Tomeo transfigurado

Un extraño homenaje al escritor Javier Tomeo a través del decálogo de Jan Svankmajer.

23/09/13 · 8:23
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Este artículo me lo ha dictado el bueno de Javier Tomeo. Es algo que hago cuando ando mal de tiempo y me doy cuenta de que mis reflexiones no van a estar al alcance de mi inventiva. Le digo: “Javier, anda, escríbeme una de tus conversaciones absurdas”. Y él me la escribe, incluso mete alguno de sus monstruos favoritos, algún gallitigre, que, como el oráculo de Delfos, suelta alguna verdad profunda en medio de un diálogo baladí. Sepan que se trata de un procedimiento más o menos habitual en la profesión, sobre todo, entre los que nos gusta el arte fronterizo, el arte que intenta trascender lo obvio. Ahora, como Javier Tomeo se nos ha muerto, una muerte que, como todas, tiene algo de fingimiento, he pensado que andaría sobrado de tiempo para escribir lo que fuera.

A Tomeo, al principio, le he visto de cara un poco más delgado de lo habitual, pero por lo demás su actitud no ha cambiado apenas. Su personalidad sigue siendo un torrente de socarronería. Lo primero que me ha dicho, nada más saber de mi existencia, es que no le dejo descansar nunca, pero, como nos conocemos bien, le he contestado que viva la fabada asturiana, que es una expresión que desde crío le divierte mucho, y, claro, ya hemos vuelto a congeniar. Me hubiese gustado preguntarle mil cosas sobre su viaje al más allá, sobre todo, si hay que llevar tarjeta de crédito, pero he ido directo al grano y le he pedido que me escriba un artículo de cinco mil caracteres sobre Svankmajer. “¿Svank qué…?”, me ha preguntado haciéndose el sordo. Le he vuelto a repetir el nombre más despacio y ha adoptado una actitud dubitativa, como si dudase entre comerse un higo paso o una manzana claudia. “Este nombre tan extranjero me evoca recuerdos pretéritos de mi juventud –me ha confesado en un tono de intimidad desacostumbrado en él–. Tuve un comandante checo en la mili, que el muy cabrito nos hacía saltar el potro después de comer una ración de caparrones, ¿no será el mismo?”. Me he quedado estupefacto y he exclamado: “¡Sí, Svankmajer es checo…! Aunque no es comandante, sino director de cine”. “Entonces, no pudo ser mi instructor de gimnasia en la mili”, me ha contestado Tomeo con un gesto de escepticismo. “¿Por qué no?”, le he inquirido confiando en una de esas casualidades que todo lo une, lo racional con lo irracional. “Porque el único director de cine que me gusta es Buñuel”. Ya está, he pensado, se ha producido el milagro. “Svankmajer también es surrealista como Buñuel”, le he replicado muy feliz por la coincidencia. Tomeo me ha mirado con extrañeza: “¿Qué surrealismo ni qué leches? A mí me gusta Buñuel porque me gustan los buñuelos”. Y nada más terminar esta greguería, se ha echado a reír con esa risa bufa tan aragonesa.

Sabía que tenía todas las de perder si seguía por este camino y he optado por cambiar de táctica. A Tomeo no hay quien le gane a ocurrente e imaginativo. Entonces, le he entregado para que lo lea un texto corto, donde había mecanografiado el decálogo que escribió Svankmajer para comprender sus turbadores trabajos cinematográficos. Se trata de toda una filosofía artística y vital condensada en diez mandamientos breves, pero nutritivos como unos danones. Al darle los folios, le he engañado: “Aquí tienes un prospecto de medicamento”. Le he dicho esto porque a Tomeo le encantan los prospectos de medicamentos. Así que se ha puesto las gafas de lectura y lo ha leído muy concentrado. Al terminar la lectura, ha esbozado una cara de sorpresa muy graciosa. “¿De dónde has sacado esto?”, me ha preguntado y, sin darme tiempo a responderle, ha lanzado un grito de indignación: “¡Esto lo he escrito yo!”. “¿Cómo vas a escribir tú el decálogo de Svankmajer? Si tú siempre has aborrecido los diez mandamientos”, le he contestado con dureza escolar. La verdad era que no estaba seguro del todo de si me estaba tomando el pelo otra vez. Para cerciorarme de la veracidad de sus palabras, le he quitado el manifiesto de las manos y le he pedido que me lo recite de memoria. Y Tomeo me ha dicho primero: “Graba en tu espíritu que la poesía es sólo una”; y luego: “Toma el sueño por realidad y la realidad por sueño”; y luego: “Cultiva la creación como una forma de autoterapia”; y luego: “Elige siempre temas frente a los cuales tu posición sea ambigua”; y luego: “El sueño es la infancia prolongada”; y por último: “No pongas jamás tu creación al servicio de otra cosa que no sea la libertad”. Me los ha recitado con tanta seguridad que he empezado a dudar de si ese decálogo lo habría escrito Svankmajer o Tomeo. He dudado mucho hasta que me he dado cuenta de que, bien mirado, no tenía tanta importancia la paternidad de esos lúcidos aforismos. Porque igual lo que había sucedido era algo tan sencillo y habitual en el arte como ser algo sin saber que se es, e igual Svankmajer había sido Tomeo sin haber conocido a Tomeo, o al revés, igual Tomeo había sido Svankmajer sin haber conocido a Svankmajer.

Tras esta reflexión metafísica, que me he atrevido a decir en voz alta, Tomeo se ha marchado a todo correr, casi sin despedirse. He pensado que podría haberse asustado por el cariz solemne que había tomado nuestra charla y le he preguntado la razón de su prisa. Tomeo se ha detenido y me ha respondido con diplomacia que había quedado con Arcimboldo para plantar unas lechugas. //

Tags relacionados: Número 205 Surrealismo
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