SUEÑOS // MECANISMOS CEREBRALES Y FUNCIONES DEL MUNDO ONÍRICO
El arte de Morfeo

A lo largo de la historia, chamanes, sacerdotes y psicoanalistas han tratado de descifrar las claves ocultas de las
alucinaciones que aparecen mientras dormimos. Premoniciones, revelaciones o frustraciones revisten la esencia
de este mundo paralelo. Pero, ¿sabemos acaso cómo se teje la trama de los sueños y con qué objetivos?

01/04/06 · 19:46
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La cualidad del mundo onírico
está estrechamente
relacionada con nuestra
manera de percibir el entorno.
En casi todos los sueños
predomina el contenido visual. El
lenguaje, donde reside la quintaesencia
del ser humano, no parece
tan fundamental en este mundo y
sólo el 60% de los sueños tienen
contenido auditivo. Movimiento y
sensaciones táctiles aparecen en
el 15% de los casos, mientras que
el gusto y el olfato sólo aparecen
en el 5%. Naturalmente, estos porcentajes
cambian en personas privadas
de alguno de estos sentidos
de nacimiento: las sensaciones del
entorno condicionan el contenido
perceptual de los sueños.
Cuando dormimos, la percepción
puede ser producida a partir
de procesos mentales internos. Se
genera así un tipo de experiencia
consciente de tipo alucinatorio a
la que damos el nombre de sueño.
La actividad cerebral de este estado
de conciencia es muy similar a
la del estado despierto relajado,
con dos diferencias fundamentales.
La primera es que, aunque el
cerebro manda órdenes a las neuronas
motoras, éstas están bloqueadas
por un mecanismo de seguridad
que impide todo tipo de
movimiento con la excepción del
globo ocular, que oscila rápidamente
de un lado a otro (Rapid
Eye Movement: REM). La segunda
diferencia radica en la relación
entre los estímulos externos y la
percepción consciente.
Durante el sueño, el filtro sensorial
hace que la información procedente
del mundo exterior no sea
accesible a nuestra conciencia.

Entonces, ante la ausencia de este
marco de referencia sensorial, hay
procesos mentales internos que,
libres de restricciones, pueden
desencadenar un tipo de actividad
cerebral parecida al estado despierto
dando lugar a una experiencia
consciente. Conviene recordar
que la percepción del entorno, lejos
de ser una experiencia pasiva y
objetiva, va a estar condicionada
por una serie de procesos mentales
intrínsecos: la memoria, los
mecanismos afectivos y los mecanismos
atencionales, que ‘dirigen’
la atención de la conciencia hacia
los diferentes estímulos. Así, memorias
y sentimientos constituyen
el óleo y los pigmentos que llenan
de color y contenido el lienzo de
este nuevo mundo perceptual.
Sin embargo, aunque las pinceladas
sean caóticas, los sueños no
son un mero subproducto de actividades
mentales internas. De hecho,
los individuos a los que se les
impide entrar en fase REM durante
el sueño sufren ciertos trastornos
mentales de tipo neurótico y
una especie de necesidad por recuperar
los sueños perdidos cuando
duermen. Es más, al inducir una
privación total del sueño se producen
alteraciones de tipo psicótico
y, si se prolonga en exceso, la
muerte. Al parecer, la propia actividad
de soñar, más que el contenido
de los sueños, es lo realmente
importante en términos de función
neuronal: poner al soñador en un
contexto totalmente diferente al
mundo real. Pero, ¿para qué?
Existen diferentes teorías sobre
la función de los sueños, algunas de
las cuales, como la de conexión
consciente-subconsciente y la de
mecanismo de consolidación de
memorias, han perdido fuerza con
el paso del tiempo. El soñar parece
particularmente importante en las
primeras etapas de la vida del ser
humano. El recién nacido pasa 12
horas en fase de sueño REM de las
18 diarias que se pasa durmiendo.
Se ha propuesto que el sueño REM
facilita el desarrollo de la autoconciencia
y de la distinción ‘observador-
mundo observado’. Esto se conseguiría
mediante la experiencia
plenamente consciente de un mundo
subreal en el que los sucesos
transcurren temporalmente en un
escenario imaginario.
En este nuevo mundo, lo único
que permanece inmutable es el
‘yo’ del soñador que aparece siempre
como protagonista del episodio
onírico o como espectador privilegiado
de lo que en él acontece.

Una vez que se ha alcanzado un
grado de autoconciencia suficiente,
la actividad de soñar, aunque
declina en cantidad con el paso de
los años, gana en complejidad y riqueza.
Desde una visión darwiniana,
la misión de los sueños sería la
de colocar al individuo en situaciones
hipotéticas que permitirían
el estudio de estrategias de actuación,
pero sin las consecuencias
de ponerlas en práctica en el mundo
real. De hecho, en los sueños
es muy común el miedo y la ansiedad.
Estas experiencias podrían
ayudar a hacer frente a situaciones
emocionalmente parecidas en
el estado despierto. Sin embargo,
los contenidos de los sueños, por
muy impresionantes que sean,
son descartados por nuestra memoria
en la gran mayoría de los
casos (aunque un despertar progresivo,
intentando evocar su contenido,
ayuda a recordarlos). Tal
vez haya que proteger al ‘yo’ para
que no confunda la vida con el
sueño, y que sea consciente de
que los sueños, sueños son.

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