Global
En el terreno de lo políticamente dudoso
23
Sep
2016
17:38
Elecciones, repúblicas y nada de socialismo
Por Jule Goikoetxea

¿Sabíais que durante más de veinte siglos la elección como método para elegir gobernantes y/o representantes se ha considerado aristocrática? No, no lo sabias, porque nadie te lo ha dicho. Hay una especie de consenso tácito que oculta descaradamente el carácter aristocrático de la democracia representativa. 

Y, en línea con esto ¿Sabíais que la república se ha considerado siempre contraria a la democracia? Al menos desde su conceptualización moderna (es decir, liberal, y lamentablemente el socialismo no tiene una concepción propia de república, por no tener, no tiene siquiera un arte de gobernar o una gubermentalidad propia, quizá por eso estamos donde estamos).

Históricamente, la republica se ha conceptualizado como gobierno representativo (es verdad que Rousseau tenía otro parecer, pero también es verdad que su mundo interno era un poco piruleta, como el de Habermas, además de ser de lo más misógino y racista que he leído nunca). En términos descriptivos, la república es la forma de gobierno que la mayoría de países tiene hoy, y se ha considerado opuesta a la democracia porque los padres de las constituciones modernas, como Madison, consideraron que las sociedades actuales no podían funcionar mediante democracia, la cual se entendía como sistema en donde el pueblo se gobierna a sí mismo, de forma directa (lo que hoy se llama democracia directa) o seleccionado mediante lotería y gobernando en rotación.

¿Os habéis fijado que ningún partido de izquierdas propone que los representantes sean elegidos por lotería y que el sistema no permita más de, pongamos, dos años de servicio público a lo largo de toda la vida? Y esto es, en cambio, lo que evitaría la formación de una clase política (la de los aristoi) y la alianza criminal que tenemos hoy entre la elite política y la financiera. Por esto mismo es por lo que los liberales y los republicanos dijeron que ni hablar de democracia, de loterías y de rotación, sino que querían una república representativa en la que todo el mundo pueda votar (ejem) pero en la que no todo el mundo pueda gobernar.

Cuando digo que la izquierda está reproduciendo la ideología liberal esto es un claro ejemplo. Estoy a favor de re-significar los conceptos y darle un nuevo significado a ‘república’. El caso es que hay que tener músculo político, recursos y un discurso históricamente estructurado para poder hacerlo. Si no, terminas defendiendo un poco de Rousseau y un podo de Madison mezclado con unas gotas de San Agustín, Marx y Hayek.

Que es más o menos lo que encontramos hoy en los programas electorales y discursos políticos.

Quiero traer esto a la palestra porque la tragedia del socialismo es que no ha desarrollado su propio arte de gobernar, más allá de usar la intervención económica como forma de gobernar, igual que hace el liberalismo. Y es importante que el socialismo, si es que vamos a usar la palabra para emancipar, pueda articularse más allá de una teoría económica. Necesita desarrollar su propio concepto de democracia y de estado, su propia concepción de poder, de conflicto perpetuo, de individuo, libertad e igualdad. Y no vale con socializar los medios de producción y nacionalizar las corporaciones.

Es en ese sentido que los discursos de la izquierda pidiendo más república(s) y más democracia, aunque necesarios, son insuficientes porque lo único que hacen es democratizar lo que el liberalismo y el neoliberalismo hacen. No es una alternativa, es un conjunto de resistencias y frenos. Eso es lo que hace la izquierda actualmente, entre otras cosas porque no tiene dinero para hacer nada más que protestar y resistir. Pero en algún momento tendrá que presentar un proyecto alternativo. Un pensamiento alternativo, que no sea teológico, cristiano, liberal y moralista.

No solo no tenemos una concepción propia de democracia, tampoco sabemos (un saber histórico que debería haber sido transferido) qué mecanismos exactamente son los que han posibilitado más igualdad, más distribución o más acumulación de capitales. Un ejemplo de esa ignorancia histórica y política se ve en cómo vota la gente (ya que no sabemos por qué vota la gente).

La gente, en general, no vota en base a lo que sus representantes han o no han hecho (en muchos casos ni siquiera saben qué han hecho exactamente, preguntad por la calle si no me creéis), sino que vota en base al programa: en base a palabras y promesas futuras, no en base a hechos y en retrospección. Y es que la elección de representantes mediante selección, cada cuatro o cinco años, tiene su propia mecánica que la población no conoce. Es votando de forma retrospectiva, como dice Manin, que los representantes se ciñen más a lo que prometen (acercándose más al estilo de delegado que de libre representante defendido tradicionalmente por los sindicatos y los socialistas), ya que promesas siempre se pueden hacer nuevas, y cambiar las anteriores, mientras que lo que se ha hecho no se puede cambiar. Pero ¿dónde nos enseñan las lógicas internas de nuestro sistema de representación democrático? En ningún lado. Así que la gente no solo vota en base a palabras (la mayoría) sino que no sabe que, al elegir un representante, lo hace de forma aristocrática. No sé cómo es nuestra selección natural, pero nuestra selección democrática es aristocrática.

Desde la Atenas de Solón, pasando por Aristóteles, los ideólogos de las ciudades estado italianas, de Maquiavelo a Harrington, Montesquieu y Rousseau, todos consideraron la lotería como método popular y democrático para conseguir puesto público y poder político. Ya que la elección de representantes por parte del pueblo termina siempre en la elección de aquellos que se perciben (y subrayo ‘perciben´) como superiores (ya sea en riqueza, prestigio, herencia, conocimiento, estatus, y ahora, habilidades comunicativas). Esto es entendible: la gente no quiere gobernantes inferiores y ni siquiera similares a ella, sino mejores (sea lo que sea eso de ‘mejores’ para cada cual). Todo los estudios demuestran que la población, da igual derecha o izquierda, termina eligiendo a gente de clases socio-económicas superiores, clase media alta o directamente alta, década tras década.

De todas formas, creo que el problema de la elección no es tanto el hecho de que la gente tienda a elegir individuos pertenecientes a las clases socio-económicas superiores, sino que no rotan. Y, por tanto, solo gobierna una determinada clase, que históricamente se ha llamado aristocrática, y una de las razones de no llamarla así es que se quiere ocultar este fenómeno. Pero es clave nombrarla, ya que el concepto ‘clase política’ o ‘casta’ es totalmente liberal y oculta más que aclara. En cambio, del concepto aristocracia si se pueden derivar (derivación histórica) cosas: por ejemplo, que la aristocracia tiende a convertirse en oligarquía. ¿Pero cómo derivar, inducir, pensar de forma clara y concisa si los sustantivos que usamos en política no son más que una cortina de humo liberal?

Y aquí, en este inmenso lío, es donde estamos ahora mismo. Con unas elecciones autonómicas el domingo, otras estatales, en breve, y un par de repúblicas democráticas nuevas in the making.

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Jule Goikoetxea

Nací posicionada, en el terreno de lo políticamente dudoso, y cuando me dijeron que la dominación mediante el discurso razonado se llamaba conocimiento una sobredosis estructural me convirtió en actualidad. Las que nacimos con la guerra perdida de antemano no luchamos para ganar, sino para transgredir, y la transgresión contiene dentro de sí técnicas milenarias practicadas desde el origen con la mayor disciplina.