Animalismo
Movimiento animalista

El autor repasa los principios del movimiento animalista, que denuncia las
condiciones de explotación y sufrimiento a que son sometidos los animales.

29/11/07 · 0:25
Edición impresa



Los animales son tratados
perversamente por culpa
del endiosado antropocentrismo
del hombre, un antropocentrismo
que, si bien desde
el punto de vista científico está caduco,
todavía contamina gran parte
de nuestra ética. Pero los valores
cambian, y al igual que ahora vemos
con horror la esclavitud, que
antaño se admitía como algo normal,
la conciencia hoy nos dice que
es moralmente intolerable causar
sufrimientos innecesarios a los animales,
pues el dolor tiene las mismas
consecuencias nocivas para
quien lo experimenta, siendo tan
indeseable para los animales como
para los humanos.

Tal capacidad de sufrir de los
animales es el punto de partida del
movimiento animalista que emerge,
imparable, frente al abyecto
trato que el animal humano dispensa
al resto de las criaturas por
el simple hecho de que pertenezcan
a otra especie, discriminación
llamada especismo, tan injusta y
arbitraria cual las discriminaciones
étnicas o de género. El especismo
despoja de dignidad y de los
derechos más básicos a millones
de víctimas inocentes condenándolas
al peor de los infiernos, a un
océano de dolor que la conciencia
moral no puede ignorar en modo
alguno. Sobre ello nos invita a reflexionar
la actitud animalista.
Asumir una actitud moral animalista
no supone, por fuerza,
que a uno le tengan que gustar los
animales, de igual manera que declararse
en contra del racismo no
obliga a tener que relacionarse
con personas de color. Se es animalista
porque los seres humanos,
como individuos éticos, tenemos
el deber de reaccionar contra
la tortura sistemática y prolongada
de cualquier ser inocente que
sufre el dolor físico y psíquico como
nosotros. No se trata, pues, de
un posicionamiento sentimental
de amor a los animales; buena
muestra es que el movimiento animalista
desaprueba la frívola moda
de las ‘mascotas’, al ser otra
forma de dominio del humano sobre
el animal.

Ser animalista tampoco es ser
ecologista, aunque la opinión pública
confunda ambos conceptos:
al animalista tanto le indigna la
agresión a un gato callejero como
a un lince, mientras que el ecologista,
en cuanto tal, se preocupa
por las águilas y no por las gallinas
hacinadas en jaulas.
Vemos, entonces, que el ideal del
movimiento animalista es la lucha
contra el sufrimiento ajeno, algo
que le equipara con cualquier ONG
que trabaje por otras causas humanitarias.
Filósofos de reconocido
prestigio como Jorge Riechman o
Jesús Mosterín no dudan en afirmar:
“Los movimientos de defensa
de los animales son portadores de
un verdadero progreso moral para
sociedades como la nuestra”.
Sin embargo, a los animalistas
no se nos mira con buenos ojos por
un sector ciudadano que, irritado
en su especismo, critica que dediquemos
tiempo y esfuerzo en favor
de los animales, habiendo como
hay tantos problemas en el mundo.

Los que así opinan, quizá no se han
parado a reflexionar que quien se
compadece de los animales también
se compadece de las personas,
y que, del mismo modo que no se
pueden defender los derechos de
los animales y conculcar los del
hombre, no se pueden defender los
derechos humanos e ignorar los de
los animales. A propósito alertó
Henry Salt, incansable activista en
pro de los derechos del hombre:
“Que no nos traicione ni por un momento
la engañosa falacia de que
debemos estudiar primero los derechos
humanos y dejar que la cuestión
animal se resuelva luego por sí
sola. Pues, únicamente un estudio
amplio y desinteresado de ambos
temas permitiría la solución de uno
y otro”. Remachando el clavo, la
Declaración Universal de los Derechos
de los Animales, refrendada
por la UNESCO y la ONU, concluye:
“Los derechos del animal deben
ser defendidos por la ley como lo
son los derechos del hombre”.
Hora es de ampliar nuestro horizonte
de inquietud moral e incluir
a los animales dentro de él,
considerando que la misma compasión,
el mismo sentido de justicia
que nos lleva a rechazar toda
forma de abuso ejercida sobre los
humanos, debe posicionarnos
contra el martirio de millones de
criaturas sintientes que gimen en
absoluto desamparo.

Rueda hacia adelante un siglo
que se recordará como el principio
de la mayor revolución moral en la
historia de la humanidad; en su
transcurso, los animales serán uno
de los ejes de la moral y el pensamiento
político. A ello apunta, inequívocamente,
la conciencia de
hombres y mujeres cada vez más
evolucionados en armonía con el
planeta y con el resto de las especies
que lo pueblan. Quién sabe si
en una era futura, guiados por la
razón, se alcance la meta de la lucha
animalista: un mundo libre de
la opresión que soportan los animales,
los humanos y la Tierra.

+A Agrandar texto
+A Disminuir texto
Licencia

comentarios

0

separador

Tienda El Salto