Global
Descolonizar el amor. Dignificar la ira.
04
Jul
2016
12:26
Es España, no Mississippi
Por Helios F. Garcés

Hace escasamente unos meses, el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial de la ONU, órgano encargado de velar por el respeto y correcta aplicación de la Convención Internacional Sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Racial, señalaba en sus conclusiones, tras estudiar el caso y consultar con Perogrullo, lo siguiente: al Gobierno español le importa un pimiento el racismo. Lo sabíamos, ¿le importa al violador la salud de la violada?

Como era de esperar, la noticia ha ocupado un lugar mediático sub-marginal y no ha formado parte del debate público, es decir, de la discusión política, social o cultural. Ningún partido, de rancio o reciente abolengo, ha recogido el guante del Comité y lo ha utilizado en su campaña electoral o en su resaca post-apocalíptica. No es una queja, sencillamente una aseveración: las comunidades humanas racializadas no forman parte de los intereses del espectáculo político español, ni siquiera como votantes potenciales. Su vocación siempre será, digámoslo así, folklórica.

Lo primero que el Comité observa con asombro es que en nuestros territorios no existen datos poblacionales relacionados con el origen étnico/racial. Durante décadas, el Estado español ha aprovechado y potenciado el lógico miedo histórico de las personas racializadas a ser policialmente localizadas para mantenerlas en los márgenes del vacío político. Para comprender el origen de tal fobia tomemos como ejemplo la compleja situación peninsular en la que se encuentra la "minoría étnica" más antigua y numerosa del continente: los Rroma, Kale, Sinti, Manush, Kalderash, Lovara; los denominados gitanos/as (1).

Desde comienzos del siglo XVI al siglo XVIII la opresión sistemática ejercida contra calós y calís (2) en nuestro territorio fue aplicada a través de pragmáticas cuya meta principal era obligar a las comunidades a ligarse a la tierra. Las estrategias para conseguirlo fueron perfeccionadas con el tiempo de tal manera que cumpliesen con eficacia una de sus funciones principales: cazar gitanos para emplearlos en los procesos de acumulación del capital puestos en marcha por el emergente Estado español. Durante el siglo XVIII se llevó a cabo la Gran Redada de los Gitanos, operación diseñada por los sectores ilustrados de la sociedad en connivencia con el poder eclesiástico del momento para exterminar definitivamente a los gitanos y gitanas mientras eran explotados según los fines anteriormente descritos. Para llevar a cabo dicha persecución fue necesaria la elaboración de censos estrictos a lo largo y ancho de la península.

Posteriormente, con el nacimiento de la Guardia Civil, la estrecha vigilancia a la que los Kale debían ser sometidos como pueblo esencialmente sospechoso contribuirá a la fijación del ancestral pánico comunitario gitano ante la posibilidad de ser localizados por las administraciones. Sucederá de forma similar en el resto de Europa, especialmente en aquellas zonas afectadas por el Porrajmos/Samudaripen, el Genocidio cometido contra los Rroma por los nazis. Para cortocircuitar y descolonizar tal temor es necesario proponer métodos de autoadscripción identitaria anónima gestionados por las propias comunidades racializadas como los empleados en América Latina y otros lugares del globo. Pero sigamos.

Lejos de crear y definir una semántica de la reparación histórica acorde con los efectos demoledores que 479 años de opresión legal sistemática que siguen vigentes han tenido y tienen en la vida de cientos de miles de personas de carne y hueso, los sucesivos gobiernos españoles han dirigido sus esfuerzos a tratar de "integrar" a los gitanos/as. Es decir, la estrategia consiste, desde sus inicios, en desintegrar/descafeinar/desgitanizar a los calós y calís; convencerlos por todos los medios necesarios de que el problema real reside en su cosmovisión y convertirlos en ciudadanos respetables según los paradigmas dominantes de la blanquitud moderna y bienpensante. Por supuesto que las ideas encapsuladas de identidad, cultura y diversidad manejadas desde los púlpitos del multiculturalismo liberal permiten aspavientos puntuales de indigenismo tales como las camisas de lunares, los vestidos de gitana y ciertos fenómenos mediáticos popularizados como parte de la tecnología colonial del entretenimiento de diseño para las masas.

La gestión de la diferencia racial/étnica es, en su expresión material, una vía de cristalización a través de la que el complejo psico-social de culpa definitorio de la blanquitud progresista emerge en público y una manera de cuestionar débilmente su dimensión más aparentemente burda sin destruir la estructura racista de privilegios sobre la que se edifica. Encerrando a cada comunidad racializada en su propio gueto culturalista; atormentada en el laberinto de su propio absolutismo étnico se desactiva hábilmente el potencial crítico que desmontaría y pondría en crisis la blanquitud así como se impide la condición de posibilidad de dicha crisis: la unión estratégica de los sujetos racializados.

No obstante, sería peligrosamente ingenuo seguir esperando que sean los propios gobiernos los que pongan en funcionamiento dichas estrategias. El ladrón no va a reponer lo robado, a no ser que los dueños de la casa le obliguen. Es por eso que es absolutamente lógico que el Gobierno español no haya aprobado una Ley Integral para la Igualdad de Trato y No Discriminación, así como que no haya adoptado el segundo Plan de Derechos Humanos. Es lógico que el Consejo para la Eliminación de la Discriminación Racial o Étnica sea visto por la propia ONU como un organismo sin los recursos ni la independencia básica y necesaria para llevar a cabo la supuesta labor para la que fue creado. Todo ello es lógico porque encaja en la racionalidad del antiguo y persistente patrón del poder colonial que estructura las instituciones modernas; es lógico porque el racismo alberga su lógica, aunque ésta carezca de ética.

Ingenuidad

Así bien, la negación de asistencia sanitaria universal para las personas migrantes que no gozan del privilegio de la denominada "regularidad", la existencia de torturas, maltrato policial y hostigamiento generalizado en los execrables Centros de Internamiento para Extranjeros (CIE) –verdaderas zonas del no-ser en el seno de la hipócrita urbe blanca– o la a todas luces sospechosa demora burocrática demostrada para resolver las peticiones de asilo, según la procedencia y el origen étnico de quien lo solicita, forman parte de las preocupaciones que el CERD ha manifestado públicamente en Ginebra tras su visita a España.

Es importante remarcar que el organismo consultor al que nos referimos está lejos de servir a los intereses solidarios de un movimiento decolonial internacionalista. Es por eso que se limita a señalar la epidermis del problema sin cuestionar el origen de su patología. Sin embargo, el estado de la cuestión es tan alarmante que las observaciones realizadas por el mismo parecieran estar redactadas por una organización radical antirracista a causa de una broma de mal gusto. Es evidente que las consecuencias de que dicho informe haya sido invisibilizado por el propio Gobierno y olvidado por las fuerzas políticas de todo el espectro impiden que realidades tan sangrantes donde cientos de seres humanos enfrentan la violencia estatal, como las que acontecen de forma naturalizada en las vallas de Ceuta y Melilla, adquieran el protagonismo de primer orden que merecen.

La ONU pide ingenuamente al Gobierno español que detenga las identificaciones policiales en base al perfil étnico, que acaben con la existencia abrumadora de escuelas guetos destinadas a la población gitana y migrante a lo largo y ancho del Estado, que solucionen el bochornoso olvido al que son sometidas las comunidades afrodescendientes y que impidan a las empresas españolas vulnerar los derechos de éstas y de los pueblos indígenas a través de la implantación de proyectos neocoloniales en sus países de origen.

Mientras, el Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes enfrenta el ya casi natural y cotidiano hostigamiento racista por parte de los Mossos d'Esquadra, y Gerardo Pissarelo (3) se esfuerza en justificar en público y sin vergüenza una nueva estrategia para continuar con la persecución. Mientras, familias gitanas se manifiesta a las puertas de los juzgados de Sevilla para denunciar la retirada de niños y niñas por parte de los servicios sociales en base a supuestos criterios económicos. Mientras, las comunidades islámicas se organizan para combatir la islamofobia y el tan histórico como actual odio racista al moro/a en toda su complejidad y crudeza (5).

En lo que respecta a las antiguas estrategias de las institiciones para coptar los espacios de resistencia y empoderamiento convirtiéndolos en meras asociaciones culturalistas, es necesario reconocer que han conseguido contar con el apoyo de buena parte de las propias poblaciones racializadas. Si todo ese esfuerzo fuese dedicado a estructurar demandas políticas en torno a las reparaciones históricas por los efectos de la persecución, del colonialismo, de la esclavitud, del genocidio; si toda esa energía fuese puesta a disposición de una lucha justa contra la opresión actual, otro gallo cantaría.

Pero no, la retórica desde la que emana el paternalismo europeo y su correlato colaboracionista es otra. Si las reivindicaciones antirracistas no girasen en torno a la integración y se articulasen en torno a la lucha contra el racismo, otro gallo cantaría. Pero he aquí que las instituciones de la europa gadjikani (6) han conseguido que gran parte de los sujetos racializados luchen afanosamente por convertirse en gestores de su propia miseria; que peleen entre sí por estar más cerca del blanco, por parecerse a él aun más de lo que irremediablemente ya nos parecemos. Y no, no canta el gallo. Quien canta es el pavo. ¡Larga vida al pavo, Calibán, a pesar del Brexit, Europa es nuestra!

Notas:

1 La palabra gitano, aunque resignificada por las propias comunidades, parte de un mito medieval que sitúa el origen de los Rroma en Egipto. Rroma, Kale, Sinti, Manush, Lovara, son algunas de las formas predominantes a través de las que los gitanos y gitanas se autodenominan a sí mismos en Rromano, lengua internacional del Pueblo Rrom.

Kale, en Rromano significa “los negros” y es la manera original de autonombrarse utilizada por los Rroma peninsulares, además de por amplias poblaciones gitanas brasileñas, finlandesas y del sur de Francia. La adaptación al castellano coloquial de dicho término es calós y calís en masculino y femenino.

3 https://www.youtube.com/watch?v=zDWsOZjAU68

4 http://www.eldiario.es/madrid/Hogar-Social-Madrid-mezquita-M30_0_4976503...

6 No Rromani

 

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Helios F. Garcés

La tempestad de William Shakespeare condensaba, en el contexto de la expansión colonial europea, el potencial del antagonismo ontológico, epistémico y político que definirá la modernidad occidental temprana en dos personajes fundamentales: Próspero y Caliban. Mientras que Próspero representará al europeo ilustrado, germen de la colonialidad, Caliban, reinterpretado por Césaire en Una tempestad, simboliza al ser humano que se rebela ante su opresor.

Es probable que el término 'Calibán' provenga de la palabra romaní 'Kalipen', cuyo significado literal es 'negritud'. Los Kale –"los negros"– representan una de las grandes familias que conforman el Pueblo Rrom, los denominados gitanos/as.

Helios F. Garcés nació el año que Assata Shakur huyó a Cuba. Desde entonces se aplica en la práctica del antiautoritarismo radical caló, cuya filosofía política consiste en negarse a ser integrado. Aunque para él la necesidad real consista en desintegrarse.