Otra maldita novela de autoayuda

Rosa plantea una disección del nosotros, plural e inclusiva, que conmueve y emociona.

14/12/13 · 8:00
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La Habitación Oscura de Isaac Rosa arrebata, da insomnio. Te encierra en sombras deslumbrantes. Porque la lucidez es una herida debida a la luz del sol. Tuvo que pasar un mes desde que me desvelé leyéndola para que pudiese escribir esto. Como si saliese de una regresión, ya no sé si es mío. Aún me habita la voz colectiva de la novela. Un nosotros sin rasgos, que hacia la mitad toma nombres propios, pero subsumidos en la primera persona del plural. Nombres de pila que sirven de espejos de una pecera reflectante en la que se va convirtiendo el cuarto oscuro. Cada página que pasas arranca una máscara. Nadas entre ellas y al final te reflejas en la pesadilla presente. Boqueando.

No tengo claro que el párrafo anterior o el siguiente sean míos. Saltaron como chorros del teclado a la pantalla. La novela propone un ejercicio de memoria del presente. Ofrece la crónica de una crisis cronificada. Instalada. Establecida como norma. Incubamos esta peste en un tiempo que queremos olvidar.

¿Recuerdas como éramos entonces? No, ¿verdad? Queda lejos. Está oscuro. Dimos muchas vueltas de gallinita ciega para llegar aquí. Era la excusa para palparnos sin reconocernos. Para reunirnos a encontronazos. No había tiempo de más. Nos urgían necesidades inagotables. Nunca nos conformamos con un solo cuerpo. Ninguno bastaba ni comprometía lo suficiente. Creímos haber atrapado la gallina de los huevos de oro. Y dábamos vueltas, cayendo unos sobre otros. Entrando y saliendo en otros cuerpos. Sin decir hola ni adiós. Solos a la entrada. Y a la salida.

Apenas queda el recuerdo de aquella mano que sostuvimos y nos sostuvo. A oscuras, sin querer más. Sin acariciar más allá de la muñeca. No queríamos ataduras. Ahora echas de menos aquella mano: un nudo de carne. Una esposa de metal convertida en ternura, que te haría libre.El siguiente párrafo también debe ser una remezcla, un plagio y pastiche del librazo que nos ha regalado Rosa.

Caímos mil veces, empleando a los otros de colchón. Sin saber a quien aplastábamos. Decíamos que tomábamos impulso. Aquel dulce mareo de dar vueltas, girando sobre el único eje que aceptábamos: uno mismo. Para luego soltarnos como fardos sobre los otros. Descargándonos. Liberando carga. Trepando. Trepanando. Exhaustos, hemos acabado de rodillas ante al becerro de oro. Eso era lo que en realidad abrazábamos. Y ahora, por mucho que lo frotemos, ya no da luz.

No crean que la novela va de flagelarse con auto culpas. Ojalá aceptase alguna penitencia como alivio. No hay examen de conciencia, porque la lista de pecados sería interminable. Ni purga posible para la culpa de semejante despropósito como el que ahora afrontamos. Abres el libro y ofrece un espejo tan insoportable como un álbum de fotos familiares. Te arrastra adentro. Y, sumergido, acabas girando en una pecera que ya no magnifica el exterior. Te refleja. Ya no produce el efecto lupa sobre lo que nos esperaba fuera, cuando creciéramos y progresáramos. Das vueltas y giras en torno a tus, nuestros, retratos prisioneros. Mundos soñados en paraísos hipotecados. Llegamos a lo más alto en temporada baja. Nos devoramos en hoteles y camarotes de lujo. Con el bono descuento nos comimos el mundo; en realidad, unos a otros.
Estas (re)visiones –muy superiores en el original– sirven de rendijas para que las clases medias se cuelen en el cuarto oscuro. Con el precariado, empobrecido, parado o exiliado, pueden revisar la genealogía de su derrota de clase. Sí, clase social. También reciben collejas los activistas para quienes los bancos de pececillos acabarán comiéndose a los escualos de la rapiña financiera. Se agotan en las pantallas. Son virtuales, sin más impacto que el de la pantalla. Manitas agitadas como molinillos en asambleas con consensos inocuos para el poder. Vibraciones de aire, atmósferas y climas benignos, de disidencia autocomplaciente. Faltan manos para desmantelar las
arquitecturas del expolio
. No vaya a ser, señala la voz narradora con mala leche, que lo jodamos todo y no vuelvan los buenos tiempos.

La Habitación Oscura viene enfajada como “la novela de tu generación”: el mercado empaqueta su significado. A pesar de que Rosa lo deja abierto. Su verdadera envoltura es la forma que adopta: la alocución del nosotros plural e inclusivo. Tachándola de generacional intentan acotar la novela a onegeros sin currículum profesional, perroflautas hedonistas, adictos del ciberactivismo y demás frenotipos quincemayistas. Los mercados proponen que hagamos una lectura personal de fracasos y desencantos individuales. El tránsito a la madurez, la resignación y el cinismo purgarán los excesos de juventud. Un libro de autoayuda contra el acné, vamos.

Pero Isaac Rosa ha escrito otro maldito libro de autoayuda; como antes lo hizo sobre
la carnicería franquista. Otra Maldita Novela sobre la Guerra Civil destripaba una memoria histórica supuestamente rebelde, pero la mostraba amortajada en convenciones. Sus palabras son de nuevo insumisas: hacen audible el ominoso silencio que guardan la mayoría de los novelistas sobre lo que nos está pasando y la respuesta que podemos dar. Una respuesta que es colectiva o no lo es. La habitación cerrada te ofrecerá una parrafada incontenible. Un monólogo interior, propio de un Lobo Antunes al que le hubiesen extirpado el ego. El murmullo colectivo de muchas voces que se tornan nosotros evita la impudicia que conlleva el exhibicionismo individualista en estos tiempos. En el cuarto oscuro no se desnudan las almas, se arrancan las caretas.

Quedan avisados. Aunque la novela de Isaac Rosa parezca en ocasiones una parábola de Saramago, no aporta consuelo. Desconoce el lenitivo del nihilismo edulcorado. No se abandona a la autoindulgencia maniquea. Sin digresiones y por condensación evita tautologías y moralejas evidentes. La pecera rebosa veneno puro, destilado. No ofrece medicina para el alma. No ahoga el dolor. Abre el final. Nos deja en el umbral, boqueando, armados de lucidez. //

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