Saberes
Análisis y propuestas para una transformación democrática
24
Sep
2015
11:25
Zomia: sobre el concepto de Estado-nación (II Parte)
Por Fundación de los Comunes

Zomia

de Antonio Negri
Traducción Fundación de los Comunes
(Viene del anterior post "Concepto de Estado-nación I Parte")

 

Retomemos ahora el análisis de las características de la referencia al Estado-nación, de nuevo en boga. El Estado-nación ha sido un concepto “centrípeto”. En efecto, la nación ofrecía al gobierno, a una función centralizada de mando, un carácter absoluto que garantizaba el paso de los actos de gobierno de la decisión a la ejecución. Kantorowicz lo expresa muy claramente: el gobierno tiene dos cuerpos. El primero es la función real, la soberanía, la nación. Preside la definición del carácter absoluto del poder soberano. Es la monarquía. El segundo vive y muere, es la contingencia y la discontinuidad del gobierno, de la representación política, las pausas y las interrupciones históricas de la vida de los Estados —pero este carácter “mortal” está atravesado por el efecto soberano, que garantiza su inmunidad e impide su decadencia—. Hoy, en el mundo contemporáneo, estos dos cuerpos, estas dos funciones del poder, se han debilitado y tienden, al menos parcialmente, a disolverse.

Ahora bien, si el concepto de Estado-nación desaparece no es simplemente por la transición de una economía internacional a una economía globalizada que se caracteriza por una interconexión financiera a escala planetaria. La decadencia del Estado-nación llega de la mano de otra transición: la que ha llevado del gobierno a la gobernanza —una transición indicativa de la hibridación entre el ámbito público estatal y el ámbito privado del mercado pero ante todo reveladora, entre todos los aspectos del carácter jurídico del mercado, de la dimensión real de los intercambios globales. Esta transformación desafía la unidad de los sistemas de legitimación del Estado-nación y del derecho internacional privado y público; mella, asimismo, su capacidad de gobierno y reinscribe en una escala global las figuras y funciones de los órganos de regulación capitalista.

Cabría preguntarse entonces si, mucho más allá de todas las ideologías e historiografías bendecidas por la propia nación, la génesis y composición de los Estados-nación, su realidad histórica, no deberían remitirse, en vez de a un origen trasformado en telos como forma de realización, a una suerte de “popurrí” constituyente indefinido: a un nudo de encuentros/enfrentamientos entre poblaciones, grupos y formas de gobierno diferentes; a unas dinámicas contradictorias compuestas por fracciones capitalistas, manejos aristocráticos, levantamientos democráticos; a un desarrollo discontinuo de estrategias neomercantilistas, de manipulaciones fiscales y aduaneras, etc. Y además, en el caso de ciertos Estados-nación más periféricos, a las consecuencias y derivas de los movimientos coloniales y de las estrategias imperialistas —así como, sobre todo, a los movimientos poblacionales determinados por aquellos—. Por último, en la actualidad, a los modos de comunicación y de transporte, a la porosidad y plasticidad de las fronteras, etc. Todas las determinaciones, no solo las naturalistas sino también las culturales, del Estado-nación, parecen estar disolviéndose en estos sobresaltos y transformaciones.

A la luz de este breve recorrido por la historia del concepto de Estado-nación, ¿no tenéis la impresión de hallaros, en realidad, ante algo artificial y precario, ante algo más propio de una esfera arcaica? ¿De que, abordada desde el punto de vista de su génesis, nos hallamos ante una cosa relacionada con el azar, la precariedad y la incertidumbre? De que, por último y más allá de esa génesis, cuando se habla del declive del Estado-nación moderno, de los delirios fascistas y de los millones de víctimas de las guerras, la violencia y el odio, el concepto nación se convierte simplemente en el emblema de una historia terrorífica, en la cuasi marca de una inhibición radical? ¿De que el concepto patria tiene a su vez aspectos perversos? No creo que nadie pueda responder serenamente a esta pregunta. Pero si logramos rechazar cum ira et studio el reconocernos en esa identidad también lograremos reconocernos en un mundo diferente. Más adelante cabría discutir sobre las aventuras de esa nueva existencia post-moderna. Pero por el momento, si miramos hacia atrás podemos concluir diciendo a propósito del Estado-nación lo que antaño se dijo a propósito del fin del Imperio romano: si entonces “latifundia detruere imperium” —el latifundio destruyó el imperio—, hoy “los Estados-nación han destruido la soberanía moderna”.

Tratemos de razonar ahora sobre el retorno de la “nacionalidad” —un término que solo es, a mi juicio, el reflejo pálido y nostálgico del sentimiento nacional situado en el terreno ideológico—, de nuevo en la escena actual de los acontecimientos que nos rodean y, sobre todo, de los conflictos entre los protagonistas del orden global. Nos enfrentamos, en mi opinión, a escaladas de egoísmo que buscan dignificarse gracias a la memoria o, por mejor decir, gracias a la nostalgia de la historia nacional. Estos rebrotes han hallado un terreno favorable en la crisis actual de la globalización. A finales del siglo XX, tras la caída del muro de Berlín y con el fin del dualismo histórico entre Oriente y Occidente, la globalización conllevó un importante esfuerzo de reconstrucción de nuevos sistemas jurídicos y políticos de escala planetaria. El fracaso de las élites globales en la construcción de un nuevo orden ha sido, sin embargo, estrepitoso, y hoy nos enfrentamos a sus consecuencias —consecuencias que se ponen de manifiesto en la crisis de los mercados, en la caída de la producción mundial, en las incertidumbres monetarias, en la dificultad de controlar los movimientos financieros...— ¿Quién hubiera sido capaz de prever que las consecuencias del nuevo orden, unánime y felizmente bienvenido tras la caída del Muro, iban a ser de esta naturaleza?

A partir de entonces las relaciones internacionales se han teñido de una peligrosa ausencia de claridad y sus actores han protagonizado una serie de desacuerdos, conflictos e incomprensiones mutuas; nada de esto contribuye a orientarse. A la unidad del orden global —intercambios mercantiles y financieros— le ha sucedido un conjunto de rupturas e intentos de reconfiguración de ese mismo paisaje globalizado, pero ya no a través de los Estados-nación en sí mismos, sino de la relación entre estructuras continentales. Estados Unidos, China, Europa en devenir, América Latina e India —que aún conservan cierta consistencia geopolítica— se corresponden en la crisis con unas bases reguladas por el soft power americano de verdaderos cataclismos políticos. En lo sucesivo, el movimiento de una parte del planeta determinará —positiva o negativamente, según el caso— el de todos los demás elementos del sistema globalizado.

En la crisis del sistema global emerge además, y con enorme violencia, la crisis del proceso de acumulación capitalista y del desarrollo de las instituciones democráticas. A la dimensión macro responde la dimensión micro y viceversa. La geopolítica y las crisis industriales y financieras, las desigualdades crecientes de los sistemas sociales, etc., se pasan unas a otras la pelota de causas y efectos. Podríamos extender infinitamente esta descripción de la dimensión global de la crisis actual, a la vez interna y externa a los Estados. Pero estas primeras características recién señaladas deberían bastar, en mi opinión, para entender la razones por las cuales en muchos países la exigencia de retornar a las políticas nacionales, de volver a situar en el Estado-nación el punto de imputación y de responsabilidad del desarrollo, han regresado con fuerza al primer plano.

Ahora bien, la nostalgia del Estado-nación es inútil además de peligrosa: la dimensión global en la que el capitalismo se ha organizado constituye un marco fijo para el movimiento de todas las instituciones, ya sean estatales o políticas, industriales o financieras. Estas instituciones actúan en el ámbito global y volver a insertarse en un marco nacional sería muy difícil para ellas. Aunque al caos parece determinar su forma, la globalización no tiene vuelta atrás. Por otra parte, las identidades nacionales tienden a reaparecer revestidas de ideologías y de prácticas religiosas y fanáticas. Si antaño fue una religión laica, el patriotismo se ha transformado ahora en idolatría racial o en fanatismo religioso. Si a lo largo de su historia el nacionalismo ha tenido momentos creativos e impulsado la fusión de pueblos y de personas diferentes, si el concepto de nación ha servido en ciertas ocasiones para movilizar pasiones generosas y un noble sentido de la libertad, este concepto adopta hoy una forma muy distinta: está impregnado de rencor porque, en tanto el regreso al pasado es no solo difícil sino a veces imposible, dicha impotencia se proyecta contra adversarios falsos e imaginarios, contra enemigos a quienes se atribuye la causa de las dificultades presentes. El populismo es la forma que adoptan estos sentimientos duros y llenos de odio. Un populismo que no solo amenaza el orden internacional, sino también, y de manera muy evidente, la forma democrática de gobierno. ¿Acaso se pretende transformar la democracia, pero transformarla, reconstruirla, mediante una norma que se considera justa? ¿Cómo olvidar en cualquier caso las desigualdades, las divisiones de clase, las vicisitudes de una norma nacional siempre expuesta a la guerra? En la actualidad, en la medida en que renuncia a la utopía de un orden internacional en la estela de la globalización y a la de un orden democrático en la estela del internacionalismo democrático, la idea de nación nos expone simplemente a una intemperie borrascosa.

Abordemos finalmente un último problema. El capitalismo tardío y globalizado está en crisis: este es un hecho incuestionable del que venimos siendo testigos desde hace varios años. Tampoco cabe dudar de las consecuencias de esta crisis que se prometen duraderas. ¿Cabría concluir entonces que la globalización que ha representado el triunfo del capitalismo podría convertirse asimismo en su enfermedad? ¿En una enfermedad letal? No es posible, a mi juicio, responder en términos tan definitivos y asertivos. Pero lo que sí parece evidente es que la crisis se ha instaurado allí precisamente donde el poder capitalista se había afirmado con mayor determinación, esto es, en ese nivel de abstracción del poder, de distancia respecto a los movimientos ciudadanos que parecía haber convertido al capital global en definitivamente autónomo en su potencia —y fuera del alcance de las posibles resistencias que eventualmente podrían haberse enfrentado a él—. Ahora bien, esa autonomía y consistencia que le son propias se tornan cada vez más pobres: pobres en valores, incapaces de progresar, ciegas respecto al deterioro de las condiciones del desarrollo, insensibles a los impulsos vitales y a las innovaciones cooperativas. Es interesante —y simbólicamente apasionante— poner de manifiesto que la crisis financiera —ligada a los efectos de la organización del orden del capital financiero— se desarrolla esencialmente en el terreno monetario. Sí, precisamente la moneda, esa moneda siempre tan vinculada al imaginario nacional. Pero aún es más interesante constatar, sin duda, que la crisis de cualquier moneda particular responde a un funcionamiento global. No es, por ende, posible, en ningún caso, esconderse detrás de la moneda nacional propia para protegerse de la crisis. O solo es posible a riesgo de desencadenar, pura y simplemente, la catástrofe.

Mi conclusión es, por lo tanto, que la globalización es un destino inexorable. Y que la única vía de salvación, la que nos permitiría ser asimismo libres, sería, sin duda, la de un éxodo democrático fuera del Estado-nación. ¿Qué significa esto? Pues significa que si nos importa todo aquello que en la nación cabe considerar como positivo y creativo, si nos importan su lengua y su literatura —en caso de tener una propia—, o su memoria y su imaginación —si estas valen la pena— o sus paisajes, el olor de su tierra y sus relieves, que suelen ser las cosas que más estimamos—, si nos importa todo esto, y tantas otras cosas más, habrá que renunciar a convertir la nación en un Estado. ¿Y cómo cabría hacer tal cosa? No lo sé.

Sin embargo estos últimos días he tenido entre mis manos el libro de un antropólogo de la Universidad de Yale, James C. Scott, un libro reciente titulado Zomia. The art of not being Governed. “Zomia” es el término empleado por James C. Scott para designar un conjunto de territorios que se alza a una altitud superior a los 300 metros, atraviesa 5 países (Vietnam, Camboya, Laos, Tailandia y Birmania) y cinco provincias chinas, y se extiende desde los altos valles de Vietnam hasta las regiones del noreste de la India. Hablamos de casi 100 millones de personas pertenecientes a unas minorías étnicas y lingüísticas de una diversidad absolutamente asombrosa. Pues bien: aunque así les gustaría considerarlas a los segmentos de Estados-nación que las rozan de forma marginal, estas poblaciones no son una suerte de multitudes que no habrían llegado a convertirse en pueblos. Son multitudes, sí, pero multitudes que huyeron de esa posibilidad, que se sustrajeron a las diferentes formas de opresión que se les ofrecían. La construcción de un Estado-nación en los valles del territorio de Zomia significaba esclavitud, conscripción —esto es, servicio militar obligatorio—, impuestos, epidemias, guerras. En Zomia huyeron de todo esto. ¿Acaso la crisis del Estado-nación nos está ofreciendo, a nosotros, como única vía de salvación, esa misma fuga que escogieron algunas poblaciones precisamente en el momento en que nacían los Estados-nación? Quizá esta no sea la mejor solución o no, al menos, bajo esta forma. Pero nosotros no somos los responsables de los problemas que hemos de afrontar. Y cuando estos problemas se plantean es necesario ir probando para tratar de inventar.
No es cuestión, por lo tanto, de volver al pasado, sino de abrir un nuevo proceso de experimentación.

comentarios

0

Fundación de los Comunes

La Fundación de los Comunes es un laboratorio de ideas que produce pensamiento crítico desde los movimientos sociales como herramienta de intervención política. Somos una red de grupos de investigación, edición, formación, espacios sociales y librerías al servicio de la revolución democrática. Desde el común para el común. (Las opiniones vertidas aquí son responsabilidad de los autores que firman los artículos.)

Puedes encontrarnos en:

Tw: @fundacomunes
Fb: FundacionDeLosComunes

Tienda El Salto