Movimientos
Interrogando la "crisis" desde miradas feministas
22
Jul
2013
16:35
No renunciar a imaginar. Ingredientes para un proceso constituyente tras mayo de 2011
Por Vidas precarias

Algunos puntos de partida
 
En los últimos meses, tres ideas parecen entrelazarse en unas y otras conversaciones.
 
Por una parte, la connivencia del poder político con el poder económico. Los numerosos escándalos de corrupción son expresiones de un sistema profundamente neoliberal. La única manera de lograr un gobierno del bien común, y no de los intereses privados, pasa por transformar el sistema actual. No obstante, aparecen matices. Para algunas, este sistema debemos comprenderlo desde su complejidad: existen diferentes formas de dominación en función del sexo, el género y la raza. Una visión puramente economicista no alcanza a explicar de qué manera el modelo de familia heterosexual solidifica las posiciones masculina y femenina que convienen a la división sexual del trabajo. Tampoco por qué se imponen diferentes lugares sociales según procedencia o edad (trabajos mal pagados, desvalorizados o directamente no remunerados, como ocurre con las abuelas migrantes encargadas del cuidado). En definitiva, no explica la división sexual y étnica del trabajo y sus complejas articulaciones.  
 
Por otra, se afirma que la transformación nos atañe subjetivamente, nos implica. El cambio no puede darse sin una disposición subjetiva que permita imaginar otros modos de estar juntas. Una de las piedras de toque al respecto es el desplazamiento del ideal de independencia; ideal basado en la creencia de que cada cual se basta a sí mismo para ser. Sin embargo, no se trata de volver a imaginarios en los que parecería posible alcanzar cierta plenitud sin fisuras, sino buscar la manera singular –limitada y precaria– de cada cual de estar en el mundo. Problematizar las normas que nos gobiernan en múltiples planos. Ser capaces de afirmar una vida propia. Pasar de la culpa a la responsabilidad.  
 
Por último, el cambio debe hacer frente a la cuestión del poder, que es la cuestión de las instancias económicas y políticas ­que gobiernan la vida. Instancias desde las que se toman decisiones (leyes, modelos de gestión, medidas presupuestarias). ¿Cómo parar los golpes que vienen desde arriba; desbloquear las posibilidades de construir una vida más justa? ¿Cómo no ceder a la resignación ante el empobrecimiento generalizado, el recorte de derechos y la falta de libertades? Aquí aparece la urgencia por repensar la organización: cómo hacer un poder ciudadano que permita reconstruir la democracia.
 
Ingredientes para un proceso distinto
 
En este sentido, se habla de abrir un proceso constituyente. Pero hay muchos tipos de procesos. Aquí y ahora cabe preguntar: ¿Cómo sería un proceso constituyente a la altura de las movilizaciones vividas en los últimos tiempos? ¿Qué le puede decir la plaza tomada, el 15m, las mareas ciudadanas o la PAH a un proceso de este tipo? ¿Cuáles son los ingredientes a los que no se puede renunciar?
 
Para tratar de contestar, debemos recuperar aquello que el acontecimiento 15m ha puesto como indispensable en el centro de la política. En primer lugar, la práctica, no solo el discurso, de la democracia que queremos: se abren procesos de politización en los que la participación directa, la inclusión y la circulación de la palabra resultan clave. En segundo lugar, relacionado con lo anterior, lo político ya no es propiedad de unos pocos y, de este modo, no se trabaja desde la representación o la ideología. Se trata, en cambio, de procesos de cualquiera. Por otro lado, experiencias como la de la PAH señalan la necesidad de apegarse a la vida real: construir a partir de problemas concretos y no a costa de ellos. La instrumentalización se rechaza, la afectación abre posibles. En cuarto lugar, el acontecimiento como tal significa desbordamiento. De esto aprendemos que debe mantenerse siempre abierto: no existe plan previo que pueda definirlo o controlarlo completamente de antemano. Además, debido a esta apertura constitutiva, exige explorar formas organizativas novedosas, algunas de las que, como la colaboración sin centro, vienen dándose en la Red. Y, por último, igual que de modo no siempre visible, pero insistente, sucede desde mayo de 2011, se pone en el centro la interrogación ético-política respecto a qué pueda constituir una vida vivible. Una de las grandes preguntas en juego hoy es, ¿cómo queremos vivir juntas y juntos a partir de ahora?
 
Aportaciones desde los feminismos

 
En relación a esta pregunta, una mirada feminista señala algo fundamental. Por un lado, que la política debe mantener su carácter de apertura. Para tratar de producir un nuevo sentido encarnado de vida es preciso que adquiera la forma de un debate inacabado en el que desplegar respuestas necesarias, pero parciales. Solo en la medida en que se mantiene abierto, no definido a priori o clausurado en favor de una postura totalizante, puede extenderse, enriqueciéndose con aportaciones de realidades diversas. Se muestra un punto de partida consciente de sus limitaciones, pero no por ello menos afirmativo.
 
Por otro lado, practicar la democracia significa también –y, quizá, antes que nada– cuestionar la desigualdad estructural sobre la que se edifica. La aparente igualdad o los puntos de partida incorpóreos obvian el modo diferenciado en el que el poder sitúa determinados cuerpos no normativos subordinándolos (mujeres, migrantes, transexuales, transgénero, diversos funcionales, etc.). Abrir un proceso que permita poner las condiciones para una vida vivible debe no neutralizar, sino poner en tensión la construcción de lo común y la atención a las diferencias. No dar por sentada la igualdad en la democracia; más bien preguntar por el significado de una democracia sexual y étnica.[1]

En último lugar, apelar a lo inacabado no significa que no existan criterios éticos irrenunciables. Al contrario: precisamente la inconsistencia que no permite presuponerlos, exige su elaboración. Por lo pronto, encontramos dos generales: universalidad y singularidad.[2] Debe garantizarse una vida digna para todas las personas, pero esto no puede hacerse imponiendo modelos normativos. Hablar de singularidad permite remarcar el carácter irreductible de determinadas realidades. Por ello, la presencia de cuerpos diversos resulta fundamental en un proceso de este tipo. 
 
En definitiva, quizá un proceso constituyente tras las movilizaciones de los últimos años pueda ser diferente solo en la medida en que no obvia estos aspectos en relación con la práctica democrática, la apertura, las diferencias, el cuerpo y la reinvención de las formas de organización política. Para ello, es preciso un instrumento diferente de los conocidos hasta ahora (partidos clásicos, iniciativas unitarias o plataformas): el cambio no puede venir desde arriba; no debe buscar la unidad, sino ser diverso y situado; no instalarse en el poder, sino permitir abrir un debate social del que extraer decisiones en torno a la vida en común; no desde la urgencia, sino construyendo tiempos propios; y, sobre todo, no debe, pese a la gravedad del momento que vivimos, renunciar a imaginar, a seguir haciendo lo (im)posible.  

 


(Imagen extraída de http://haikita.blogspot.com.es/2012_04_01_archive.html)

 
 
 silvia l. gil
 

         
[1] Esta cuestión se interroga en Grupo de trabajo de género y sexualidad, “En Sol estamos por lo de todos”, en Diagonal, 03/06/2011: http://www.diagonalperiodico.net/la-plaza/sol-estamos-por-lo-todos.html
[2] Estos criterios aparecen en el II Plan de Igualdad de la Diputación de Guipúzcoa.

comentarios

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    Gloria
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    Jue, 07/25/2013 - 11:26
    "Las diferentes formas de dominación en función del sexo, el género y la raza" están mediadas por la clase social. Esto no debe obviarse en un análisis de cómo nos afectan, cómo percibimos y cómo combatimos las actuales formas de dominación. Por otro lado, las iniciativas unitarias o plataformas ¿representan un cambio desde arriba o más bien un intento de presentar un frente común, desde la diversidad, ante los poderes fácticos que nos oprimen?
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    pepe
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    Mar, 07/23/2013 - 15:03
    Me parece evidente que el texto busca aportar al "objetivo final" de "revertir este sistema clasista y de enajenación", al que se refiere Angus en su comentario. Y efectivamente existen "formas y experiencias históricas que nos arrojan luces de qué podemos hacer". Una de ellas, la(s) experiencia(s) feminista(s). Yo veo en el texto una propuesta feminista para aportar a este proceso de reversión del sistema (que no es solo feminista).  Me gusta mucho que el texto muestre que feminista no es (solo) un campo de actuación sobre determinados temas específicos "feministas", sino (también) una forma singular de hacer política que puede, y debe, aplicarse en otros "campos". Así creo que sería posible decir que hacemos política feminista no solo cuando ponemos en el centro las relaciones igualitarias entre sexos/géneros, sino cuando también tenemos en cuenta las enseñanzas y los modos de hacer feministas (sobre el poder, la organización, las subjetividades, etc.), por ejemplo, los que señala el texto.
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    Angus
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    Mar, 07/23/2013 - 09:59
    Me huele a posmodernismo... La urgencia exige respuesta inmediata y existen formas y experiencias históricas que nos arrojan luces de qué podemos hacer, aunq debamos adaptarlas a los tiempos q corren... Pero tanto relativismo, globalidad y buenrollismo nos pueden alejar de nuestro objetivo final que es revertir este sistema clasista y de enajenación en que vivimos y establecer otro basado en el colectivismo y la fraternidad...
  • Vidas precarias

    Hoy, en medio de una de las tantas tormentas de la lluvia ácida del capital, mezclamos voces, deseos y miradas feministas para interrogar la realidad desde otros lugares que no sean el sujeto obrero-blanco-heterosexual-urbano que hace tiempo dejó de representarnos. Aquí nos encontramos amaia orozco, Haizea M. Alvarez, Martu Langstrumpf, Sara LF y Silvia L. Gil, partiendo de nuestros cotidianos para conversar entre nosotras y con otras en las fugas y resistencias que visibilizan conflictos y generan otras formas de vida.

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