Las ventajas de ser un intelectual

En la última Semana Internacional de Cine de Valladolid, 'Amanece que no es poco' fue elegida como la mejor película española de los últimos 70 años.

28/11/13 · 8:00
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Escena de Amanece que no es poco

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Si hiciéramos una encuesta para saber qué filmes se les han quedado tan grabados como para recordar escenas y diálogos enteros, de primeras puede que Amanece, que no es poco no figure en esa lista. Pero, al igual que se rememoran escenas enteras de La vida de Brian, habrás oído a alguien usar alguno de los diálogos de Ama­­­nece como: “Hoy tengo cuerpo de Góngora”, “yo a esto de ser intelectual no le veo más que ventajas” o “¿no sabe que en este pueblo es verdadera devoción lo que hay por Faulkner?”.

La película y el guión de José Luis Cuerda en que se basa y que nos ofrece la editorial Pepi­tas de Calabaza parecen hechos en estado de gracia. Rozan las alturas de lo sublime y el envidiable estatus de lo casi perfecto. Las escenas son tan limpias, surreales, hiperreales, o como se quieran llamar, que las lecturas son casi infinitas. Gozan de una polisemia y una versatilidad que las hace muy fáciles de trasladar a muchas situaciones de nuestra vida cotidiana.

Esperemos que el hecho de haber sido considerada una de las mejores películas de los últimos 70 años no la convierta en un filme de culto, porque eso sería alejarla y negarle todo su potencial transgresor.

Crónicas de un pueblo

El libro, además del guión original, aporta algunos datos para curiosos que iluminan el proceso de rodaje, de producción y de construcción, en cierta manera, tanto del filme como del mismo guión. No ahonda demasiado porque se anuncia otro libro posterior en que se abundará en estos detalles.

Demuestra Cuerda una inteligencia y un conocimiento de eso que se suele llamar la España negra, esperpéntica, esa “España inferior que ora y embiste, cuando se digna a usar la cabeza”. Es también un conocer y dar la vuelta a los mecanismos de la vida de un pueblo que tantas veces y tan bien ha sido representada dramáticamente en nuestra literatura, como por ejemplo en Réquiem por un campesino español o la fabulosa Los Santos Inocentes. La vida en un pueblo, lejos de idealizaciones, a menudo era de todo menos sencilla; sórdida, atroz y asfixiante. Una vida a ratos llena de rencor y siempre de miedo. Donde la Guardia Civil torturaba sistemáticamente en sus casas cuartel y la única distracción-forma de vida era ir a misa.

Todos esos tópicos y certezas, aún vigentes en muchos pueblos de la España de peineta y sacristía, son puestos patas arriba. Se les da la vuelta, se diría, de un modo natural. Parece que han sido siempre así. No es tanto que nos gustaría que las cosas fueran así, sino que nos sorprenden porque lo sabemos del todo imposible. Por ejemplo, la actuación de la Guardia Civil dándose la vuelta ante la pareja que se magrea e insistiendo en los precalentamientos para que ella goce... O, sabiendo la viva imagen del terror que era –y que es– una pareja de la Guar­dia Civil, que hablen entre ellos de dar un bofetón como “un esquema demasiado sintético que hay que usar poco”. En el colmo de esto, la encarnación de las instituciones más represivas de este país: el cabo Gutiérrez y el cura, Saza­tornil y Cassen, respectivamente, se marcan un diálogo antológico sobre el libre albedrío.

Todo parece del revés. Pero jamás podría parecer un relato edulcorado, mitificador de la vida rural o una especie de cuento de hadas nacionalcatólico. Ya está Cuéntame para eso. Para que se olvide qué pasó se cuenta como si no hubiese pasado nunca.

Han salido los de siempre

En Amanece, que no es poco, un par de detalles penetran en la rea­lidad crudamente, como alfileres. Te avisan de que no es un pastel; que es una sátira muy elaborada. Que hay amargura. Dos recordatorios, duros, de cómo funciona el mundo de verdad entre tanto “mundo al revés”. Uno, la escena del “simpático” estudiante de Eton avisando al alcalde de que se va con sus compañeros porque se ha decidido en las elecciones, pero que cuando gobiernen el mundo se acordarán de que les “tocaba las pelotas”. Y el otro es la escena de los invasores del pueblo de arriba cuando toman el colegio e imponen un examen. El maestro, magistral, rural, como dice él, suelta un alegato a favor de la enseñanza libre que aún emociona. Y se curra un sublime examen sobre las ingles. Al terminar, el invasor le arrima una hostia.

En las elecciones generales no sólo se elige el alcalde, sino el cura, el maestro y hasta la continuidad de la Guardia Civil. De nuevo, sutilmente, se desvelan los resultados. “Hemos ganado los de siempre”, anuncia el cabo Gutiérrez. El mismo alcalde, el mismo cura; la Guardia Civil no, pero se le cambia el nombre. Hay que tener cuidado con las elecciones porque a lo mejor, por citar a los clásicos, la urna burguesa sólo genera orden burgués y, por tanto, siempre salen los mismos. Tampoco es más “revolucionaria” la asamblea de mujeres, donde se eligen otros “cargos”: putas, adúlteras, etc., pero no alcaldesas... o dejar de­sierto el cargo de cura o policía.
 

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