Nuestra contaminación interna
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Foto: Jordi Canals

La expansión industrial de
comienzos del siglo XX se
realizó de forma desordenada,
improvisada, sin conocimiento
sobre el efecto que
tendrían muchos de los productos
químicos usados entonces

04/04/12 · 10:40
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Foto: Jordi Canals

La expansión industrial de
comienzos del siglo XX se
realizó de forma desordenada,
improvisada, sin conocimiento
sobre el efecto que
tendrían muchos de los productos
químicos usados entonces
en nuestra salud. Se
ha tardado casi un siglo en
que se comenzara a investigar
la cuestión y hay muy pocos
datos al respecto. Según
la Agencia para la Protección
de la Salud del Reino Unido,
cada mes aparecen más de
600 sustancias químicas nuevas
(resultado de la acción
humana) que se añaden a las
80.000 ya existentes. Sólo se
han estudiado los efectos en
la salud de un 7% de estos
compuestos. En esta ocasión
vamos a tratar sobre los compuestos
tóxicos persistentes
(CTP), con motivo del primer
estudio en el Estado español
que da cuenta de la evolución
temporal de la contaminación
humana por CTP con
unamuestra de población representativa
en Barcelona.
No se trata de alimentar hordas
de personas hipocondríacas
que vean contaminantes
en todas partes, pero debemos
estar informadas de algunas
cosas básicas.

Gracias al libro de Miquel
Porta, editado junto a
Elisa Puigdomènech y
Ferran Ballester, Nuestra
contaminación interna.
Concentraciones de compuestos
tóxicos persistentes en la
población española
, y a la endocrinóloga
Carme Valls, hemos
puesto un poco en claro
qué es esto de los CTP y cuáles
son sus efectos. Como su
nombre indica, los compuestos
tóxicos persistentes se resisten
a desaparecer del medioambiente
y de nuestros
cuerpos, por lo que los vamos
concentrando de forma acumulativa
a medida que nos
hacemos mayores. La mayoría
no se pueden excretar, de
modo que nos convertimos en
‘bioacumuladores químicos’,
contenedores donde vamos
recogiendo porquería química
de la que no logramos deshacernos.
Se trata sobre todo
de plaguicidas, como el DDT,
y de residuos industriales, como
los PCB(empleados como
refrigerantes y lubricantes en
transformadores y otros equipos
eléctricos) o las dioxinas.
Son fat lovers, porque se disuelven
muy bien en las grasas,
en parte por los átomos
de cloro que contienen. De esta
forma se instalan por largas
temporadas en suelos, sedimentos
y tejidos orgánicos,
sobre todo en grasas animales,
a través de las que pueden
llegar hasta nuestros platos.
A su vez, los animales ingieren los CTP de
los piensos. No
olvidemos que existe una industria
legal de utilización de
grasas de animales muertos
para los piensos y que no en
todos los países del mundo están
prohibidos muchos de estos
CTP, que sí lo están en
España. Ya sabemos que la
cadena alimentaria es global
y difícilmente rastreable. El
hecho de que las mujeres tengan
un 15% más de grasa de
media las convierte en bioacumuladores más
potentes.

Los conocimientos científicos
existentes indican, según
Porta, que los CTP son responsables
de buena parte de
la carga de enfermedades
que sufrimos: malformaciones
congénitas, problemas de
aprendizaje y de desarrollo
neuroconductual, trastornos
de la tiroides, diabetes, varios
cánceres, alzheimer, párkinson,
etc. Este tipo de contaminación
sería fruto de la vida
que llevamos y del modelo
productivo. Ante esto, evitar
comer grasas animales aparece
como una de las opciones
más razonables, pero la acción
individual no es suficiente.
“Para controlar la contaminación
interna por CTP necesitamos
otras políticas y valores,
otras formas de entender
la salud pública, la cultura, el
consumo, la riqueza, la vida
[…] La respuesta del sector de
la salud a la crisis no puede
consistir sólo en atender a
más pacientes que sufren las
enfermedades que el propio
modelo económico causa”,
subraya Porta.

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Tags relacionados: Número 171 Contaminación
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