un producto perteneciente a la cultura de masas como Los Simpson ha trascendido un formato repleto de informalidad para instalarse en el inconsciente colectivo, abriendo numerosos frentes de debate social y democratizando lo que hasta hace algo más de dos décadas parecía ser patrimonio exclusivo del ámbito académico.

No sólo recoge aquellos aspectos de la realidad que, a modo de cuaderno de bitácora, pudieran servir como fidedigna crónica de nuestra historia reciente en torno a la sociedad del cambio de siglo. Su trato con la sociedad es de feedback, influyendo en la forma que tenemos de relacionarnos o, incluso, en el propio lenguaje. Expresiones utilizadas por algunos personajes de la serie han llegado a figurar en distintos diccionarios como neologismos. Que, por ejemplo, la famosa expresión de Homer “D’oh!” sea una de las entradas actuales del Oxford English Dictionary debería ser un elemento de análisis lo suficientemente significativo del calado que ha ejercido este “simple” dibujo animado.

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