ANDALUCÍA: LOS AUTORES DEL PRIMER INFORME SOBRE DESIGUALDADES Y SALUD EN ESTA COMUNIDAD PRESENTAN SUS CONCLUSI
La pobreza perjudica seriamente la salud

Que la pobreza perjudica la salud es una de esas cosas que por obvias resultan invisibles. El 7 de mayo se presentó en Sevilla uno de los pocos informes existentes en el Estado sobre desigualdad y salud.

Texto de Carlos Álvarez-Dardet y Antonio Escolar (Valencia)

15/05/08 · 1:06

Las manifestaciones de la desigualdad
en Andalucía han ido variando,
en calidad y en cantidad, a lo largo
de su historia. Ni siquiera las políticas
sociales y económicas más
avanzadas y la extensión del
Estado de bienestar en España en
los últimos 30 años han podido reducir
sustancialmente la desigualdad
ni entre España y Andalucía ni
en el interior de Andalucía, como
pone de relieve el que a primeros
de los ‘90, el 10% de la población
más rica acumulara el 25,26% de
los ingresos y el 10% más pobre sólo
el 2,54%. Si bien es verdad que la
polarización social ya no presenta
los tintes dramáticos de otras épocas,
no deja de ser significativo que
incluso todavía en 2005 el porcentaje
de hogares situados por debajo
del umbral de pobreza en
Andalucía era de uno de cada tres,
frente a uno de cada cinco en el
conjunto nacional.

En consecuencia con estos datos
de desigualdad económica, la desigualdad
en la esperanza de vida
al nacer entre la media de España y
Andalucía es en la actualidad de
más de un año y tres meses, con
una ligera desventaja para las mujeres
andaluzas y llega a ser de dos
años y medio si comparamos
Andalucía con las comunidades autónomas
aventajadas y más ricas
del Estado español, como Navarra.
En los últimos 30 años, esta desigualdad
no sólo se ha mantenido
sino que incluso ha aumentado.

Andalucía lleva un retraso de seis
años en el proceso de mejora de la
esperanza de vida con respecto a la
media española. De seguir la actual
tendencia, Andalucía no alcanzará
la esperanza de vida que se disfruta
ya en el resto del Estado hasta el
año 2014, y no alcanzará la que se
disfruta en estos momentos en Navarra
hasta el 2020.

Las desigualdades respecto al
resto del país no se circunscriben a
la longevidad, se extienden a la calidad
de vida con la que vivimos,
medida mediante la Esperanza de
Vida Libre de Discapacidad. Los indicadores
de la calidad de vida
apuntan a que los andaluces, tanto
en los hombres como las mujeres,
viven en peor estado de salud y con
más discapacidades que la media
del Estado español. Son especialmente
preocupantes las tasas de
prevalencia de discapacidades en
la población andaluza a partir de
los 65 años, en particular en las mujeres,
tanto por sus valores elevados
como por afectar a un sector de
población cada vez más numeroso.

La distribución geográfica de la
mortalidad por municipios en Andalucía
presenta un patrón esteoeste.
En la parte occidental, con niveles
de mortalidad más elevados,
es una zona de claro predominio urbano
y mayor desarrollo industrial,
frente a la parte oriental, donde predominan
los municipios rurales.

Mayor mortalidad en el sur

Las capitales de provincia de Andalucía,
se incluyen dentro de los
municipios españoles con mayor
mortalidad. En líneas generales, las
capitales de provincia presentaron
más mortalidad que la provincia a la
que pertenecen e incluso que el conjunto
de la Comunidad Autónoma,
especialmente en hombres. Estas diferencias
son aún más patentes en
la mortalidad prematura.

Granada, Almería y Córdoba son
las ciudades donde la mortalidad
atribuible a las desigualdades fue
mayor, mientras que el resto de capitales
andaluzas presentaron diferencias
menores. Los mapas de
desigualdades socioeconómicas y
mortalidad de las capitales de provincia
de Andalucía muestran algunas
secciones censales socialmente
desfavorecidas que también presentan
unas tasas de mortalidad
elevadas.

Las mujeres son las más perjudicadas
por estas desigualdades en
salud por razón de género, que además
se entrecruzan y potencian con
la clase social, con su peor situación
económica y social. Más de la
mitad de las mujeres andaluzas se
identifican como amas de casa y en
general, en relación con los hombres,
tienen peores posiciones en
nivel de estudios, trabajo remunerado
y ocupación. Las mujeres tienen
peor salud percibida y calidad
de vida, utilizan de manera diferente
los servicios sanitarios, y se encargan
preferentemente de los trabajos
domésticos y de los cuidados
a personas dependientes. Además,
viven solas y perciben un apoyo social
deficiente con mayor frecuencia
que los hombres.

En la medida que se sigan manteniendo
las graves desigualdades en
las condiciones de vida entre Andalucía
y España y dentro de Andalucía
se seguirán conservando importantes
y crecientes desigualdades
sociales en la salud. Llegar a evitarlas
pasa por reconocer, y actuar en
consonancia respecto al enorme peso
que los factores políticos, económicos
y sociales tienen en la salud
de las personas. En este estudio, los
servicios sanitarios andaluces demuestran
estar funcionando como
un aceptable tampón del efecto en la
salud de las desigualdades sociales.
Las desigualdades en salud que hemos
encontrado serían sin duda mucho
mayores si no nos hubiéramos
dotado de un sistema público de salud,
universal, y con un funcionamiento
tendente a la equidad, siempre
que no avance la lógica privatizadora
de estos servicios públicos.


Precariedad laboral, obesidad y tabaquismo

La precariedad laboral también
afecta a la salud. Hay
un mayor número de andaluces
con salud deficiente
entre los que están en
situación de desempleo
(18,8%), seguido de aquellos
que trabajan sin contrato
(14,6%). En las mujeres,
en cambio, la peor salud se
da entre las que trabajan
por cuenta propia o no son
asalariadas (21,9%), después
de las que trabajan
sin contrato (18,6%), lo
que se asocia a unas
malas condiciones del propio
puesto, inseguridad por
la pérdida real del trabajo y
a puestos de baja cualificación.
En las mujeres del
estudio este tipo de relación
se da principalmente
en el servicio doméstico.
Las personas que viven en
hogares con bajos ingresos,
asimismo, residen en zonas
con muy escasas zonas verdes,
lo que señala muy probablemente
una peor calidad
ambiental de sus lugares
de residencia, asociada
a un mayor sedentarismo.

La obesidad y las desigualdades
en obesidad aumentaron
desde 1987 hasta
2003. Las personas con
niveles educativos más
bajos son las que presentan
frecuencias más altas. También
se observan desigualdades
en los hábitos alimenticios
cuando se
considera el nivel educativo
y la clase social.
El consumo de tabaco presenta
patrones diferentes
según el sexo y las clases
sociales. Desde 1987 consumen
más los hombres de
niveles educativos más
bajo, y si bien en 1987
eran las mujeres de mayor
nivel educativo las que más
fumaban, en el año 2003
ocurre a la inversa.

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