La ciudad de los derribos asesinos
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CORONAS DE FLORES. Al lado del lugar del derrumbe los vecinos y amigos depositaron
coronas de flores para homenajear a Gumersinda, Jesús y Teodoro. / Olmo Calvo

Una vez más la muerte ha
enseñado su pálida cara
entre los escombros en
Badenmer. La tragedia se

14/02/08 · 0:00
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CORONAS DE FLORES. Al lado del lugar del derrumbe los vecinos y amigos depositaron
coronas de flores para homenajear a Gumersinda, Jesús y Teodoro. / Olmo Calvo

Una vez más la muerte ha
enseñado su pálida cara
entre los escombros en
Badenmer. La tragedia se
cobró tres vidas en el desplome de
un edificio del casco antiguo. En los
últimos 15 años los derrumbes han
ocasionado 13 cadáveres. Ya suponen
una macabra tradición, una secuencia
catastrófica donde la vida
humana apenas cuenta como valor
esencial.

Ninguna autoridad ha respetado a
los muertos, aceptando su responsabilidad
y dimitiendo. A la hora de salirse
por la tangente, el alcalde actual,
Iñigo de la Serna (PP), no ha dudado
incluso en poner los actos del
drama del revés. En un insólito y siniestro
trueque de papeles, suplanta
el lugar de las víctimas. Con lo que
va lloriqueando en público por qué le
ha caído a él esta desgracia. Si no ha
hecho nada.

Despreciar o depreciar la vida humana
es más bien propio de una insana
sociedad caudillista, donde corren
mefíticos aires mafiosos. En ese
enrarecido ambiente, el lema oficial
es que todo procede de la fatalidad.
Y así, mientras algunos ingenuos se
lo creen, los promotores afines al
mando en plaza esperan a que caiga
la breva madura del más grande de
los negocios a la vista: el gran solar
del Cabildo de Arriba. Naturalmente
una vez desalojada o enterrada la
gente de mal vivir, que siempre anda
estorbando con sus miserias.
La colina del Cabildo de Arriba está
sembrada de inmuebles carcomidos
por la lepra de los materiales.

Muchos están apuntalados con viejas
maderas donde canta su veterana
presencia la carcoma. El barrio queda
separado de la casa consistorial
por una plaza llamada del generalísimo.
En ella triunfa intocable la célebre
estatua ecuestre de Franco. Este
símbolo de la ciudad sólo pueden
profanarlo las palomas excrementales.
Es el emblema que singulariza
un carácter dominante y ultramontano,
emperrado en la discordia extravagante.
Somos así.

En lo alto de esa colina hay un palacio
de Justicia y algo más allá está
el Parlamento autonómico. Ambas
instituciones se codean con lo que
queda del “barrio chino”. A la puerta
de los bares, recostadas indolentemente
o tricotando calceta cuando
calienta el sol, sus putas esperan a algún
cliente cada vez más esporádico.
Salpicados por entre las sombras
merodean flacos yonquis residuales,
fijados al chute diario de un líquido
indescriptible, que podría ser incluso
aguarrás. Son parte de este decorado
de abracadabra. Lo mismo que
las ratas residentes de tamaño sobrenatural.
Huele a inmemoriales meadas
de gato y a agua de palangana.
Los antros del comercio carnal con
descarga telegráfica llevan rótulos
fatalistas como “Sube y Baja”.

Todos estos elementos conforman
una evidente barrera disuasoria.
Evitan que se afinque en el lugar gente
independiente y con ganas de recuperar
la zona. En los últimos años
se han derrumbado otros cuatro edificios
en ruinas, sin que nadie se diera
cuenta al parecer. También han
sido frecuentes los incendios. Éstos
hablan elocuentemente de impaciencias
constructoras por obtener beneficios
del capital invertido.

Los buitres planean cada vez en
círculos más bajos y precisos sobre
el Cabildo de Arriba. Incluso un alcalde
llamado Manuel Huerta (PP)
se decidió a invertir en persona. Adquirió
un edificio entero en la calle
Becedo. Justo en la zona golosa,
donde la reciente tragedia del derrumbe
mortal. Este mismo personaje
presidía la corporación municipal
cuando, en la infausta fecha
del 27 de enero de 1992, se hundió
literalmente el hotel Bahía. Esta vez
fueron seis los muertos. Obreros de
las obras de remodelación del hotel,
sin licencia municipal en regla. Una
vez los cadáveres en el cementerio,
el hotel Bahía se reconstruyó enteramente,
añadiendo una planta más
para compensar el disgusto. Un exceso
de volumen ilegal que se puede
apreciar a simple vista. El mundo
es de los listos.

Otro precedente. Desplome de la
fachada de 11 plantas en el pabellón
de Traumatología del Hospital
Marqués de Valdecilla, ocurrido el
2 de noviembre de 1999. Balance:
cuatro muertos. Alcalde, Gonzalo
Piñeiro. Nadie dimitió, aunque sí se
pusieron las correspondientes caras
de circunstancias ante la televisión.
Esta vez se le echaron las culpas
a la “fatiga de los materiales”,
aunque controlar su calidad no es
una ciencia oculta.

Otro suceso. Jardines de Pereda.
Obras de saneamiento de la bahía
promovidas por Medio Ambiente,
cuyo titular era José Luis Gil (PP).
Su brazo derecho era Iñigo de la
Serna. El alcalde era presidente del
PP, Gonzalo Piñeiro, elevado después
a senador real. Para excavar
más cómodamente un gran hoyo
rectangular, los operarios amputaron
raíces de un tilo alto y lozano.
Soplaba un viento moderado cuando
se vino el árbol abajo. Una furgoneta
de reparto que pasaba por allí
resultó aplastada. Murió en el acto
su joven conductor.

Curioso y mala cosa es el mundo
éste, en el que se gasta la mayor
parte del tiempo y la energía en debatir
y explicar, o huir, de lo que
salta a la vista. Un proverbio dice
que no hay peor ciego que aquel
que no quiere ver. En Badenmer
mirar sin ver es un arte.
Por si acaso.

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