Un conservador de izquierdas

Un par de meses después de su publicación, examinamos ‘La habitación oscura’ de Isaac Rosa.

14/12/13 · 8:00
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Ha publicado Isaac Rosa (1974) una novela conservadora, y sigue siendo una novela importante, al menos para su lectura. La habitación oscura es su sexta novela, o tal vez su séptima, habida cuenta que uno de los asuntos principales de la obra de Rosa es la reescritura. Quiero decir con esto, para quien no lo sepa, que La Malamemoria (1999), su primera y fallida novela, fue republicada como Otra Maldita Novela de la Guerra Civil, como sátira y como comentario propio, para placer de quienes pensábamos que uno de los seguros destinos del escritor era desmentir su obra primeriza y en caso de sonrojado elevado, tratar de ocultarla tanto como fuera posible.

Pero la novela que descubrió el talento impecable de Rosa, El Vano Ayer (2004), trataba también de reescrituras, pero esta vez no la que él hacía, sino la que algunos gestores siniestros de la Historia habían hecho no ya por él sino por todos nosotros. Era una novela sobre una desaparición que no se había resuelto, la de un estudiante implicado en movimientos obreros, y era una novela sobre un hueco permanente: ¿cómo se escribe sobre el final del franquismo, sin épica y con resentimiento, sin implicación pero con coraje? También era una invitación, a los lectores y a los escritores, a llenarse de armas, todas literarias, para hacer frente a la memoria colectiva.

También El País del Miedo (2008) trataba de una reescritura: la que hace la clase media de todas las cosas. Ése era el elemento más poderoso del relato, a veces perjudicado por una trama algo más convencional que sus ideas, con un giro final irónico de tradicional relato de intriga (y que en cierta medida no terminaba de casar con la dirección y la profundidad de algunas de sus magníficas reflexiones).

Y por supuesto, su anterior La Mano Invisible (2011) era una reescritura de alto calibre, pero esta vez tan literaria y arriesgada como la de El Vano Ayer, en la que se reescribía, por una parte, una historia de la novela reciente en la que el trabajo aparecía, efectivamente, invisibilizado o rara vez mostrado, y en la que se reescribía, también, la vida humana, poniendo en primer término todo cuanto nos quita de propios y vitales. Es una novela llena de hallazgos esencialmente formales, donde la estrategia de Rosa de reescritura no se plantea en términos sermoneadores sino, al contrario, puramente literarios: de inventiva estética, con lo cual todo su alcance (moral) es todavía más impactante y logrado.

La Habitación Oscura es también una reescritura, pero una reescritura de un relato, mediático y todavía no demasiado claro, sobre nuestros tiempos presentes. Y también es, casi por encima de su reescritura o tal vez dirigido por esta, un disparo a toda la generación de Rosa, que nació en los setenta, tuvo una oportunidad, de un partido que nunca se menta pero siempre aparece, de intentar organizar un proyecto tras el gobierno popular y prefirió, ya en pleno 2004, seguir en la habitación oscura, permanecer en la fiesta y así, mientras aparecía la crisis o la desesperación, de nada servía. Coincide esta novela, no solamente en el tema sino en su aparición, con la ya notable trayectoria de otro Isaac Rosa, el mismo en su labor de comentarista político, y a veces parece que se solapan.

La novela comienza con las que son fácilmente las mejores cuarenta primeras páginas de la literatura española contemporánea. Están todos los elementos por los que la admiración de Rosa no era ya legítima sino también sorprendente y necesaria: su manejo excelente del tiempo, porque en sus novelas siempre hay una idea peculiar del tiempo, y de la frase de largo aliento, alejada de vericuetos jamesianos y más cerca del registro de un Luis Martín Santos, además de un escenario potente, la habitación oscura, que aparece desvestida de elementos de tesis sencillos y se llena de detalles y con los que Rosa desgrana, uno a uno, los placeres y los días, meses y años allí vividos con los que toda una generación decidió dejar atrás (o más bien adelante) los problemas que muchas y muchos iban a tener.

¿Qué es la habitación oscura? Su gran habilidad es que no funciona con precisión simple o alegórica. A ratos es también el ocio nocturno, repleto de discotecas o hasta diurno, con sus after cegadores, otras es sencillamente los dormitorios, pero no cualquiera de los dormitorios sino los más confortables, en los que hay fiestas privadas y también vidas, con la tenue comodidad de la clase media. Rosa se niega a ofrecer una respuesta sencilla y la novela sale ganando con ello.

Donde la novela pierde es en su pelea con la actualidad. En el último acto hay demasiadas prisas, también una intriga informática que poco añade y que parece un sencillo barniz, al hilo de las noticias últimas y de las necesidades de organizar (o no) una protesta sensata contra medidas del todo descabelladas. Ahí Rosa pierde su trazo magnético, pero también se visibiliza agudamente un problema común en la literatura contemporánea: la pelea, personal y textual, del escritor con el mundo, con su ruido, con su exceso de información, con la búsqueda de metáforas, puntos de apoyo, solidez.

He dicho antes que esta es una novela conservadora, y sigo pensando en ello. El conservadurismo asume que el ser humano no puede cambiar. Ninguno de los personajes de esta obra cambia, más bien todos se constatan como aquella que era ya sintomático al comienzo de la misma. Hay quien prefiere la militancia, pero se aleja de la habitación oscura. Todos sus usuarios terminan usándola para fines mezquinos o chantajistas. Incluso quienes la temen. La Habitación Oscura es la crónica de un desgarro, pero también de una responsabilidad colectiva y generacional, de unos ciudadanos, consumistas e ingenuos, también inmaduros, lo suficientemente solipsistas como para no tener más que cursilería o pretensiones pequeñoburguesas como horizonte de expectativas.

Rosa sostiene, como antes Shakespeare, que la culpa no está en las estrellas sino en nosotros mismos, que no somos más que siervos. Bien, pero entonces ¿bajo qué horizonte de vida podemos construir ese futuro que ahora ha sido robado si, en realidad, el futuro ha sido cancelado? Es una conclusión misántropa, dolorosa y que conduce a la futilidad. Es un conservador de izquierdas, desde luego, porque las razones de su indignidad son las razones de un declive inevitable, pero la pregunta sería ¿basta ahora con escribir una gran novela sobre el desconcierto desde la misantropía? O necesitamos algo más, razones para la esperanza o para reelaborar la vida desde otro lugar o desde diversos. A fin de cuentas, uno de los más indirectos y mejor estudiados modelos de Rosa, Tiempo de silencio, no permitía que la vida, tan infecta por las canalladas del franquismo, nos fuera ajena, despreciable, incluso cuando sucedían episodios de indignidad.

Seguramente el Rosa articulista diría que escribiendo esta novela, valiente en cuanto es un alegato contra los males de una generación, ha ofrecido al menos unas cuantas razones para no mantenerse en la quietud. Pero yo creo que el efecto es exactamente opuesto: al término de La Habitación Oscura, era la desesperanza quien había ganado la partida. ¿De qué sirve tratar de cambiar el mundo si no habrá manera de evitar la complicidad, el fracaso, la corrupción o la cobardía? Y por otra parte ¿no está acaso Rosa más cerca de un conservador tradicional, pongamos un caso más allá del contexto hispánico, tory que de un progresista?

Los conservadores inteligentes y convencidos no han sostenido jamás que el capitalismo no sea un sistema injusto. Lo que asumen es que es un reflejo de nuestros instintos más injustos, y es injusto porque nosotros lo hacemos así. Ese es el principal argumento, y el más convincente para las horas intempestivas del cinismo. No dejé de pensar en que, pese a la admiración que me causan sus páginas y lo interesante y rompedor de su propósito inicial, esta novela podría dialogar perfectamente con este tipo de pensamiento. Un conservador leería sonriente La Habitación Oscura sabiendo que tenía razón: este sistema no era más que una versión de nuestra biología o, sin ser tan radicales, al menos de nuestra ética diaria y común.

De poco sirve pues rebelarse. Es curioso porque, en esta novela, Rosa está más cerca de un nihilismo extendido y juvenil, el que asume como relato verosímil que todo el mundo es corrupto, pero llega a esa cercanía desde ángulos, postulados e ideas completamente distintas a las que sostienen tal visión de las cosas. Pero no deja de resultar significativo que, al final de la novela, no haya ninguna salida, ni se pueda fundar no ya esperanza sino opciones en las que construir un mañana. ¿Qué nos ha dejado la generación de los setenta sino arbitrariedad, capricho y necesidad? Una necesidad que, para Rosa, es la mayor de las veces necedad, puesto que si La Mano Invisible era una gran novela sobre el trabajo, ésta lo es, de un modo menos directo, sobre el consumo, sobre los consumidores y sus pequeñas decisiones.

Yo discrepo con Rosa. Y mi recomendación es que lean a este escritor, el principal conservador de la izquierda de nuestro país, para comprobar si ustedes también.

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comentarios

2

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    titopaule
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    29/12/2013 - 4:06pm
    Genial ! Gracias por su crítica. Yo me pregunto si será porque él pertenece a consciente o inconscientemente a eso que se llama pequeña clase media en decadencia que la crisis ha progresivamente empobrecido... no lo sé. Leí un libro "A la puta calle" de Cristina Fallarás (apellido muy fatídico) de cómo esta subdirectora de ADN y editora digital como resistente se hunde en las miserias del capitalismo con hijos y pareja incluída. Pero era autobiográfico y ella misma explora sus alternativas infructuosas, porque parece que la solución será más colectiva. Habría que hacer una crítica bien comparada entre estos relatos de decadencia europea (no es sólo hispanohablante) y observar cómo cada escritor interpreta la crisis cultural y material y qué escapatoria experimentan. Siempre he pensado que este es el reto para la literatura: soñar; y no anclarse en describir la realidad cual burdos científicos. Enhorabuena, insisto, muy buena argumentación! A mí me has convencido y, a partir de ahora, filtraré con tus aportaciones los libros que caigan en mi mano sobre la(s) crisis. Salud Pablo otro Pablo
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    Lector
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    15/12/2013 - 3:14pm
    Muy buena la crítica. Efectivamente padecemos la desidia y la inacción de muchas personas. Y así no vamos a cambiar nada. Cuando nos demos cuenta de que la ciudadanía misma es la que debe cambiar las cosas, entonces revertiremos de forma decidida la situación tan negativa que padecemos hoy.
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