ANÁLISIS // EL AMOR COMO CONSTRUCCIÓN SOCIAL Y DISPOSITIVO ECONÓMICO Y DE CONTROL
El amor romántico, última utopía de la posmodernidad

La autora analiza y desmonta el amor romántico de película, fábrica de sueños y de hacer dinero, dispositivo de control y utopía individual ante el desgaste de las utopías políticas y colectivas.

24/07/08 · 0:00
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A pesar de que siempre se
ha considerado el amor
pasional un fenómeno
individual, que acontece
 en el interior de cada ser humano
como un proceso ‘mágico’ e ‘inevitable’
 que transforma la vida entera
 de las personas cuando caemos
enamorados (del inglés falling in
 love
), lo cierto es que se trata de
 una construcción social y simbólica
 que varía según las culturas y
 las épocas históricas. En la posmodernidad
 el amor romántico se ha
erigido en una nueva utopía de carácter
emocional, una vez derrumbadas
las utopías colectivas de carácter
ideológico y político.

El individualismo y la infantilización
 de la población han llevado
a una despolitización y un vaciamiento
del espacio social, con notables
consecuencias para las democracias
occidentales y para la
vida de las personas. Una de ellas
es la enfermedad del siglo XXI: la
 soledad, característica del modo
 de vida en las grandes urbes, donde
las redes de cooperación y ayuda
entre los grupos se han debilitado
o han desaparecido. Ha aumentado
el número de hogares
monoparentales; la gente dispone
de poco tiempo de ocio para crear
 redes sociales en la calle, y el anonimato
 es el modus vivendi de la
ciudad. Un caldo de cultivo para
las uniones de dos en dos (a ser
 posible monogámicas y heterosexuales,
s’il vous plaît).

La industria del amor

El amor no sólo constituye un dispositivo
 de control social, sino
que también posee una dimensión
económica de gran envergadura
cuyo correlato es el auge de
las industrias nupciales: inmobiliarias,
 agencias de viajes, agencias
de contactos, Iglesia católica,
hoteles, salones de boda, bufetes
 de abogados para tratar acuerdos
pre y post matrimoniales, gabinetes
 de psicólogos y en los que se
 trata ‘el mal de amores’, etc. El
 amor es, así, un mecanismo que
 encauza el estilo de vida consumista
imperante en nuestras sociedades
 actuales. Del mismo modo
que ya muy poca gente acude
 al zapatero a arreglar su calzado
 porque resulta más cómodo y barato
tirarlo a la basura y comprar
 otro nuevo, el amor tiene su propia
 oferta y demanda, y sus productos
 de usar y tirar; todos busca n
a la persona ‘ideal’ con la que
establecer la relación perfecta.
 Este mercado sentimental constituye
 una especie de búsqueda
compulsiva del paraíso, edén
 emocional en el que las ansias de
autorrealización y de felicidad se
 ven colmadas y satisfechas. El
 amor es, en este sentido, un nexo
 que se establece con otra persona
y gracias al cual podemos sentir
 que hay alguien que nos escucha, nos apoya incondicionalmente y
 lucha con nosotros contra los obstáculos
 de la vida: el amor como
 una fuente de felicidad absoluta y
 de emociones compartidas que
amortiguan la soledad a la que está
 condenado el ser humano; en
pareja las personas se sienten ‘al
 menos’ acompañadas.

Fábrica de sueños

El problema fundamental de esta
cultura del amor mitificado es que
 no casa con la realidad, ya que las
personas no somos perfectas, y las
 relaciones entre nosotros tampoco.
La rutina, el egoísmo, la incomunicación,
 la convivencia y otros muchos
 factores interrelacionados acaban
 con la ‘magia’ del amor. Las
 grandes expectativas que ponemos
en que alguien nos ‘salve’ y nos ‘colme’
la existencia por completo
hacen
 que la gente se sienta frustrada
 o agobiada por la tremenda responsabilidad
que depositamos en la
otra persona. El amor es una potente
 fábrica de sueños imposibles y
además es una forma moderna de
trascendencia espiritual. Al enamorarnos,
 las hormonas placenteras
que se disparan hacen que la vida
 cobre una intensidad inusitada. La
gente al enamorarse siente las puertas
 del destino abiertas a multitud
 de posibilidades, y se sienten creativos,
ilusionados ante un nuevo proyecto
vital y amoroso. Bajo la máxima
 de que el amor todo lo puede,
 somos capaces de realizar grandes
 gestas: buscar un trabajo mejor, enfrentarnos
con valentía al jefe, cambiarnos
de ciudad o país, enfrentarnos
a nosotros mismos (nuestros
 miedos, defectos, debilidades…).

En definitiva, el amor es una especie
de religión posmoderna individualizada

 que nos convierte en
 protagonistas de nuestra propia novela,
 que nos hace sentir especiales
y que logra transportarnos a una dimensión
 sagrada, alejada de la gris
 cotidianidad de nuestra vida. Nos
 sirve, de algún modo, como un dispositivo
para escapar de la realidad,
 una forma de evadirnos análoga a
 los deportes de riesgo, las drogas y
 la fiesta. Enamorarnos es sentir que
 estamos vivos, es una forma de segregar
 adrenalina que, sin embargo,
 suele hacernos sufrir mucho
cuando se acaba o nos abandonan. El amor es utópico porque su idealización
 es irrealizable, su intensidad
no es para siempre, y además, como
dijo Neruda, el amor es breve:
 dura más el olvido.

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