El cambio psicológico II

En una entrega anterior decíamos
que los humanos
tenemos poderosas cualidades
para mejorar: capacidad
de gozar, de amar y de conocer
el mundo. Nuestros cerebros
son creativos y pueden hacer planes
a corto y largo plazo. Tenemos
capacidad de cuidar y cuidarnos,
capacidad de posponer gozos efímeros
y/o individuales en pos de
objetivos más duraderos o más solidarios.
Decíamos también que
hay una parte genética de nuestra
personalidad, el temperamento,
que no la podemos cambiar porque

, Médico y miembro del colectivo Sumendi
07/01/09 · 17:14
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En una entrega anterior decíamos
que los humanos
tenemos poderosas cualidades
para mejorar: capacidad
de gozar, de amar y de conocer
el mundo. Nuestros cerebros
son creativos y pueden hacer planes
a corto y largo plazo. Tenemos
capacidad de cuidar y cuidarnos,
capacidad de posponer gozos efímeros
y/o individuales en pos de
objetivos más duraderos o más solidarios.
Decíamos también que
hay una parte genética de nuestra
personalidad, el temperamento,
que no la podemos cambiar porque
está determinada genéticamente.
Los estudios con gemelos idénticos
han encontrado que determinados
rasgos de personalidad están genéticamente
condicionados (velocidad
mental, introversión, tendencia
a la alegría, tendencia a la
depresión, tendencia a la neurosis,
autocontrol, etc.). A una persona
con temperamento impaciente le
costará más tranquilizarse que a
otra con un organismo con tendencia
al sosiego, lo cual no impide que
la primera no pueda aprender pautas
y trucos para relajarse. Pero el
cambio no siempre viene a través
de la psicoterapia, los psicofármacos
o los cursillos de mil y una cosas.
Ni mucho menos.

Cambiamos sin darnos cuenta y
casi siempre a mejor. A más experiencias,
más sabiduría. La psicología
constructivista ha calculado que
más de la mitad de lo que uno
aprende a lo largo de la vida es un
conocimiento tácito o implícito al
vivir (la escuela de la vida). Y todo
el mundo tiene experiencias. Esto
explica por qué gente sin estudios
académicos puede ser más inteligente
que gente con títulos universitarios.
Dicho de otra manera,
¡aprendemos aunque no queramos!
Nuestra mente funciona muy a
menudo al modo científico, con la
pauta acción-reflexión-acción. Hacemos
algo, observamos el resultado
y si no nos gusta lo corregimos y
vamos afinando. Sin embargo, no
todos los aprendizajes acaban bien.
También desarrollamos conductas
adictivas, irracionales, inhumanas
y autodestructivas.

La psicóloga Virginia Satir propuso
una interesante estrategia para
estimular el cambio. Imaginemos
un rombo con cuatro aspectos
interrelacionados: asumir riesgos o
responsabilidades, autoestima, comunicación
y valores. Si emprendo
nuevos retos aprenderé cosas nuevas
y desarrollaré más capacidades,
lo cual hará que mejore mi autoestima.
Y si mi autoestima está
más boyante me comunicaré más
(o mejor) y esto facilitará que vaya
desaprendiendo, eliminaré mitos y
prejuicios, es decir, mejorarán mis
creencias básicas, mis valores. La
mejora en uno de los cuatro aspectos
implica otra mejora en uno o varios
de los otros tres.

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