La consagración del pasodoble
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Mariola DelaO*

En su Ensayo sobre la lucidez,
José Saramago esboza
una inquietante hipótesis.
La misma que pudo hacerse
realidad unos días atrás, cuando
las urnas electorales recogieron las

10/04/08 · 0:00
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Mariola DelaO*

En su Ensayo sobre la lucidez,
José Saramago esboza
una inquietante hipótesis.
La misma que pudo hacerse
realidad unos días atrás, cuando
las urnas electorales recogieron las
cenizas de la diversidad democrática
en España, para consagrar un bipartidismo
rampante. Una ceremonia
sacramental de propaganda al servicio
de la uniformidad. El pensamiento
único y guerra a la discrepancia.
Entre la ventajista Ley D’Hondt y las
maneras de hacer espectáculo político
al despilfarrador estilo yanqui, se
ha quebrantado el principio de pluralidad.
Se acalla y anula a las minorías,
instituyendo un bipartidismo de
mármol. El mensaje transformador
es lo que menos importa. Y, si lo hubiere,
queda anulado por las proclamas
de sal gruesa y las invectivas
contra el contrincante de la marca
competidora.

Por fin, el 9-M los contribuyentes
votaron su detergente favorito.
Eligieron el que lava más blanco según
el spot del Debate, emitido reiteradamente
por todas pantallas de televisión.
Ahí fue cuando la mayoría
se decidió, cuando el combate entre
corbatas pendientes de su imagen.
Un fenómeno equiparable al de los
niños, cuando escogen sus regalos
de navidad entre aquellos que más
salen por la tele. Eso lo saben muy
bien los fabricantes de juguetes. Por
ello invierten al máximo en campañas
publicitarias audiovisuales.
El nudo de la novela aventura una
posibilidad teóricamente subversiva.
Lo que pasaría si, por una extraña
coincidencia, todos los ciudadanos
llamados a las urnas votaran en blanco.
En la democracia degenerada,
imperante en esa ficción, al desconcierto
inicial del gobierno le seguirían
los fantasmas de una conjura revolucionaria
contra el poder establecido.

Inmediatamente, el contraataque
sería una caza de brujas. Por debajo
de las piedras se buscarían
extremistas expiatorios, culpables o
no; después se aplicarían las más severas
medidas de represión. A continuación
se operaría por consenso
una vuelta de tuerca legislativa. Había
que conseguir que en el futuro no
se repitiera tan descalificativo capítulo
para la política profesional.
Acabada la charada electoral es el
momento de recobrar la vida interrumpida
por el ruido megafónico de
las promesas increíbles. La sombra
de la abstención o del voto blanco es
siempre un tabú para el sistema. Sin
duda por ello, los grandes multimedios
han pasado por alto que uno de
cada cuatro ciudadanos con derecho
a votar no votó. Y en el País Vasco no
lo hicieron tampoco cuatro de cada diez, tal y como se lo había pedido la
izquierda radical.

Una vez practicado el sufragio
del miedo, mediante la conservadora
y supersticiosa jaculatoria “¡virgencita
que me quede como estoy!”,
el sentimiento más generalizado,
entre la gente, tiene que ver con el
despecho. Están persuadidos de
que la clase política sólo se acuerda
de uno cuando necesita su voto.
Acabado el período de celo electoral,
el pueblo regresa a su condición
de cosa abstracta. Y la clase política,
como una boa constrictor tras el
banquete de votos, se enrosca sobre
sí misma satisfecha.

Votar o no votar. Ésta es la cuestión
crucial que se nos plantea siempre
a quienes no comulgan del todo
o nada con este sistema. Ser o no
ser. Estar o no estar. Huir o no huir
y a dónde. Entre apocalípticos o integrados
debería haber algún matiz
altermundista. Ahora mismo, a los
que no somos partidarios apriorísticos
de algo y alguien se nos ponen
las cosas casi imposibles. El sacrificio
de las ideas en el altar de márketing.
La mediocridad del “esto es lo
que hay” como razón de fe inamovible.
Los políticos no son Rimbaud.

Carecen del aliento poético para
cambiar la vida. Ni osan. Se han
vuelto bedeles de lujo de las grandes
corporaciones. Tan sólo administran
superficie. Las virtudes de la
democracia representativa: listas
cerradas de candidatos. Políticos
aforados quebrando el principio de
igualdad ante la ley. Separación de
poderes ficticia. Corrupción.
“Soy ateo, pero no puedo dejar de
respirar el cristianismo”. Saramago
lo dijo un día de verano ante un amplio
público, en la Universidad Internacional
Menéndez Pelayo. Cristiana
es la cultura dominante que nos impone
desde su calendario hasta las
más íntimas costumbres personales
y colectivas. Modificar algo, sean tiranías,
democracias falaces o cualquier
otro contratiempo, requiere en
primer lugar aceptar su existencia.
No me gusta esta realidad, pero no
puedo evitar respirarla.

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