SALUD SEXUAL // ANTICONCEPCIÓN HORMONAL
Depo-Provera: un ‘disparo’ cada tres meses

Este anticonceptivo ha sido clave en las políticas de control demográfico sobre poblaciones pobres.

15/10/12 · 0:00
DEPO-PROVERA. Una enfermera sostiene una caja del anticonceptivo en Uganda / Wambi Michael/IPS

En inglés es conocido como the shot, el disparo. Una inyección intramuscular de 150mililitros cada 12 semanas con una eficacia anticonceptiva del 99%. Es el Depo-Provera. Rápido, discreto y barato. Su principio activo es la progesterona, una hormona sintética, similar a la que segrega el cuerpo de las mujeres de manera natural, que inhibe la producción de óvulos y dificulta la entrada y supervivencia de los espermatozoides en el útero. Una vez inyectado sus efectos son irreversibles en tres meses. Su creadora fue la Upjohn Company, pero actualmente se comercializa a través de Pfizer.

En sus inicios, el Depo-Provera estaba pensado como un anticonceptivo para hombres, pero, tras distintas fases de experimentación, se convirtió en la inyección estrella entre las mujeres pobres, migrantes y proletarias de algunos países del norte, como Estados Unidos, y muchos del sur. Su aplicación masculina se descartó por algunos efectos secundarios como la pérdida de libido “algo que sin embargo, parecía ser un mal menor en elcaso de las mujeres”, afirman desde la organización feminista india Sama. Debido a estas secuelas, tal y como señala la académica Aline Gubrium en Baby, I’ve lost myMojo, se usa como método de castración química para agresores sexuales en muchos Estados de EE UU.

Mujer pobre, negra, migrante

Desde su creación este anticonceptivo ha estado ligado a la polémica. Su expansión en los países del sur en las décadas de los ‘70 y ‘80 se vincula, tal y como señala Sama, al control del crecimiento demográfico y a la apertura de nuevos mercados para la industria farmacéutica. En el norte, sin embargo, el uso del Depo- Provera se debe, según las académicas estadounidenses Aline Gubrium y Amy Ferrer, a la preocupación por todas esas mujeres que tienen hijos e hijas sin ningún tipo de control “perpetuando su estatus social de adictas a los servicios sociales estatales”.

Norte o sur, lo cierto es que esta tecnología de la anticoncepción se ha dirigido y dirige a una población muy concreta: mujeres y jóvenes de rentas bajas, pobres, proletarias, migrantes, latinas, negras, indias... Mujeres que en la mayoría de los casos son sometidas a programas de planificación familiar estatales en una nebulosa de desconocimiento. Uno de los últimos casos lo denunció la organización feminista israelí Isha l’Isha, que en 2011 publicó un informe sobre el uso orquestado de este anticonceptivo por parte del Gobierno israelí con las judías etíopes a través de programas de planificación familiar.

El Depo-Provera fue aprobado en 1994 por la Agencia del Medicamento estadounidense, FDA en sus siglas en inglés, tras décadas de experimentación en más de 60 países, como señala Amy Goodman en The case against de Depo Provera. Estados Unidos fue uno de los pioneros. Así lo cuenta para DIAGONAL Nicole M. Jackson, profesora de Historia en la Universidad de Ohio: “En la fase experimental el Depo fue recetado sólo a las mujeres pobres. En la mayoría de los casos lo usaban porque estaba ligado a políticas de ‘bienestar social’ pero ellas no sabían exactamente en qué consistía”.

Para Amy Goodman, la entrada en los países del sur del Depo-Provera estuvo motivada por grandes instituciones, como la Organización Mundial de la Salud, la Agencia Internacional de Desarrollo (AID, en sus siglas en inglés) o el Banco Mundial. La expansión del ‘disparo’ en estos años estuvo apoyada por el discurso totalizador de Malthus, que alertaba del crecimiento aritmético de los recursos naturales frente a un crecimiento geométrico de la población. En este caldo de cultivo se empiezan a ligar los préstamos de los Planes de Ajuste Estructural al cumplimiento de políticas de control demográfico por parte de los Estados receptores. “La industria farmacéutica se apropió del discurso colonialista de Malthus y de la visión patriarcal de las mujeres como desempoderadas y únicas responsables de la fecundidad para experimentar con nuevas formas de anticoncepción como el Depo-Provera. Este es el paquete que tuvo que aceptar el Gobierno de la India en los ‘80, un modelo de planificación familiar impuesto para poder obtener los préstamos del Banco Mundial”, explica a DIAGONAL Ana Porroche- Escudero, profesora de Salud y Desarrollo en la universidad de Sussex (Inglaterra). “En lugar de controlar el consumo del norte, hay que controlar la reproducción del sur”, concluye esta docente.

Casi 30 años después de su aprobación, el Depo-Provera aún forma parte de los programas de planificación familiar de numerosos países. Sólo en 2011 la Agencia Internacional de Desarrollo de EE UU le compró a Pfizer más de 6,2millones de dosis para sus programas en África Subsahariana. Feministas y académicas como Aline Gubrium han denunciado esta supuesta ayuda en forma de control de la natalidad, que no contempla el peligro de contagio de las enfermedades de transmisión sexual como el VIH.

En EEUU el uso del Depo-Provera aún se vincula a una práctica médica dirigida, patriarcal y etnocéntrica basada en multitud de estereotipos sobre las mujeres negras. Según explica M. Jackson a DIAGONAL, “aunque también se administra a mujeres blancas, su uso se fomenta mucho más entre las afroamericanas. En EE UU se conceptualiza a las mujeres negras como sexualmente más promiscuas, perezosas, irresponsables o malas madres, de ahí que no puedan acceder a todas las opciones reproductivas posibles. Los médicos no las ven capaces de tomar decisiones ‘adultas’”.

Para M. Jackson, en el imaginario colectivo las mujeres negras aparecen representadas como parásitos del sistema social: “Una mujer negra que tiene hijos e hijas sin estar casada y recibe ayudas es vista como un lastre para el país. Según esta lógica, esta mujer no debería tener más descendencia ya que no puede mantenerla. La sociedad norteamericana cree que las mujeres pobres no deben ser dueñas de sus derechos reproductivos”.

Para las académicas estadounidenses Aline Gubrium y Amy Ferrer, “en la construcción científica de beneficios y costes del Depo-Provera se mezclan cuestiones de raza, género y clase”. Así, el ‘disparo’ se ve como un mecanismo profiláctico contra problemas sociales, como el embarazo adolescente o la dependencia de los servicios sociales, “lo que lanza un mensaje de que este anticonceptivo es necesario para la salud pública de la nación”, sentencian ambas autoras.

Para la lógica del sistema norteamericano, según M. Jackson, “resulta mucho más fácil culpar a las mujeres de su pobreza por sus propias decisiones vitales que poner de manifiesto una matriz de distintas realidades económicas y de control que mantiene a los y las pobres en su propia pobreza apenas sobreviviendo”.

La huella de un anticonceptivo

- EFECTOS ADVERSOS

Debilidad, sangrado excesivo, amenorrea (supresión del flujo menstrual), migrañas, pérdida del cabello, pérdida del apetito sexual, mareos... son algunos de los efectos adversos reportados por mujeres a las que suministraron Depo-Provera dentro de un programa de bienestar familiar en un hospital público en India, según denuncia la organización feminista Sama. Las mujeres de países empobrecidos sufren más los efectos de esta inyección intramuscular por sus condiciones alimentarias y sanitarias, como señala la periodista Amy Goodman. Tras su suspensión, se tardan seis meses de media en poder quedar embarazada de nuevo.

- ALGUNOS DATOS

El Depo-Provera fue aprobado por la Agencia del Medicamento estadounidense en 1993 tras una agresiva campaña de las corporaciones fabricantes del medicamento. El 33% de las usuarias tenían entonces menos de 19 años, un 84%, eran mujeres negras y un 74% de rentas bajas.

- TRAVESÍAS EN EL DESIERTO

Muchas migrantes centroamericanas que recorren la travesía de 5.000 kilómetros a través de México para llegar a EE UU usan Depo-Provera previendo que las violen o que tengan que usar el sexo como estrategia para llegar a su destino. La documentalista salvadoreña Marcela Zamora realizó este mismo camino para poder dar voz a estas mujeres en María en tierra de nadie.

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