Libertades
Periodismo de gafas violeta. Blog de June Fernández.
01
Ene
2014
14:26
Próxima estación: Managua
Por Mari Kazetari

Este año me voy a vivir a Nicaragua. He estado tres veces, en las tres no he tenido ganas de volver, y finalmente he decidido que ese puede ser mi sitio, un ratito al menos. En mi anterior blog publiqué varios posts de mis dos primeras estancias. Expliqué por qué en Managua siempre es Navidad, hablé del activismo feminista contra el acoso machista callejero y su grandiosa campaña de autodefensa feminista, conté la experiencia de organizar un taller drag king en Managua, hablé de la vulneración de los derechos sexuales y reproductivos (aborto ilegal en todos los supuestos en el país latinoamericano con mayor índice de embarazos adolescentes), y rememoré pequeñas escenas cotidianas que me dejaron prendada del país de los lagos y volcanes.

En el último viaje no anduve con chip de bloguera, pero en un viaje en bus de Managua a San Jorge (donde se toma el ferry a la isla de Ometepe), me dio por emborronar mi cuaderno de notas:

Expreso a Rivas

Eso de que en Centroamérica la gente es tranquila y se mueve despacio, esa imagen del señor diciendo con pachorra "me estás estresando", se convierte en un mito cuando te dispones a viajar en autobús en Nicaragua.

Llego a la terminal del mercado Huembes en taxi. El coche aún no ha terminado de frenar cuando un hombre asoma por mi ventana: "¿Rivas? ¿Rivas?" "Sí" "¡Apurate, que ya está saliendo!", y señala a un autocar que se dispone a salir del recinto. Con los nervios se me cae el libro al suelo, me siento torpe, corro como si me fuera la vida en ello, pero un niño de unos 10 años me intercepta y me empieza a decir también alterado que ese bus ya está lleno, que me vaya corriendo a otro que tiene plazas. No sé si hacerle caso, pero un hombre que me suena de otros viajes me dice lo mismo. Impone, no le voy a llevar la contraria. Me mete prisa para que entre en un autobús en el que todavía no se han montado más personas. Tanta prisa para terminar más de un cuarto de hora esperando a que el bus se llene.

El hombre que me sonaba es el ayudante del chofer, el que pasa la ruta apostado en la puerta, con la labor de gritar el destino y ayudar a la gente a montarse y a subir las mercancías. Lleva una visera hacia atrás y viste una camiseta blanca de manga corta ceñida que marca su cuerpo fornido y que deja entrever un tatuaje en el brazo y un rosario negro al cuello. Las marcas de viruela en la cara y las fundas de oro en los dientes acentúan su aspecto de malote.

El autobús expreso (que hace menos paradas que el ruteado) es bastante confortable. Con tanto estrés no he podido observar cómo es por fuera. Seguro que no le falta la pintura multicolor y la habitual leyenda cristiana en el parabrisas. Se agradece que, frente a las bancadas de dos plazas habituales, estos asientos sean individuales y con respaldo alto que permite reposar la cabeza. Tiene una televisión en la que pasan todo el rato los mismos seis vídeos de reguetón. "Si tú te vuelves loca por mí y yo me vuelvo loco por ti, entonces mami deja el novio que tú tienes, dile que no le quieres, que me prefieres a mí". Unos pocos minutos y me arrepiento de haber defendido públicamente el reguetón.

"¡Quesillo, gaseosa, agua!" "¡Traigo el agua, caramelos, papas!". Empieza el trajín de la venta dentro del autobús. Señoras de mediana edad con delantal salen y entran ofreciendo comida, bebida y chucherías. "¿Películas?" Este joven opta por meter su mercancía por la ventana. Otro chico me pone delante de la cara un arsenal de botes de pastillas. Insiste en que tomar ginseng me fortalecería mucho. "¡Las empanadas de queso, de piña, de pollo, las empanadas"", canta un señor con bigotito como de cantante de mambo. "Anillos de acero", le sigue otro con visera y camiseta con un velociraptor serigrafiado. La señora que viaja delante de mí se anima a comprarle uno. A la siguiente caigo yo: "¡Oferta!" Dos bolígrafos y dos cuchillas de afeitar por sólo 10 córdobas. Ya me estaba cansando de escribir con lápiz, así que me viene de perlas. La señora de mi izquierda se compra una manzana roja.

El bus no parte hasta que no se llena. Para sobrellevar la espera, la gente se entrega al consumismo de los antojitos, aprovecha para comerse un quesillo a modo de almuerzo, consulta su celular 'chiclero' de antepenúltima generación o simplemente se deja hipnotizar por el carrusel de minifaldas, escotes, cadenas de oro y gafas de sol del videoclip del Daddy Yanque de turno. El traje de chaqueta que luce Pitbull en una playa paradisíaca contrasta con el trikini de la exótica cantante con la que hace un dueto.

El bus arranca. Los dos ayudantes llaman al orden: "¡Ahí hay un lugar, siéntese por favor!" "¡Venga, que ya nos pitan para salir!". En seguida se monta un joven con expresión tímida. Se queda en el pasillo y empieza a sacar y meter productos de su mochila. Explica lo que son sin palabras, comunicándose mediante mímica. Lleva broches, puzzles infantiles y pegatinas con frases como "Cristo viene ya. ¡¡¡¡Prepárate!!!! Un mensaje de dios para los hombres". Los pasajeros sujetan amablemente los adhesivos y cuando él vuelve a pasar, declinan con un gesto cortés. Él vuelve a la carga repartiendo a las mismas personas puzzles de Spiderman y Winnie the pooh. Tiene suerte con la señora que come la manzana roja

La tele se apaga, se enciende la radio, y el ritmo machacón de Pitbull da paso a la voz melosa de Enrique Iglesias. Afuera llueve. Las baladas, la lluvia y el ligero traqueteo del bus mecen a mi vecino de asiento, que se queda dormido de la misma. Yo también.

Un frenazo me despierta. Montan diez veinteañeras alemanas. El de la puerta se alborota y exclama con gesto travieso: "¡Ladys! ¡Propina! ¡Tienen que dejar propina para arreglar este bus! Es alemán. Pro-pi-na para arreglar bus a-le-mán", insiste durante como 10 minutos. Casualidad o no, la tele se vuelve a encender: "Uh, mujer, tu cuerpo pide sexo y para eso estoy yo, y el nuevo kamasutra".

Llegamos a Rivas y de ahí a San Jorge, donde lugareños, turistas desaliñados, dos motos sujetas con pulpos y una montaña de latas de barniz marca Modelo compartiremos lancha a la isla de Ometepe. Le pregunto al ayudante dónde puedo cambiar dólares. Me hace un gesto misterioso como pidiéndome que espere con discreción, y vuelve con un taco de córdobas y una propuesta de tipo de cambio que me parece razonable. Es lo bueno de los autobuses nicas, que sustituyen al restaurante, la pulpería, y hasta a los coyotes. "Un placer hacer negocios con usted", le digo. Me mira con desprecio, como pensando "qué dundas son algunas chelas". "¡San Jorge, San Jorge!". Salgo corriendo del bus.

Breve diccionario nica

Chela: persona blanca, rubia, o extranjera
Pulpería: tiendita de ultramarinos
Coyotes: personas que cambian dólares por cuenta propia
Duda: tonta

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