Global
En el terreno de lo políticamente dudoso
16
Sep
2015
14:33
Guerra
Por Jule Goikoetxea

La vida consiste en quitar vida. Eso lo aprendimos, creo, en tercero de EGB. En la asignatura llamada ciencias naturales. Que siendo una ciencia ideológica, como otra cualquiera, explicaba convincentemente que para vivir necesitamos energía, y para ello has de quitarle vida a la hierba, a las plantas, a los peces o a las vacas. Y así es como sobrevivimos día a día, siglo a siglo, extrayendo energía, que no es más que un eufemismo científico de matar, dominar y explotar. La cuestión no es por tanto, dejemos de extraer energía, sino hagámoslo con la menor crueldad y mayor sostenibilidad posible. Y en torno a esta cuestión gira la ecología, la soberanía alimentaria, la soberanía política, el feminismo y la lucha por los derechos sociales y económicos, es decir, el conflicto en torno a la extracción de la fuerza de trabajo, la cual es también un tipo de energía. Con esto no pretendo que el estudio de la explotación humana sea incluido en la asignatura de ciencias naturales, dado que la pobreza poco tiene de natural. Como la crisis. Ni la pobreza es consecuencia de una crisis, ni la crisis consecuencia de un cúmulo de fallos técnicos, o una technicality, excepto, por supuesto, para los tecnócratas.

En esta guerra en concreto, nuestra utopía democrática va perdiendo, y la utopía legalista que prometía regular la violencia organizada bajo el imperio de ley, va ganando

El statu quo actual, el tipo de explotación a la que me refiero se reproduce mediante diferentes mecanismos de extracción de energía, recursos y vida, que termina con la muerte de miles de personas cada día. La desventaja que tenemos por estas tierras es que nuestra explotación está altamente regulada, pero la ventaja es que no es absoluta, por lo que hay margen para la resistencia, lo que significa que estamos técnicamente en guerra. Y, sí, vamos perdiendo.

Pero no es nada nuevo, lo de ir perdiendo no se debe a la crisis, la ilustración francesa también se logró mediante el trabajo gratuito en las tierras del señor feudal. La gran diferencia con respecto a la época feudal es que la democracia liberal, tras la revolución francesa y americana, proporcionó a la burguesía una nueva forma institucional que posibilitaba el desarrollo ‘lícito’ de un sistema jurídico ‘legítimo’ según el cual la propiedad era el criterio privilegiado para la concesión de derechos.

Y esta es la base de la democracia liberal en la que vivimos. Sí, es cierto que la gente con el tiempo cambia, pero tampoco demasiado.

La diferencia entre Adam Smith, el padre del liberalismo, y Merkel, Rajoy, el Banco Central Europeo, Wall Street y el Fondo Monetario Internacional es que Smith no tenía ningún problema en decir que el gobierno liberal es un régimen creado para proteger la propiedad privada, es decir, a los ricos de los pobres (sic); y al status quo que se llega mediante esta fórmula es lo que llaman libertad. La tan amada libertad de estos liberales, sean neocom, nelibes o de la old school, es por tanto esta que se desarrolla mediante un sistema de leyes y normas que privilegia a los propietarios del capital. Un capital, dicho sea de paso, cada vez menos productivo, pero capital al fin y al cabo, a quien pertenece, igual que en la Edad Media, el lujo y la autoridad, porque como bien decía Hobbes, ‘Auctoritas, non veritas, facit legem’. Que en romance contemporáneo significa que la justicia es una manera reglada de hacer la guerra y explotar de forma ‘lícita’, de acuerdo a las leyes y el derecho. Y no hay más que poner una tasa para ver qué significa esa frase.

Nuestra sociedad se construye sobre la explotación legal, sobre prácticas reguladas por las que un bando extrae desigualmente energía de otro, aumentando así su desigual capacidad para seguir extrayendo energía o, en definitiva, vida, del otro bando. Evidentemente, no todas las guerras son iguales, ésta puede ser de baja o alta intensidad, rápida, fría, eterna, innovadora, convencional, informal o con un alto nivel de institucionalización. Y el estado de derecho es una manera entre otras para regular esta sangría vital que consiste en explotar y extraer energía, recursos y vida. Y mejor regular, que no hacerlo, y mejor hacerlo entre todos y todas, que entre cuatro.

Pero, en esta guerra en concreto, nuestra utopía democrática va perdiendo, y la utopía legalista que prometía regular la violencia organizada bajo el imperio de ley, va ganando, entre otras cosas porque el ingreso salarial de la clase trabajadora lleva disminuyendo décadas, mientras el producto interior bruto (PIB) no ha parado de crecer durante esas mismas décadas (es decir, cada vez se le paga menos a la trabajadora y más al directivo) y todo de forma legal. La utopía legalista liberal no sólo ha formalizado la guerra, sino la explotación, y lo hace de acuerdo a derecho, claro, para eso estamos en un estado de derecho.

Esto quiere decir que no es la crisis la que crea explotación, sino la explotación la que crea, en todo caso, la crisis.

Es la incapacidad de socializar un discurso que permita a las clases trabajadoras percibir la explotación en todas sus formas, así como el hecho de que estas clases hayan asumido que la violencia legítima es aquella que es lícita, es decir, legal, convencional e institucional, la que impide que la clase explotada identifique su explotación y el grado de la misma.

Por poner un ejemplo, la propiedad privada de la clase trabajadora, aún juntándola toda y multiplicándola por diez, es hoy día, y hace una, tres y cinco décadas también, irrisoria comparada con la de la élite financiera y económica. Esa riqueza la ha producido la clase trabajadora, a quien le pertenece. Por eso no estamos inmersos en una crisis, sino en una guerra de expoliación, que en época de cambios bruscos, se agudiza y visibiliza mejor, quizá.

El sistema financiero, antes, durante y después de las últimas tres o cuatro crisis que dicen hemos sufrido desde los 70, se perfecciona, su crisis, por tanto, no es la nuestra. En cambio, estamos inmersos en la misma guerra. Y entre los enemigos a combatir esta la creencia de que la crisis deviene de la imposibilidad (técnica, para los neoliberales, y divina para los neocom) de tener a mano toda la información que se requiere para que el mercado y el sistema económico funcionen correctamente (que es cuando desangran y torturan en silencio y ordenadamente), es decir, la mayoría de los explotados sigue creyendo que la crisis, que su explotación, es consecuencia de una technicality.

Las crisis muestran más claramente, pero no crean, el sistema sobre el que se reproduce la explotación, la dominación de un grupo sobre la otro. El estado de derecho surgió para legitimar la propiedad privada, para otorgar a las clases propietarias el derecho de controlar a la clase trabajadora (otra cosa es como usarlo o cómo democratizarlo). Así se infiere que el derecho fue creado, y vuelve una y otra vez a serlo, como arma contra la clase trabajadora, que no es simplemente la que trabaja, si no aquella que no decide cómo y a quién extraer energía, recursos y vida mientras se la quitan a ella. El problema no es el derecho en sí, evidentemente, sino la falta de recursos y poder político de los y las explotadas para controlar el derecho y poder regular a qué, a quién y cómo se extrae energía para vivir.

Cuando la posibilidad de elegir entre leche desnatada, semi, de soja, avellana o arroz, va acompañada de la posibilidad de tener que elegir entre compartir piso con familiares o simplemente conocidos; entre comerte un trozo de pescado a la semana o dos trozos al mes; y entre tener que elegir ponerte la estufa o ducharte con agua caliente, entonces, estamos ante una manera específica de hacer la guerra.

Y, lamentablemente, no se puede elegir si estar, o no estar, en guerra.

Jule Goikoetxea | @JuleGoi
Re-editado de Naiz.info

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Jule Goikoetxea

Nací posicionada, en el terreno de lo políticamente dudoso, y cuando me dijeron que la dominación mediante el discurso razonado se llamaba conocimiento una sobredosis estructural me convirtió en actualidad. Las que nacimos con la guerra perdida de antemano no luchamos para ganar, sino para transgredir, y la transgresión contiene dentro de sí técnicas milenarias practicadas desde el origen con la mayor disciplina.