La caza, un crimen contra la vida

Quienes por divertirse
acosan y matan animales
libres parecen incapaces
de apreciar su belleza,
el misterio de los sentidos
que los guía a través de grandes
distancias, su devoción hacia los
nidos y crías, su inexplorada capacidad
de gozar y sufrir. Alguien que
valora la maravillosa organización
de un animal viviente nunca lo privaría
de su vida sin necesidad, mucho
menos por la canallesca excitación
de matar.

10/04/08 · 0:00
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Quienes por divertirse
acosan y matan animales
libres parecen incapaces
de apreciar su belleza,
el misterio de los sentidos
que los guía a través de grandes
distancias, su devoción hacia los
nidos y crías, su inexplorada capacidad
de gozar y sufrir. Alguien que
valora la maravillosa organización
de un animal viviente nunca lo privaría
de su vida sin necesidad, mucho
menos por la canallesca excitación
de matar.

El hombre, que durante millones
de años ha sido depredador, desarrolló
la beligerancia, insensibilidad
y crueldad que hoy constituyen
nuestro azote y nuestra vergüenza;
pero el hecho de haber tenido
que recorrer aquel proceso
sangriento no justifica que ahora
sigamos matando por diversión a
otros seres que sienten el pánico y
el dolor como nosotros. La evolución
nos ha elevado a un nivel moral
donde repugna la crueldad para
con los animales; la compasión,
máximo logro evolutivo, se expande
hasta abarcar a todo cuanto es
capaz de sentir y de sufrir, de modo
que, pudiéndolo evitar, no deberíamos
aplastar ni al más diminuto
gusano. Y he aquí que la caza,
masiva y sistemática, supone
cada temporada un espeluznante
holocausto de víctimas inocentes,
miles de millones de vidas asesinadas
en un alarde estúpido de la
compulsiva capacidad del hombre
de matar porque sí. Pese a estar inmersos
en una era donde se llama
al pacifismo, al respeto medioambiental
y a la sensibilidad naturalista,
los organismos oficiales fomentan
la violencia de la caza,
puesto que reporta pingües ganancias
a la Administración. Cabe decir
al respecto, que otras actividades
delictivas –dígase la guerra o
el narcotráfico– igualmente generan
mucho dinero, sin que por ello
dejen de ser criminales.

Matar gratuitamente a un animal
es una inmoralidad sin justificación
posible, una absoluta falta de respeto
y consideración al animal asesinado,
a su vida y sus intereses.
Fingir buscar en la caza motivos
conservacionistas, ecológicos o
equilibradores no es sino pretender
maquillar con una máscara hipócrita
el ancestral y patológico impulso
humano de agredir a los demás.
Por ello, los ciudadanos debemos
oponernos a la caza con el
mismo empeño con que condenamos
otros fenómenos de violencia,
como los de índole política o doméstica,
movidos del espíritu de
cualquier postura solidaria: la lucha
contra la injusticia y contra el
sufrimiento evitable.

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