Movimientos
Interrogando la "crisis" desde miradas feministas
10
Sep
2013
01:35
Políticas del cuerpo. La radicalidad de la diversidad funcional
Por Vidas precarias
El próximo sábado día 14 de septiembre se celebra la VII marcha por la visibilidad de la diversidad funcional[1], a las 18h en la Plaza Jacinto Benavente de Madrid.  Una ocasión para pensar sobre el cuerpo, la diferencia y la vulnerabilidad [2].

En las últimas décadas, se ha señalado la importancia de entender los procesos socioeconómicos encarnados en los cuerpos, indicando que son necesarios análisis que visibilicen las prácticas concretas a través de las que aquéllos cobran sentido. El cuerpo es un lugar privilegiado por varios motivos. Se trata del engranaje a partir del cual el capitalismo extrae la capacidad productiva y reproductiva de los individuos; en el que se condensa el poder contemporáneo, asignando espacios socialmente diferenciados; el material con el que se forma  nuestra identidad; y la herramienta con la que, no pocas veces, resistimos a la imposición de fronteras corporales.
 
El cuerpo es producido discursivamente, lo que significa que no podemos entenderlo sin las interpretaciones que se hacen del mismo. Se dice qué es normal y qué no, qué es salud y enfermedad, cuál el parámetro de la belleza y cuál de lo abyecto. Pero esto no significa que podamos cambiar su condición a voluntad[3]. La idea de que el cuerpo es una materialidad ilimitadamente modificable no sirve tanto a los procesos de resistencia como al capitalismo tardío en el que la flexibilidad es condición necesaria para la expansión de nuevos mercados. También es un acicate para la lógica del sueño capitalista del triunfo personal: “si te empeñas, lo consigues”. Frente a ello, debemos leer la construcción discursiva del cuerpo desde una triple articulación: social, no aislada de los lazos con los otros; existencial: somos dentro de las mismas normas que nos coaccionan, por lo que, como argumenta Butler, cambiarlas significa ir en cierto modo contra la identidad que nos permite ser[4]; y  material, confrontada con la violencia discriminatoria que soportan algunos cuerpos, con los procesos biológicos y la muerte.  
 
La diversidad funcional sitúa las dimensiones social, existencial y material del cuerpo en el centro del debate político. Por lo que se convierte en un punto de vista privilegiado para los movimientos y luchas que tratan de crear nuevas geometrías corporales. Al romper con la designación de “dependientes” y “discapacitados”, resignifica lugares socialmente asumidos: la sociedad, incapaz de acoger y habilitar las diferencias, impide la autonomía, debido a su organización desde criterios de autosuficiencia y productividad. Una sociedad que cubriese las diferentes necesidades de todas las personas no tendría dependientes y no dependientes, sino modulaciones diversas del cuidado variables, no solo entre individuos, sino en el interior de una misma vida (infancia, enfermedad, momentos puntuales, vejez). Una sociedad que no pensase las capacidades en relación al mercado o a determinados modelos hegemónicos de normalización social, tendría que admitir la variedad de capacidades humanas. Lo que puede entenderse, en términos del filósofo Jacques Rancière, como la igualdad de las inteligencias o la universalización de las capacidades de cualquiera[5]. Es decir: la sociedad crea dependientes en la medida en que niega la interdependencia, e incapaces en la medida en que impone una norma desde la que definir a todos los sujetos negando a priori su igualdad.   
 
Por otro lado, la diferencia aparece como un valor a reivindicar políticamente. Pero no la diferencia entre dos términos dicotómicos (normales/anormales, hombres/mujeres, blancos/negros, autóctonos/extranjeros). Cada cuerpo es inasimilable a las categorías que tratan de definirlo, debido a su precariedad constitutiva: no hay nada, independientemente de la lista que podamos hacer sumando identidades (tullida, lesbiana, obrera, migrante, etc.), que pueda definir completamente una vida; implica un modo de relación hacia sí y hacia los otros absolutamente propio. Así, el derecho a una vida digna, no sería el derecho de la tradición liberal individual, sino el derecho radical a la singularidad. Añadiremos que la única manera de que esta singularidad no se resuelva en desigualdad o indiferencia en el flujo de imágenes dispuestas para el consumo, es recuperando la vida común en la que emerge. No desde una noción sustantiva[6] o una colectividad política cerrada o idealizada, sino como espacio hecho de contradicciones, discontinuidades, conflictivo. De este modo, cabe preguntar en qué medida, con esta formulación se garantiza el respeto a las personas con diversidad funcional que no desean ser cuidadas y cuidados de una determinada forma; si se incluyen diferentes culturas del cuidado, comprensiones del género y de la sexualidad[7]. Afinando un poco más, no se trataría solo de ser capaz de acoger realidades y cuerpos diversos, sino de expresar la apertura sosteniendo una vida propia, singular: un mundo común hecho de diferencias irreductibles[8].
 
Por último, la diversidad funcional impide un discurso político desencarnado, pues su diferencia, siempre expuesta, siempre visible, constituye la misma materia para la afirmación política. Frente a la comprensión contemporánea del cuerpo codificado, productivo y consumista, el día a día de la diversidad puede producir una disonancia, un estallido, que obliga a cuestionarla. La vulnerabilidad se distribuye de manera diferencial: los recortes sociales, también marcados por diferencias de género, sexo, procedencia y clase, se unen al ya de por sí duro escenario, dando lugar a situaciones extremas con menor o nula asistencia formal, renuncia a cotas de libertad alcanzadas y vuelta a los cuidados familiares o a las residencias[9]. Por eso, se trata también de una cuestión de derechos humanos. Sin embargo, lejos de asentarse en la victimización y en la demanda, la diversidad funcional, como elaboración política, busca hacer de la fragilidad una palanca para el cambio, no para ser todas fuertes en los términos impuestos, cuando no siempre podemos o queremos, sino para considerar la vulnerabilidad como potencia de ser en la diferencia.  
 
Dicho de otro modo: expone una ontología corporal con la que repensar los derechos, el vínculo con los otros y la diferencia. Un antídoto para las luchas frente a la asfixiante imposición normativa y la explotación del lazo primario, social, en el que nos encontramos unos cuerpos con otros.
 

(1ª Marcha por la Visibilidad de la Diversidad Funcional. Se celebró en Madrid en
Septiembre del 2007. Vídeo by TimoCastro)

 silvia l. gil
 


[1] Diversidad funcional es el nombre con el que el Foro de Diversidad Funcional y Divertad, heredero del movimiento por la vida independiente nacido en EE.UU. en los años setenta, rebautizó lo que comúnmente se conoce como “discapacidad” con el objeto de eliminar el componente negativo transformándolo en una diversidad positiva. Más información, también sobre el interesante término “divertad”, mezcla de libertad y dignidad, en: http://www.forovidaindependiente.org/que_es_el_FVID
[2] Para esta reflexión es fundamental el libro colectivo Cojos y Precarias, haciendo vidas que importan. Cuadernos sobre una alianza imprescindible, Traficantes de Sueños, Madrid, 2011.
[3] Sobre esta idea puede verse el interesante trabajo de Coll-Planas, Gerard, La carne y la metáfora. Una reflexión sobre el cuerpo en la teoría queer, Egales, Madrid, 2012. 
[4] Butler, Judith, Mecanismos psíquicos del poder. Teorías sobre la sujeción, Cátedra, Madrid, 2001.
[5] Rancière, Jacques, El espectador emancipado, Ellago, Pontevedra, 2010.
[6] Frente a estos peligros, hablar de derecho al cuidado permite airear expectativas y deseos de las personas con diversidad funcional como sujetos de decisión. Pero el desafío sigue siendo no decantarlo en términos individualistas, como si se tratase de un derecho al que el sujeto accede de manera racional y en igualdad de condiciones, y no, como es todo derecho, una construcción colectiva en la que participa el conjunto de la sociedad de manera más o menos consciente y no siempre equitativa. Para que el cuidado no se convierta en desigualdad (quienes pueden acceder a él y quienes no; quiénes deciden cómo ser cuidados y quiénes no) es preciso pensarlo en múltiples direcciones en circulación por el cuerpo social (no solo de cuidadoras a cuidados, de familiares a enfermos o de mujeres al resto de la sociedad). Sobre el derecho al cuidado: Orozco, Amaia P. “Documento de trabajo 6: Miradas globales a la organización social de los cuidados en tiempos de crisis II: ¿Qué retos políticos debemos afrontar?”, Instituto Internacional de Investigaciones y Capacitación de las Naciones Unidas para la Promoción de la Mujer (INSTRAW), Santo Domingo, 2009. 
[7] Martu ha escrito en este blog sobre diversidad funcional y sexualidad a raíz del taller postporno organizado por el colectivo Post-Op en Barcelona “El sistema, la precariedad y el deseo de los monstruos”. 
[8] Esto implica afirmar que existe algo no comunicable en la experiencia subjetiva.
[9] Sobre las residencias como institución opresora: VV.AA., Cojos y Precarias, haciendo vidas que importan. Cuadernos sobre una alianza imprescindible, Traficantes de Sueños, Madrid, 2011, pp. 50-54. 
 

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