Cine
Aurand & Tait, cine de resistencia poética

Una muestra francesa ha puesto a dialogar las obras de Ute Aurand y Margaret Tait, realizadoras que pertenecen a dos generaciones de cine experimental.

20/09/13 · 7:42
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“El cine de ficción es como la novela, el documental como la investigación y el experimental como la poesía”. Son palabras de Federico Rossin, historiador de cine y uno de los programadores de la muestra de cine États Généraux du Film Documen­taire, que se celebró del 18 al 24 de agosto en la villa francesa de Lussas. Y, más concretamente, encargado de la sección Frag­mentos de una Obra, en la que se ha dado vida en gran pantalla a la obra de varias cineastas experimentales, aún por descubrir, que apuestan por filmar su día a día, representar el mundo a través de su mirada propia, una mirada hacia lo íntimo, hacia aquello con lo que todo el mundo se puede identificar. Y que además lo hacen de una manera radicalmente poética.

Cada año, Rossin pone en diálogo a dos cineastas de dos generaciones diferentes pero unidos por una continuidad estética o narrativa. Si el año pasado puso frente a frente a Jean Rouch, padre del cine etnográfico, con el joven cineasta Ben Russell, este año ha hecho lo propio con la realizadora alemana Ute Au­rand, que estuvo presente en Lussas, con la escocesa ya fallecida Margaret Tait. “Mirar en paralelo las películas de Tait y de Aurand constituye un camino apasionante de la historia del cine, una propuesta para una crítica cinematográfica viva”, explica Rossin.

No es habitual que predominen los nombres femeninos en la programación de los festivales de cine. Aún más sorprende que su sección destacada se dedique a autoras de circuitos minoritarios. Para Rossin, la apuesta por acercar al público producciones experimentales no es solo por razones estéticas. “No busquéis entender desde el primer momento, dejaos llevar por lo que veis y más tarde comprenderéis”, insta al público de Lussas antes de una de las proyecciones.

Una mujer de edad avanzada fuma sobre las rocas de una playa. Camina, la cámara la sigue. El cabello blanco, la manera de coger el cigarrillo, de sonreír a su edad, los movimientos por el paisaje de las islas escocesas. Imagen sobre película de 16mm y sonido desincronizado de la voz. Sorprendente manera con la que en 1952 la cineasta filma a su madre para ofrecer este Retrato de Ga, primera película mediante la cual se afirma la escritura singular de Tait.

Margaret Tait (1918-1999) fue una de las cineastas británicas más singulares y solitarias. Su obra, trabajo de autodidacta, es un tesoro desconocido de la tradición documental británica. Ha rodado más de 30 películas, la mayor parte de ellas son cortos, retratos sensibles de la vida cotidiana, de sus variaciones y de sus resonancias infinitas. Su obra se caracteriza por una calidad rítmica inhabitual que hace que lo real sea más ambiguo, más rico y bello. Gracias a la sensibilidad del trabajo de Tait, los momentos cotidianos que filma se transforman en eternos.
Tait y Aurand son dos mujeres que filman sus vidas y sus mundos desde dos edades del cine documental”, explica Rossin. Dos generaciones vinculadas por “un cine de resistencia, una consciencia de estar en el mundo, una libertad de pensamiento y una escritura radical que se centra en captar un momento, la relación con la materia de las cosas y de los seres humanos, de la memoria y de las emociones”, en palabras de Pascale Paulat y Christophe Postic, responsables de la muestra. Dos autoras unidas por la libertad formal, económica y estética para crear obras no condicionadas por la industria. Unidas también por la película de 16mm.

Ute Aurand muestra su Bolex, cámara de cine de 16mm, y su grabadora de sonido durante la presentación de sus películas. A través de su obra, la cineasta, nacida en 1957, busca la forma frágil de la poesía posible gracias a la particular forma de las películas rodadas en 16mm. “Cuando quieres mostrar algo parecido a un sueño, hacerlo con los medios digitales es más difícil que hacerlo con la materia y la textura que permite la película de 16mm”, dice la realizadora en una de sus presentaciones.

Sus diarios íntimos filmados y sus retratos documentan, desde los inicios de los 80, su vida cotidiana y el mundo inspirado de las palabras del cineasta Jonas Mekas: “La improvisación es la forma más elevada de la concentración, del descubrimiento, del conocimiento”. Sus películas respiran cine puro: la pulsión de representar, la capacidad de trabajar el cine-ojo en detalle, una presencia que desde el presente ya ha captado el pasado. El cine como poesía de la luz.

Margaret Tait y Ute Aurand llegaron a conocerse. En 1993 Aurand conoció la obra de Tait en Londres y posteriormente viajó a su casa en Escocia para ver juntas el resto de sus películas, e incluso rodaron juntas una película, Video Poems for the Nineties, que quedó inacabada porque Tait deseó centrarse en su segundo largometraje. El legado de este encuentro es no obstante inestimable, pues la obra de Tait dejó una gran influencia sobre las producciones posteriores de Aurand, que quedó fascinada por la “intimidad extremadamente poderosa” y la “fragilidad” que le transmitían las imágenes de Tait.

“Poner hoy estas dos obras en diálogo es una oportunidad única”, dice Aurand. Y no sólo por el recorrido estético y poético que se puede intuir entre las cintas de las dos autoras, sino también por el relato que aportan ambas biografías al universo de la historia de las mujeres. Tait, de carácter solitario y formación autodidacta, es una de las pioneras en las artes de la expresión poética mediante imagen en movimiento desde los años 50. Aurand, que inició estudios de cine en Berlín en 1979, ha contado con más referentes cinematográficos y ha tenido la ocasión de filmar en países como India, Japón y Estados Unidos. Ade­más, reconoce que no se puede entender su obra sin el aporte de sus amigas.

De hecho, una de las cintas más interesantes de Ute Aurand, Here, It Is Very Nice at the Moment, nace de la colaboración con su amiga María Lang, a quien conoció en la Escuela de Cine de Berlín. Lang decidió dejar de hacer cine para consagrarse a los cuidados de su madre y a la escritura. Entre las dos deciden realizar esta película de 55 minutos, montada en 2006, un tríptico filmado a cuatro manos. La primera parte muestra cómo Lang se instala en el campo en 1995. La segunda parte la realiza Lang en 1981, para hablar de lo prohibido, de las barreras y del amor. Veintidós años después, Aurand filma los cuidados cotidianos de María a su madre, a la edad de 96 años. María deshace la trenza del cabello blanco de su madre, la peina con delicadeza y poco a poco vuelve a hacerle la trenza. Movimientos cotidianos de los cuidados de la vejez, y vuelta a deshacer y hacer la trenza.

Las películas de Ute Aurand se caracterizan por sus planos cortos, casi fotografías, el silencio y un montaje rítmico de las imágenes que recuerdan al efecto del calidoscopio. “Las películas suelen ser lineales y yo quiero dar la impresión de romper esa linealidad. Priorizo las emociones a contar los acontecimientos uno detrás de otro”, explica. La realizadora monta directamente en la cámara cuando filma. Después, en la sala de montaje descarta lo que no le gusta y hace los retoques finales. Sus obras muestran lo cotidiano de una manera onírica y se acercan más a la danza o a la pintura que a la escritura. Aurand ha filmado a sus padres, se ha filmado a sí misma. No separa la vida del cine y no le gusta que se refieran a ella como artista. Prefiere el término de realizadora.

La historia del cine ha relegado a un plano casi invisible a autoras como Margaret Tait o Ute Aurand, igual que ha querido hacer –con menos éxito– con otras que hoy sí son ya claros referentes, como Chantal Aker­man o Agnès Varda. El contexto social y cultural nunca ha favorecido especialmente la distribución de películas de corte experimental, tan alejadas de los cánones establecidos por el cine comercial, y menos hechas por mujeres. Pero esto no significa que estas autoras y sus obras no existan. Son en realidad un canto de resistencia.

Rossin considera las cintas de 16mm como una forma de resistencia. Porque es un formato popular en el cine experimental, ese que “consigue transmitir un acercamiento al mundo diferente”. Porque son películas que “resisten en el tiempo”, aún a pesar de los cambios introducidos por la industria digital. Y porque sirven para reivindicar el acto de ver películas en pantalla grande y en grupo. Motivo suficiente para que Rossin dedique a programadores, productores, cineastas, estudiantes y vecinos de la zona un caluroso: “Gracias por resistir todos juntos”.

Tags relacionados: cine experimental Número 205
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