Movimientos
Interrogando la "crisis" desde miradas feministas
17
Sep
2014
07:02
Por una Democracia Sexual
Por Vidas precarias

En las últimas semanas, asistimos a la terrible respuesta que tanto autoridades públicas, judiciales como medios de comunicación han dado a la violación denunciada por una mujer durante la feria de Málaga. Este acontecimiento ha hecho patente que los mecanismos de poder que sostienen la desigualdad en las relaciones de género tienen un alcance e intensidad mucho mayor de lo que la ausencia de alarma social parecería indicar: abarca a los poderes mencionados, pero también compone el imaginario común. La denuncia de la víctima ha sido lo primero en cuestionarse, haciéndola responsable de la agresión sufrida. Si lo pensamos dos veces, algo semejante se torna inimaginable en otro tipo de denuncias. Numerosos artículos han tratado de desmontar este giro inadmisible, argumentando, entre otras cosas, la perversión que supone el relato de las denuncias falsas –que alcanzan en realidad menos del 0’005% del total desde 2009, según datos de la Fiscalía General del Estado– y la necesidad de interrogar las estructuras profundamente machistas en las que se asienta nuestra sociedad. No está de más señalar que el patriarcado, lejos de haber desaparecido, como se empeñan las defensoras liberales de la igualdad, se rearticula constantemente.
 
La necesidad de interrogar dichas estructuras nace en un contexto muy concreto: no marcado por el impasse político previo al estallido 15m, sino por un clima de agitación y experimentación social sin precedentes. En términos generales, las diferentes movilizaciones y luchas en diversos niveles hablan de recuperar la democracia, pero no entendida como ejercicio de voto y recambio electoral: se trata de decidir en los aspectos que conciernen a lo que podría ser una vida digna, vivible, buena. En este sentido, más democracia puede significar cambiar las relaciones sociales, modificar los modos de vida, desplazar la frontera de aquello que consideramos posible. De hecho, existen propuestas que han ayudado a romper con la sensación de habitar un orden social inmutable. Es el caso de algunos planteamientos económicos que proporcionan herramientas para imaginar alternativas con las que afrontar el proceso de despojo actual –auditar la deuda, impuestos a las grandes fortunas, garantía de un salario universal o servicios públicos de calidad a salvo de las artimañas de la iniciativa privada–. Pero no parece igual de fácil entender, dentro de las aspiraciones democráticas, la sexualidad, el género o la etnia: su aparente naturalidad dificulta la crítica de las normas sociales en las que se fundan. Sin embargo, si queremos realmente construir otro modelo de vida es preciso preguntar: ¿qué significaría hoy una democracia sexual?
 
Aunque el capitalismo es también una economía simbólica en la que se cruzan lenguajes, códigos y cuerpos, organizando lo social como lo conocemos, cultura y economía tienden a pensarse disociadas. Si atendemos a sus articulaciones, se produce un giro importante: por ejemplo, los efectos que crisis y recortes tienen sobre las mujeres no es lo único que podemos mirar, sino también los ordenamientos que producen y reproducen los géneros de manera funcional al capitalismo. En este sentido, no existe un régimen económico aislado de un régimen sexual; siempre está asociado a un determinado modo de cooperación social, a una manera de relacionarse, de pensar los afectos, de hacer familia; en definitiva, de fabricar subjetividad.
 
Pues bien. ¿Cómo traducir esta problemática a la acción política? ¿Cómo organizarse teniendo en cuenta dichas articulaciones? Imaginar una democracia sexual implica dos estratos que, aunque puedan analizarse por separado, van de la mano: organizativo y micropolítico. Desafiar el régimen de cuidados injusto que sostiene la sociedad reta trasladar la democracia, entre otros espacios, a los hogares. No se trata tanto de retribuir el cuidado, como de sustituir la búsqueda de beneficio como principio rector de nuestra sociedad, a favor de otros criterios ético-políticos. Para ello, es necesario generar una responsabilidad colectiva en el cuidado –responsabilidad del Estado, de la sociedad en general y de los hombres en particular–. Por ejemplo, cubrir la dependencia, la crianza y las situaciones de enfermedad; garantizar la autonomía de las personas cuidadas y los derechos laborales de las empleadas en el sector; distribuir de manera más equitativa las tareas domésticas cotidianas; y, sobre todo, inventar otras formas de cuidar. Dar prioridad a estos asuntos no pasa por conciliarlos con lo que tenemos –un mercado laboral hiperprecarizado, pésimas condiciones de vida para la mayoría–, sino por transformarlo en busca de una buena vida.    
 
Esta búsqueda debe tener en cuenta que la estabilidad de las categorías «masculino» y «femenino» es indispensable para el capitalismo: lo que entendemos por hombre y mujer está saturado de sentidos y expectativas que nos posicionan de manera desigual. No son pocos los mecanismos que tratan de fijarlas: disciplina de género, mandato heterosexual, división sexual e internacional del trabajo, negación de lo diferente o hegemonía del ideal de independencia frente a la vulnerabilidad de la vida –que insiste en desligar principalmente a los hombres de sus vínculos con el mundo–. El efecto más evidente de dichos mecanismos es identificar a las mujeres con las tareas de reproducción, sexo y cuidado. Otro más sutil es la división simbólica que feminiza el trabajo comunicativo: sostener el entramado intersubjetivo en las relaciones –mediar, explicitar, apoyar, gestionar, etc.–.  En ambos casos, se observa su relación con el orden actual: por un parte, naturalizar el cuidado permite que los mercados ignoren sus costes; por otra, delegar la comunicación, contribuye a privatizar la existencia, fortaleciendo un yo autosuficiente para el que los lazos con los demás resultan prescindibles.
 
Por ello, es preciso poner en duda la estabilidad de dichas categorías, para lo que no se requieren complejas teorías, sino gestos cotidianos que permitan entrever otras subjetividades. Nuestros discursos sobre la democracia no solo deben tomar en cuenta los problemas de las mujeres –mayor precariedad, desprotección o desigualdad–, sino cuestionar la naturalidad de las normas que rigen el género y el sexo; no solo alcanzar la paridad, sino desplazar los estilos discursivos y corporales que reproducen determinadas masculinidades hegemónicas; no solo considerar lo que sucede en instituciones y mercados, sino también en comunidades y hogares; no solo crear sectores donde quepan las minorías sexuales, sino expresar la inconsistencia de la norma heterosexual; y no solo sumar a quienes representan la diferencia, sino hacer de la diferencia una condición de la política, donde la precariedad e inestabilidad de todas posición sea parte de la misma. Una democracia sexual exige repensar la organización económica, pero también producir nuevas subjetividades. En este sentido, no está en juego solo el autogobierno de los pueblos, sino también el de los cuerpos: la posibilidad de ser de manera singular en igualdad de condiciones; aquél por el que, entre otras muchas cosas, regresar a casa una madrugada no signifique nunca más exponerse a ningún tipo de violencia.
 
silvia l. gil

 

    

        (La artista Shamsuia Hassani. Imagen extraída de: http://messagesalon.ch/exhibition/129/)

 

comentarios

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    Qymael
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    Vie, 09/19/2014 - 11:19
    Sin duda hay mucha razón en lo que escribes y argumentas, y sólo hay que remitirse a las estadísticas para darse cuenta de ello. Pero (si hay un PERO y es enorme) creo (ojo, con todos mis respetos y remitiendome a datos también conocidos) que el caso que ha escogido para ilustrar su argumento no es el más indicado. A día 19 de septiembre, la mujer ha reconocido ante el juez que ha sido una denuncia falsa. http://www.ideal.es/nacional/201409/19/joven-denuncio-violacion-feria-20140919081225-rc.html Por supuesto que quizás haya sido sometida a presiones, pero también cabe la posibilidad de que nos encontramos ante una de las denuncias falsas que suponen ese ínfimo porcentaje al que tanto se agarran algunos/as. Atentamente.
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    vidasprecarias
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    Mié, 09/17/2014 - 07:10
    Vidas precarias: Por una democracia sexual
  • Vidas precarias

    Hoy, en medio de una de las tantas tormentas de la lluvia ácida del capital, mezclamos voces, deseos y miradas feministas para interrogar la realidad desde otros lugares que no sean el sujeto obrero-blanco-heterosexual-urbano que hace tiempo dejó de representarnos. Aquí nos encontramos amaia orozco, Haizea M. Alvarez, Martu Langstrumpf, Sara LF y Silvia L. Gil, partiendo de nuestros cotidianos para conversar entre nosotras y con otras en las fugas y resistencias que visibilizan conflictos y generan otras formas de vida.

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