Propuestas de mejora de la atención sanitaria a mujeres

La autora analiza las principales carencias de la atención médica que se da a las mujeres y propone una superación del enfoque biologicista con el que aborda la salud el modelo médico predominante, incorporando los aspectos emocionales, no medicalizando los síntomas y creando espacios para la palabra.

Texto de Graciela Traba. Psicoanalista. Grup de Psicología de la Dona del Col·legi de Psicòlegs de Catalunya

13/04/14 · 8:00

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Como usuarias de atención sanitaria, las mujeres asumen una posición de inferioridad ante el profesional, al que ven como alguien perteneciente a una jerarquía superior. Como si no fuera de ellas mismas, de su cuerpo, de lo que estuvieran tratando, adoptan una actitud encogida, sin atreverse a preguntar por temor al rechazo, en actitud de sometimiento que las desvaloriza aún más ante sí mismas y ante el otro.

La atención en los servicios de salud debería ser más humana, favoreciendo la autoestima y el proceso de la toma de decisiones por parte de la usuaria. Debería cuidar su privacidad y no despreciar las opiniones que ellas dan de sus síntomas, respetando sus peculiaridades, dando información suficiente y clara, cuidando que el tiempo de espera no sea lejano al tiempo de cita y evitando tratamientos innecesarios o no explicados debidamente, a los que, sin embargo, deben ceder su cuerpo en silencio.

Por otra parte, es preciso que las mujeres hablen no sólo de sí, sino desde sí, es decir que las mujeres se den autoridad, den a su voz importancia, consideren que lo que ellas dicen de su enfermedad nadie puede decirlo, que se hagan dueñas de su ser.

Esta toma de conciencia de sí, en relación con su salud, se traduce en una toma de responsabilidad sobre su propia salud, un dejar de ser objeto pasivo frente al saber del otro, para convertirse en objeto activo. Esto significa aceptar los síntomas y enfermedades no como algo ajeno sino como una expresión de mí que, por lo tanto, tengo que escuchar, observar y tratar de descifrar, ya que son un mensaje que me estoy enviando porque mi cuerpo soy yo misma.

Atención de calidad y con calidez

La enfermedad es algo dinámico, un medio a través del cual la enferma está intentando decir algo con todas sus fuerzas, algo que no lo sabe decir de otra manera. Ha desarrollado su enfermedad porque no podía decir algo de ella y de su malestar, ya sea por su historia personal, por su genética, por su alimentación o el medio ambiente donde vive. Ésta es su manera de expresarse.

Será de buena calidad, pues, la atención que incorpore y resuelva estos aspectos en las circunstancias concretas de cada demanda. Para esto habría que superar el enfoque biologicista con que aborda la salud el modelo médico predominante, incorporando los aspectos emocionales, no medicalizando los síntomas y sí creando espacios para la palabra.

Esta calidez de atención que proponemos refuerza la autoestima de la usuaria. Calidez que no significa, como hacen ciertos profesionales, que en una tentativa de acercamiento, tratan a la usuaria como si fuera una niña pequeña, haciéndole preguntas infantiles, o dando como posibilidad propuestas que nada tienen que ver con la realidad del cuadro clínico, como por ejemplo, decirle a una paciente que está desanimada ante la operación que le van a realizar, que no se preocupe, que cuando salga se irá de compras o de viaje, cuando la realidad es que quizá tenga un postoperatorio muy difícil.

Ante una operación, claro que es necesario un acercamiento del profesional, pero no con fórmulas globales del tipo “quédese tranquila”, “es una operación sin importancia”, “no pasará nada malo”. Estas fórmulas logran poco efecto o ninguno. La paciente es alguien inteligente, y puede que no sepa de medicina, pero intuye que estas palabras son dichas por el profesional más para él mismo que para ella, dejándola con la sensación de no ser escuchada. Por el contrario, si el profesional le explica cómo se sentirá después de la operación, hasta cuando, qué síntomas dará la medicación, etc..., lejos de angustiarla, premisa que suelen alegar los médicos para no informar, la paciente se sentiría más comprendida y acompañada en su enfermedad.

No se debería confundir el cuidar (no angustiar) con no informar. Es posible hacerlo con palabras comprensibles y con una actitud cercana, evitando los tecnicismo innecesarios. La relación debería estar centrada en una actitud personal, no paternalista, recordando en todo momento que quien está enferma es la usuaria. Una mala comunicación la debilita mientras que la comprensión de lo que le está pasando la ayuda a posicionarse mejor ante la enfermedad y le permite colaborar con el profesional, formando parte del equipo, en vez de sentirse víctima. Y es probable que ser parte activa de la cura influya positivamente en su recuperación.

¿Qué pasa con los profesionales?

La competencia del profesional es escuchar lo más posible sin prejuicios. La medicina oficial, androcéntrica, ha estudiado mal a las mujeres; lo ha hecho desde actitudes prejuiciosas. Por ejemplo, una mujer de alrededor de 50 años que acude a un ambulatorio porque está triste, lo más probable es que reciba como respuesta inmediata una receta con un antidepresivo de última generación, ya se sabe... es menopáusica. Sin embargo, quizás con una entrevista más cercana, con algunos minutos más de conversación y una mirada a los ojos de la usuaria, el o la profesional podría haber averiguado que esta mujer, que sí está en la menopausia, no está triste por su falta de hormonas sino porque hace poco su mejor amiga ha muerto de un cáncer, por ejemplo, y ella está triste y ...¡asustada! Lo esperable ante esta situación es precisamente el dolor, la tristeza y el miedo, y para esto un antidepresivo no es la mejor terapéutica, sino una escucha cálida.

Mejor escuchar

Medicalizar los síntomas emocionales es una manera de cronificarlos y una forma de violencia que promueve en las mujeres la dependencia y la adicción a medicamentos que supuestamente las equilibran. Las mujeres son, más frecuentemente que los hombres, recetadas con psicofármacos para tranquilizarlas: ansiolíticos y antidepresivos para modificar su estado de ánimo, somníferos para que puedan dormir... La indicación de medicamentos suele dejar de lado la escucha del momento vital de la usuaria.

El trabajo personal de autoinspección debería formar parte de la formación de los profesionales. Es fundamental ya que da a la persona la posibilidad de discriminar entre lo que son tus cosas y lo que son las cosas de la usuaria, que tiene derecho a tener delante a un profesional que no le proyecte sus propias cuestiones.

Sumada a esta carencia formativa, hay médicos que han renunciado a escuchar con sus oídos y ver con sus ojos, y se han convertido en ejecutores anónimos de la industria farmacéutica y de la maquinaria diagnóstica. Han hecho suyo el concepto de que el acto terapéutico, la diagnosis y la prescripción requieren centenares de análisis y de fármacos. En una palabra se han despojado de su propia competencia. En tal caso, es lógico que no tengan en cuanta la competencia de sus pacientes.

Para terminar

El dolor debe dejar de ser una cosa contra la cual hay que luchar para hacerlo desaparecer a cualquier precio, para convertirse en algo a escuchar, a entender y decodificar. Juntos usuaria y profesional captan el sentido de ese dolor, y así se puede prescribir el fármaco adecuado o cualquier otra medida. La relación, entonces, deja de ser una relación de poder, como decía al principio, para convertirse en una relación terapéutica y ésta, para llamarse así necesita de dos partes, la una sin la otra no puede funcionar.

La trayectoria de la enfermedad depende de cada usuaria, siendo distinta en cada una. Lo mismo ocurre con la curación, ya que partimos del concepto de que enfermedad y salud son procesos dinámicos y peculiares para cada persona. Un tratamiento es un viaje, donde se avanza pero con paradas, tropiezos, caídas y momentos de negro desaliento.

El artículo completo ha sido publicado dentro de la revista Mujeres y Salud MyS, editada por la Red de Mujeres Profesionales de la Salud CAPS (Centro de Análisis y Programas Sanitarios).

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