Como es sabido, un déjà vu (“ya visto”) consiste en que una situación nueva se nos presenta como si ya la hubieramos vivido anteriormente. Pero desde luego el déjà vu nunca supone una mera repetición, porque la estricta repetición, en cualquier orden de la experiencia humana, es imposible. Aquello que se repite y es reconocido como “repetido”, como un segundo o enésimo evento de un acontecimiento previo, es, por ello mismo, diferente. Si tú repites mis palabras, no las estás repitiendo sin más: las estás citando, bien sea para ratificarlas, bien para burlarte de ellas. En la vida colectiva acaece algo semejante. Es muy conocida la primera frase de Karl Marx en El 18 Brumario de Luis Bonaparte: “Hegel dice (...) que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa”.
En el caso del déjà vu es frecuente que la experiencia de la repetición se dé como algo en cierta medida irreal, casi fantástico. Quizá por ello se puede conjeturar que los primeros espectadores de cine, ante el filme de Lumière que presentaba (o mejor dicho, re-presentaba) la salida de una fábrica, debieron de experimentar, ante tan insólita recreación de una escena para ellos familiar, algo muy diferente a un sentimiento de verosimilitud, de fidelidad documental. Aquella enorme imagen luminosa, bidimensional y en blanco y negro, vibrando en la oscuridad de la sala, pudo parecerles un tanto Unheimliche, inquietante (Freud utilizó ese adjetivo, sólo parcialmente bien traducido como “siniestro/a”, para analizar esa clase de experiencias en que algo familiar y próximo se hace a la vez extraño y distante), similar a una alucinación. Quizá por ello Jean-Louis Comolli escribió que las obreras de la película de Lumière salen del trabajo “como un coro de bellas durmientes”.
Tengo la impresión (impresión de estilita, necesariamente sesgada por la soledad y por la misantropía) de que casi toda la cultura audiovisual, musical y literaria, al menos desde los años ochenta, tiene algo de déjà vu. Por una parte está el desproporcionado desarrollo de la “industria de la nostalgia” que hace del déjà vu un recurso estratégico: si te sabes la canción de la Abeja Maya necesitas este plan de pensiones; cómprate cada domingo la música de los Beatles, aunque (o precisamente porque) está ya grabada a fuego en tus circunvoluciones cerebrales; te cuento cómo (no) pasó el franquismo por si pertenecías a esa “mayoría silenciosa” que sólo puede reconocer su propio pasado como si fuera el de otro, es decir, en una anodina ficción televisiva, etc.
El desfase, propio del déjà vu, entre vivido y soñado, familiar y extraño, tragedia y farsa, es también el espacio de la tergiversación y hasta de la ignominia cultural. Un ejemplo reciente: Cachitos de hierro y cromo, un programa televisivo que utiliza archivos musicales de TVE, presentaba en su edición del 27 de octubre de 2013 el monográfico "Música de gasolinera". Se trata, según la presentación de su web, de “una road-movie como metáfora al viaje que emprende CACHITOS dentro del archivo de TVE. Casetes, rumba, makineo, greatest hits, la carretera como símbolo de libertad y la reivindicación de un lugar de paso”. ¿Y eso qué e lo que e? -se preguntará el dócil lector/a-. Le responderé con mis menguadas fuerzas intelectuales: es un surfeo apresurado en el que Manolo Escobar, La Polaca, Bambino, Los Chichos, los Chunguitos, Los Calis, Azúcar Moreno, y algunxs artistas más son sometidos a la laminación de una trivialidad que, como no me harto de repetir, es mil veces más dañina que la censura o la mentira. Pues de éstas puede uno desembarazarse mediante la sospecha y el desvelamiento, pero la banalidad es como un fango que nos embute en su propia materia, o por usar una vieja metáfora de los comunicólogos, como un narcótico de masas. ¿Qué latía –y aún podría seguir palpitando, si el rigor o la mera decencia orientaran estas revisiones nostálgicas de la cadena (no) pública- detrás de muchos de esos nombres y de la desatentamente denominada “música de gasolinera”? Pues cuestiones tan importantes para la historia cultural del posfranquismo como la emergencia de toda una cultura proletaria, que podría abordarse desde una mirada compleja como la que ejercieron Dick Hebdige y otros estudiosos de los setenta respecto a las subculturas de la clase obrera inglesa. O como la visibilización, también, de lxs gitanxs en cuanto sujetos que por entonces reclamaban, y en gran medida lograron, una nueva legitimidad cultural. Lo cual debería invitar -saliendo de la atmósfera viciada de la gasolinera, o a lo mejor inspirándola más profundamente- a escuchar en ese mismo plano, por ejemplo, a Lole y Manuel o al Camarón... O como el papel que desempeñaba la cárcel en aquella coyuntura histórica (“libre, libre quiero ser”), en la que por cierto, gracias también a muchxs de estxs artistas, los problemas de la población reclusa, el sistema penitenciario como aparato represivo y disciplinar, y en general el no-lugar simbólico y político de la prisión, no habían desaparecido de la conciencia pública. O como la epidemia de la heroína que arrasaba la vida de los barrios populares y desviaba dramáticamente la energía de muchos de sus jóvenes pobladores hacia la violencia y el suicidio. Trasvasando de paso su potencial político, prácticamente revocado por los consensos de la Transición, no hacia posibles redes o alianzas revolucionarias, sino hacia la red de un mayúsculo Mercado de la droga, ilegal pero tremendamente eficiente, que venía a profetizar y a instaurar las bases formales (la heroína como “mercancía absoluta”, que escribió William Burroughs) del mercado desregulado y terrorista de nuestros días. O, en fin, y por no extenderme más, como la visibilización de “otras” sexualidades, otras por su orientación pero también por su enclave étnico y de clase, como la que podía representar el genial Bambino. Un fenómeno frente al que el despliegue de plumas frívolas y complacientes de “la Movida” sólo expresaba, en la mayoría de los casos, la euforia de una juventud de clase media paya aposentada al fin en el ejercicio de sus derechos intrínsecos.
Frente a un paisaje tan amplio y complejo, los “Cachitos” (ya el nombre se las trae) de RTVE representan el déjà vu teñido por lo Unheimliche freudiano, en efecto, pero en su modo de aparición más siniestro.
En “The Matrix”, el memorable filme de los hermanos Wachowski, presenciamos un déjà vu de Neo, que ve pasar un gato negro por dos veces. Su camarada Trinity interpreta que se ha producido algún fallo en el sistema, porque dentro de “La Matriz” algo ha sido modificado. Eran todavía los años finales del siglo XX. Hoy, los efectos del déjà vu sólo confirman que el sistema funciona perfectamente.
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Gonzalo Abril es el seudónimo literario de Paulino el Estilita, un anacoreta que se mandó mudar a lo alto de una columna después de ver cierta película de Buñuel, de estudiar el Libro de Job y de caer en la cuenta de que llevaba ya mucho tiempo habitando en medio de un desierto, el desierto de lo real. No vive aislado ni atrapado en red social alguna. Se mantiene en contacto con otros hermanos estilitas, como Wenceslas el Severo, su único lector conocido, que frecuentemente discrepa de sus opiniones. Se mantiene también, en el sentido alimenticio, de pura lechuga. Sobra decir que aborrece el mundo del que, por ello mismo, se considera contemporáneo.
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