La palabra hecha acción

Los lugares y lo que somos a través de ellos son parte del relato de la última obra de Liddell.

03/11/13 · 17:44
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Escena de El Síndrome de Wendy © Nurith Wagner-Strauss / Nurith Wagner-Strauss

En Todo el cielo sobre la tierra (El síndrome de Wendy), tercera parte de la Trilogía de China, la rebeldía formal y de fondo de Liddell vuelve a aflorar como lo hizo en La Casa de la fuerza (2011) y en tantos trabajos anteriores al fenómeno social y mediático que se ha creado en torno a la imagen de Angélica.

Esta obra, que ha servido para inaugurar el XXXI Festival de Otoño a Primavera (cuya duración lo acerca más a un programa de temporada que a un festival), es una composición hermosa y cinematográfica (en la línea formal de los Peeping Tom), que nos vuelve a trasladar al doloroso universo de su artífice, quien además de escribir, interpretar y dirigirse, elabora un cuidado vestuario y escenografía potenciados por el uso narrativo de la luz (de nuevo, la sensibilidad de Carlos Marquerie).

En el centro del encuadre, una isla de tierra con plantas de plástico, sobrevolada por tres cocodrilos. Wendy se reencuentra con Peter. Angélica busca a Wendy. Una cabeza de león chino se mueve en un cuerpo de hombre. En primer plano a la derecha, un árbol de plástico con luces de navidad por el suelo, a la izquierda una mesa con una silla. Una pantalla de subtítulos para el inglés, el noruego y el chino mandarín.

El relato de dos horas y media se estructura en dos partes equidistantes, sin intermedio, llenas de una musicalidad con la que los sentimientos fluyen a través de la imagen y de la palabra. Una primera parte grupal, con intervenciones cuidadosamente medidas de Fabián Augusto Gómez Bohórquez, Lola Jiménez, Jenny Kaatz, Maxime Trousset y Saite Ye. Un coro de actores, músicos y bailarines dirigido por Liddell –esta vez menos autoritaria con quienes performan junto a ella– donde diálogos y partituras de movimiento describen los miedos y fantasmas del envejecimiento, del amor y del abandono.

“¿Qué estarías dispuesto a hacer para no ser abandonado?”. Xie Guinü y Zhan Qiwen bailan la historia de siete valses, compuestos por Cho Younh Wuk y que la orquesta Phace Ensemble toca en directo. Mientras, Angélica entrevista a sus tiernos, cómicos y viejos conocidos de Shangai.

¿Y si el protagonista de la acción no es una persona? El sujeto es un lugar, un espacio, es China, que atraviesa a una persona y que contiene la complejidad cambiante de las emociones. Y el relato se convierte en un descubrimiento de lo que somos a través de los lugares.

Una y otra vez se repite una escena sonora de la película  Splendor in the grass [Esplendor en la hierba], de Elia Kazan. “El recuerdo nos hará fuertes”. ¿Cuál es la intendio operis de la obra? No es lo mismo envejecer que perder la juventud. De esto trata Todo el cielo... De lo delicado frente a lo grosero.

La segunda parte de la pieza, con Angélica Liddell sola en escena, se transforma en una clase maestra de soliloquio o cómo escribir textos para ser accionados, a partir de lo que necesitas decir. Ésta es una clave importante en el arte: la pregunta no es ¿qué quieres decir?, sino ¿qué necesitas decir?

De nuevo, desde su particular voluntad estética y ética, Liddell nos bombardea con ideas que hacen regresar al pensamiento filosófico y hacen palpitar por dentro. Por eso mucha gente se ha hecho fan de Angélica. Su vida y aquello que la atraviesa es la materia prima con la que la artista crea situaciones vivientes, apuntes y cuadernos de trabajo depurados después para la escena sobre el teclado.

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