Artículo escrito por Hugo Ábalos Aguilar. Arqueólogo miembro de De la Roca al Metal, grupo de investigación y divulgación que promueve la integración social del pasado material.
 

…los turdetanos son reputados como los más sabios, y poseen literatura e historia o anales de los antiguos tiempos, poemas y leyes en verso que datan, o lo pretenden, de hace seis mil años… (Estrabón: Geografía, III)

 

Asegurar la mirada infinita sobre el paisaje, conservar las artesanías fundamentales, razonar desde la tierra, pensar en el trabajo… sostener las memorias sobre el terreno: frenar la avalancha antihistórica del neoliberalismo. Desde hace siglos la regulación de las narrativas del pasado ha sido un ejercicio fundamental para las grandes instituciones de poder. La justificación de la soberanía a partir del ejercicio de la representación ha ocasionado la necesidad de reinterpretar los pasados comunes por parte de la administración. En las viejas costumbres el conocimiento ha sido transmitido de modo directo entre los grupos próximos, los canales de aprendizaje de artesanías, los valores, el lenguaje. Y actualmente vemos como prima la mirada al futuro, la maquinaria, las nuevas tecnologías, el afán inmobiliario, la cultura de masas. En Andalucía la mirada social muestra hacia qué lado se dirige cada uno, está quien mira la tierra y pretende cuidarla, pero también está quien se escuda en el beneficio a cualquier coste y desprecia acariciar los campos.

Algo parecido ocurre también en la mirada del arqueólogo. Si en 1984 el traspaso de la gestión de cultura a las autonomías se recibió con mucho optimismo y carisma en los órganos administrativos andaluces, desde donde se plantearon unos Planes Generales con los que llevar a cabo una efectiva tutela de los hitos del pasado, tanto de bienes materiales como de bienes inmateriales, con el objeto de identificar, estudiar, conservar y divulgar. En la actualidad, realizando una evaluación de los resultados, vemos como la cultura político económica que ha venido sosteniendo el modelo de cultura ha sido mucho más decisiva de lo esperado. La excesiva dependencia de la economía financierista y la incompatibilidad de cuidar los restos materiales, los paisajes, las memorias sociales…, en combinación con un modelo de desarrollo basado en la explotación urbanística, la implementación de la industrialización agrícola o el vuelco de los servicios hacia el turismo, ha generado una dicotomía entre la apuesta por la conservación o por la destrucción, en el que la administración pública ha optado por la segunda. Las políticas de gestión de la memoria arqueológica no se realizan desde una legislación singular, en este caso la del patrimonio o de la memoria histórica, las leyes se complementan y en muchos casos se contradicen. En el caso del patrimonio, la ley estatal de Suelo aprobada por el gobierno de España en 1998 en la que se promueve la liberalización del mismo, es un claro ejemplo de los puntos clave que como otros tantos, hacen ver una perspectiva histórica ligada precisamente a la destrucción de los patrimonios diversos, desde el arqueológico, el histórico, el cultural en general o el natural.

La brillante cultura histórica que presenta Andalucía en sus barrios, en sus pueblos, en sus paisajes, en sus yacimientos, en el arte, en las costumbres…, fue poco a poco, y según se iba consolidando el modelo económico desarrollista, cayendo en manos de la recalificación, de la gentrificación, y de la masificación del turismo. Actualmente los barrios históricos se musealizan enfocándolos hacia las masas de turistas que mueven el gran capital, dejando poco espacio para la vida tradicional. Llegamos al punto en que muchos de los usos tradicionales se han convertido en actos de resistencia porque pueden deshacer un paisaje idealizado, o en la dinámica convertida en hábito, de que los habitantes tradicionales tengan que emigrar, lo más cerca, a los cinturones de las ciudades… en este contexto no son pocos los actores sociales que se movilizan exigiendo el respeto a la cultura como bien común, pero también el respeto a poder permanecer en la propia casa. Son motores que movieron a la Plataforma para Salvar la Casa del Pumarejo en Sevilla, a la gente de la Casa del Aire en Granada o a la Plataforma por un PGOU para Jaén. Luchas éstas que se pueden englobar dentro de las luchas por la dignidad y el territorio tan representadas en las tradiciones políticas andaluzas de los últimos siglos.

La contradicción intrínseca en la idea I Plan General de Bienes Culturales de preparar un acuerdo entre desarrollo y memoria, ha evolucionado a la situación en la que el arqueólogo que realiza arqueología de urgencia para cumplir desde su ética profesional la legislación de patrimonio, consiga de modo no necesariamente consciente, recalificar un terreno mediante de un vago informe de documentación, para dar pie al paso de las excavadoras. Todo esto bajo unas condiciones laborales situadas entre el contratista –empresa constructora- y la administración de cultura –empresa supervisora-, que en el peor de los casos ha dado pie a la aparición de muchos coches de lujo y muchos favores1. Todos sabemos lo que ha movido la burbuja inmobiliaria durante los últimos 50 años en el estado español y la protección que ciertas actitudes han recibido por parte de las administraciones.

A la vez que en la práctica arqueológica de urgencia ha existido repercusión política en la gestión hacia las sociedades locales con su entorno; a nivel puramente arqueológico y de investigación, en Andalucía las conclusiones sociales que ha sacado la arqueología sobre las sociedades del pasado no han evolucionado en los últimos decenios. Los libros de texto continúan mostrando los mismos patrones estandarizados en el discurso y la imagen del pasado. Al mismo tiempo, se podría decir que después de haber realizado ingentes excavaciones ligadas a la construcción en el Albaicín granadino, en las costas malagueñas o en el casco histórico de la ciudad de Sevilla, la documentación obtenida en el contexto de la arqueología ligada a la construcción (qué es la más cuantiosa) y a través de la cual más yacimientos han sido excavados, no permite obtener unas conclusiones que vayan más allá de las que existían en los años 70.
Las razones que ofrecen los expertos a este tipo de problemas suelen tener que ver con fallos en la planificación administrativa, la falta de presupuesto para la materia de cultura o la falta de unificación de criterios metodológicos. Todas estas razones son ciertas, pero inevitablemente evitan el núcleo de dolor en el que se cruza el pensamiento con la realidad.

Amparados por la idea de Walter Benjamin “El peligro amenaza tanto a la permanencia de la tradición como a los receptores de la misma. Para ambos es uno y el mismo: el peligro de entregarse como instrumentos de la clase dominante. En cada época es preciso hacer nuevamente el intento de arrancar la tradición de manos del conformismo, que está siempre a punto de someterla” (Benjamin, W., Tesis sobre la historia y otros fragmentos). Entendemos que el principal hándicap que ha tenido la administración andaluza en la planificación y cuidados de la cultura patrimonial ha sido ella misma. Un proyecto que defiende la cultura, debe ser un proyecto en el que el agente cultural sea del pueblo más que la administración. Si bien se han pretendido camuflar unas políticas claramente hirientes para la cultura tradicional, los paisajes o los materiales arqueológicos del pasado mediante apologías a la democracia. Vemos que el acomodamiento de la materia cultural a un proyecto económico político basado en la cultura global del neoliberalismo ha generado una industria que ha favorecido a determinados monumentos aislados, en contra de sus contextos territoriales y sociales. Así se ha favorecido a la cultura mercantilizada y al turismo apoyado por grandes empresarios que no acarician con cariño los campos andaluces; y son precisamente los protagonistas de la cultura los que han quedado de lado. Se ha valorado más el continente que el contenido. La memoria es motor de cultura, una referencia biológica que nos orienta en el tiempo que corre. Al igual que el individuo sin memoria se encontraría fuera de cualquier ritmo vital, una sociedad sin memoria es una sociedad que flota en un aire impersonal que la dirige hacia la definición voluptuosa de una autoridad. Son los patrones propios de la sociedad mercantilizada.

Pero no todo son modelos en delegación hacia la administración. Andalucía tiene resistencias sociales, y muchas, hay ciertas victorias de modelos que sí han triunfado, y que requieren de nuestro apoyo más allá que generen o no rentabilidad económica a ojos del empresariado, son aquellas cuyo motor político han sido los pueblos organizados. Hace poco se cumplía un año de aquellas jornadas a las que fuimos invitados en Almedinilla que se titulaban “Modelos y formas de gestionar la cultura. Encuentro y debate entre experiencias autogestionadas, asociativas, empresariales municipales y de la administración andaluza”. En el Ecomuseo del Río Caicena aun podemos ver un compromiso con el cuidado, estudio y musealización de un rico patrimonio que avanza desde la prehistoria hasta nuestros días, un modo de musealización que se integra como motor de desarrollo cultural, pero también de las economías locales, y donde tuvimos la oportunidad de compartir un debate con diferentes movimientos sociales del territorio andaluz que luchan por visibilizar la cultura patrimonial de otro modo. Allí estuvieron la Plataforma por un nuevo Plan General de Ordenación Urbana de Jaén, el CSA Rey Heredia de Córdoba, el director del Museo de Priego de Córdoba, representantes de La Fragua, una residencia de artistas en Belalcázar o un representante muy comprometido del Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico. Entre todos debatimos sobre la necesidad de que sean los motores sociales los que se agencien las decisiones sobre qué conservar y cómo, y sobre como activar el cultivo del pasado en la cultura general de cada localidad.

La liberación del pasado se relaciona directamente con la liberación del territorio,  en aquellos espacios donde una lucha política ha arrebatado cotas de poder, la narrativa cambia radicalmente. La memoria está cargada de palabras, sin embargo no son éstas la esencia del recuerdo, la esencia del recuerdo es aquel instante vivido… y esto es lo que nos regalan los paisajes materiales del pasado. A nivel social, éste sería el papel de la historia. Si en una sociedad el historiador, la historiadora tiene alguna utilidad más allá de llenar las bibliotecas de libros, será la de rescatar y ofrecer recuerdos con el objetivo de que éstos puedan llegar y llenar el corazón y la vida de las personas.

Al final del artículo surge una reflexión. Si al comienzo hablamos de cómo los estados soberanos han acaparado la interpretación y gestión del pasado de comunes. ¿Cuál es el sentido del trabajo sobre el pasado sin tener en cuenta la perspectiva del presente?

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