20
Oct
2014
01:09
Hermanos de sangre
Por Imanol

El guerrillero, el hermano mayor que alimenta a los demás.

  Dado que el texto original es insuperable, me dedico simplemente a copiarlo, así que cedo la palabra (y la letra) a Avel.lí Artís-Gener.

  Hoy me he dedicado al exterminio de mis hermanos de sangre, piojos, pulgas y ladillas. Sangre de mi sangre, vida de mi vida, se alimentan de lo poco que me queda, comparten mi difícil de reponer jugo vital en una trasfusión no consultada. He efectuado una extensa acción fraticida. He empezado por las ladillas. Se requiere una sencilla puesta en escena: Un frasco de alcohol de 96º y unas hojas de papel de periódico. Del papel puede prescindirse perfectamente y su uso se constriñe a la simple curiosidad. Bueno, hay que armarse de valor y verter el alcohol por el pubis, escroto y zonas aledañas. Arde como doscientos cincuenta mil diablos, esa es la verdad escueta, pero hay que aguantarse. Cuando se ha evaporado el alcohol, se procede a la segunda operación, menos dolorosa, pero si más sucia: hay que rascar con las uñas toda la zona. Se recomienda hacerlo de cuclillas sobre el periódico previamente extendido debajo. Parece una nevada. Los bichos caen a millares y uno se maravilla del elevado número de huéspedes que tenía a toda pensión. Forman un impresionante cono de cadáveres blanquecinos, semejante al montoncito de la parte inferior de un reloj de arena. Ya es sabido que las ladillas son de la familia de los piojos, digamos unos piojos altamente especializados. Sólo en casos excepcionales de superpoblación (de verdadera explosión demográfica) abandonan el área original y se instalan en tierras vírgenes de los sobacos o las cejas (éste era mi caso). Envolví el cerro de bichos y no supe que hacer con él. Finalmente escarbé la tierra y los sepulté, cobijados en su periodístico ataúd.
 

La ladilla, el siguiente de los hermanos y huésped incómodo.

  Luego me dedique a sus parientes, los piojos-piojos. ¡Que increíble colonia! Éstos viven en la cabeza (es curioso su enorme sentido de demarcación, el respeto que sienten por las zonas ajenas) y en los pliegues de la ropa. Los abandonan a la hora del almuerzo, llenan la tripa, y regresan a ellos para digerir el ágape. Empecé por la camiseta y descubrí que los mayores núcleos de población residían en los dobladillos del cuello, brazos y parte inferior. Con mi pequeña navaja deshice la primera bastilla –léase bastilla como núcleo fortificado- y allí encontré  una tremenda multitud de padres, madres, hijos, larvas y huevos. Quemé la camiseta, incapaz de limpiar la zona por métodos más suaves. En la camisa y los calzoncillos moraban colonias más restringidas y también acabé con ellas por medio del fuego, si bien más lento y refinado: herví ambas prendas en una ex lata de petróleo, agitándolas con un palo durante el largo hervor que, presumiblemente, asfixiaba a  padres, madres, hijos, semihijos y fetos. A los de la cabeza los acabé mediante el mismo sistema aplicado a las ladillas, previa una buena rapada al cero.
 

      El piojo, otro familiar numeroso y desagradable.

  Las pulgas me hicieron saborear el fracaso. Son, sin lugar a dudas, mucho más listas que el hombre a cuyas expensas viven. Y poseen una formidable arma de combate, el salto, arma más bien desleal, porque entraña buena dosis de cobardía. Brincan a una distancia (proporcional, claro está) capaz de matar de envidia a un robusto canguro, por no decir a la mejor langosta de una plaga. Su fuerza y su poder para la “struggle for live” corren parejas con el salto y la vivacidad. Advierten el peligro, notifícanselo rápidamente, y se alejan  de él a volatines. Es mejor no matarlas. Esta decisión es el paliativo del fracaso. Es mejor no matarlas porque está demostrado que cuando matas una (como las moscas de Rusinyol),  vienen otras quinientas al entierro y se quedan a vivir aquí.
 

  La pulga, el hermano más inquieto y menos colaborador.

  Esta noche he dormido a pierna suelta, libre de realquilados. ¿Podré decir lo mismo mañana? Tengo mis dudas. Sospecho que ese mundo de pulgas que ayer ahuyenté están por ahí atrincheradas, a la espera de una distracción mía para recuperar el terreno perdido. ¿No serán fachas?
 
Fuente: La diáspora republicana. (Avel.lí Artís-Gener).  
 

comentarios

0

Imanol

Saludos a tod@s y bienvenid@s a este intento de investigación, difusión y discusión sobre la guerrilla antifranquista en general y la libertaria en particular. Invitaros a corregir, ampliar o rechazar las cosas que poco a poco se irán colgando, pues espero que con vuestra colaboración, podamos aprender y tratar de rescatar esta memoria olvidada y mal enterrada, para devolverla a la luz y a la vista de tod@s. Salud.