Movimientos
Interrogando la "crisis" desde miradas feministas
05
Abr
2013
11:19
Precariedad, poder y vida en común
Por Vidas precarias

Hoy decimos que nuestras vidas están atravesadas por la precariedad, lo que significa que no existe presente ni futuro sólido desde el que construir una vida estable. Dicho de otro modo: muchas vidas penden de un hilo muy fino que no sabemos cuánto más aguantará. No solo el marco de relaciones laborales se ha flexibilizado, dando lugar a una desposesión de derechos adquiridos a lo largo de décadas; desposesión que, entre otras cosas, impone relaciones de servidumbre e inestabilidad permanente en el acceso a la renta en un contexto de mercantilización de la vida. Sino que, además, el conjunto de instituciones que estructuraban nuestra sociedad −el Estado, la familia, la escuela o la fábrica− se descompone velozmente, transformándose en una realidad cada vez más compleja que apenas logramos visualizar. Por si fuera poco, experiencias como la amistad, el amor o el sexo han incorporado en su propia manera de ser la posibilidad de quiebre permanente. La ausencia de compromiso va ligada a la búsqueda de emociones fuertes. La relación cobra la forma de lo impermeable, de lo incorporal, de lo escurridizo; una lógica de la separación que nos acoge sin apenas previo aviso, como si fuese la única posible. Nuestros cuerpos son interpelados por la llamada a la intensidad del fogonazo, produciendo, por lo general, interacciones pasionales, pero, al mismo tiempo, cierta desorientación. Se trata de aprender a vivir sin red, con sentimientos confusos en un campo abierto de posibles contradictorios, aunque, en última instancia, en muchos casos sea una falacia que esconde el colchón invisible, tanto psíquico como material, del cuidado familiar.[1]  

Michel Foucault desarrolla la noción de “biopoder” en el primer tomo de la Historia de la sexualidad.[2] Para el filósofo, en un momento histórico concreto que sitúa en el siglo XVIII, junto con el nacimiento del mundo industrial y burgués, el poder pasa de la concentración en manos del soberano a su multiplicación en diferentes puntos de una red difusa. Dibuja una microfísica cuya estrategia se basa en disposiciones, maniobras, tácticas y funcionamientos.[3] Los cuerpos son significados como normales o anormales, sanos o enfermos, homosexuales o heterosexuales; se moldean, erotizan y son obligados a emitir signos. El capitalismo no habría podido desarrollarse sin este poder. Valga como ejemplo la disciplina de género a través de la que las mujeres fueron obligadas a recluirse en la esfera privada del hogar para desarrollar el trabajo reproductivo invisible, condición indispensable para la ordenación de las sociedades bajo el parámetro capitalista de acumulación de beneficio.[4]  
 
En este marco del biopoder, los sujetos precarios son aquellos que se sitúan en los márgenes del mismo sistema que los trata de definir excluyéndolos: aquellos anormales a los que se refiere Foucault,[5] aquellas identidades que podemos encontrar en las subculturas −económicas, contestatarias, sexuales− de los discursos dominantes. Sin embargo, en la actualidad, la precariedad ya no tiene que ver solo con una posición periférica, no es excepcional, sino que atraviesa la realidad en su conjunto: es la norma. No es lo que desestabiliza al poder, sino parte de su estructura: el cambio, la movilidad o la inestabilidad no son nociones contrapuestas, son, al contrario, modos que lo definen.
 
Cabría pensar que es el poder el que impide nociones de vida más comunitarias, sólidas o verdaderas. El manto capitalista sería responsable de la contingencia y de la inestabilidad que atraviesa nuestras vidas. En cierta manera es así. Pero, ¿y si no existe fondo sólido oculto detrás de las apariencias de incertidumbre?, ¿y si la precariedad no fuese solo un estado pasajero impuesto, sino, también, una condición de la existencia?, ¿y si el poder lo que hace es sacar a la superficie, aflorar esta condición generalmente velada, para explotar otras facetas antes ajenas a las dinámicas de extracción de beneficio? Como dice Pál Pelbart, al fin al cabo, el poder ha descubierto lo que ya sabíamos: que la subjetividad no está dada de antemano, que es fabricada, construida, mediada.[6] Es decir: hay algo de la estructura del sujeto que es funcional a la lógica capitalista, articulándose con ella. Ese algo es su apertura constitutiva, la imposibilidad de definirlo de manera plena.
 
¿Qué potencia es posible extraer de esta condición ontológica? La cuestión clave no sería aferrarse a una identidad o volver a posiciones conservadoras que permitan pisar suelo seguro. La potencia aparece en el momento en el que me hago cargo de mi estado de precariedad y, por tanto, de la vulnerabilidad inherente a toda vida. La potencia aparece cuando, desde la singularidad irreductible de cada cuerpo, escuchamos y construimos lo que nos une y puede unir. La potencia política aparece cuando preguntamos cómo queremos vivir juntas y juntos, partiendo de la certeza de habitar un mundo común desde la diferencia.[7] En otras palabras: ¿cómo hacer de la vulnerabilidad, con sus dificultades y límites, una fortaleza?
 

 
 
silvia l. gil

 

[1] El cuidado familiar no debe comprenderse solo dentro de un marco normativo. Actualmente han proliferado formas diversas de convivencia y familia, pero son esos núcleos y no otros ampliados los que siguen formando la principal red de cuidados.
[2] Foucault, Michel, Historia de la sexualidad. 1. La voluntad de saber. Siglo XXI, Madrid, 1987. Véase también, los cursos posteriores dictados por Foucault,  El nacimiento de la biopolítica. Curso de Collège de France (1978-1979), Fondo de Cultura Económica, 2007.
[3] Foucault, Michel, Vigilar y castigar, Siglo Veintiuno, Madrid, 2000, p. 33.
[4] La prioridad de la esfera productiva se apoya en la invisibilización del trabajo reproductivo y de cuidados, dando lugar a una desigualdad estructural. Foucault no tuvo en cuenta que el nacimiento de la biopolítica no puede comprenderse sin la división sexual del trabajo. Para ver un interesante relato de cómo los orígenes del capitalismo van ligados a asuntos no solo económicos atravesados por el género como la caza de brujas, véase, Federici, Silvia, Calibán y la bruja, Traficantes de Sueños, Madrid, 2011.
[5] Foucault, Michel, Los anormales. Curso en el collège de France (1974-1975), Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2000.
[6] Pál Pelbart, Peter, Filosofía de la deserción, Buenos Aires, Tinta Limón, 2009.
[7] Sobre esta idea de mundo común véase, Garcés, Marina, Un mundo común, Bellaterra, Barcelona, 2013.

comentarios

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    Vie, 04/05/2013 - 12:17
    Quizá la potencia política no aparece tanto en la pregunta sino en la materialización de nuestras propias respuestas, en cómo revelamos en nuestra cotidianidad esa forma ideal o deseable de vivir junto con las otras y otros. Como decía en el comentario a tu post en FB, yo creo que en estos tiempos de quiebra e inestabilidad sólo los vínculos creados a través de la responsabilidad compartida pueden solapar la precariedad... boh, muchas vueltas para darle! ¡interesante post!  
  • Vidas precarias

    Hoy, en medio de una de las tantas tormentas de la lluvia ácida del capital, mezclamos voces, deseos y miradas feministas para interrogar la realidad desde otros lugares que no sean el sujeto obrero-blanco-heterosexual-urbano que hace tiempo dejó de representarnos. Aquí nos encontramos amaia orozco, Haizea M. Alvarez, Martu Langstrumpf, Sara LF y Silvia L. Gil, partiendo de nuestros cotidianos para conversar entre nosotras y con otras en las fugas y resistencias que visibilizan conflictos y generan otras formas de vida.

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