Saberes
Análisis y propuestas para una transformación democrática
14
Oct
2015
12:46
¿Y ahora qué? De la presentación de Municipalia a la victoria de Ahora Madrid, en busca del movimiento municipalista
Por Fundación de los Comunes

 

Foto de Rodrigo Mena Ruiz, durante la lucha de los vecinos/as de Gamonal
 

Marisa Pérez Colina @Alfanhuisa
Participante de Ganemos y Ahora Madrid

Breve repaso genealógico

Municipalia se presenta en junio de 2014, como una propuesta abierta a la ciudadanía para democratizar la ciudad de Madrid. Advertencia: formar una candidatura de confluencia pero no entre partidos, sino entre personas, organizadas o no. Lema: la democracia empieza por lo cercano. Objetivo: construir otro modelo de ciudad que, impulsado por un movimiento municipalista, fuera capaz de devolver la capacidad de decisión a las personas que la habitan. En otras palabras, un movimiento que diera recursos, prácticas, espacio y fuelle a nuestra potencial capacidad de autogobierno.

A partir de aquel momento inaugural, esta iniciativa cambia de nombre (Ganemos) y de composición (Ahora Madrid, es decir, Ganemos en confluencia con Podemos) en una carrera de fondo dirigida a ganar las elecciones municipales. Aunque este no fuera su objetivo estratégico —pero sí táctico—, la iniciativa se convierte desde entonces en un dispositivo electoral: para organizar, de entrada, las primarias de Ahora Madrid, para ganar, después, las elecciones en la ciudad, para llevar a cabo, por último —y por fin— las elecciones a vocalías vecinas, que tuvieron lugar los días 26 y 27 del pasado mes de septiembre.

Con 20 concejales/as en el Ayuntamiento madrileño y 189 vocalías vecinales distribuidas por los 21 distritos de la ciudad el objetivo de asaltar las instituciones parece haberse alcanzado en un tiempo récord, al menos en esta escala municipal.
 

¿Y ahora qué?

Durante las votaciones a vocalías vecinas de Ahora Madrid, una vecina que se pasó a votar por una de las mesas de la zona Centro, preguntó, tras echar su papeleta: «¿Y ahora qué?». Y una de las personas del comité electoral le respondió muy amablemente que los resultados se publicarían en la página WEB de Ahora Madrid. Pero la mujer insistió: «No, si no pregunto por los resultados. Digo que qué hacemos ahora para que las cosas cambien». La señora preguntaba con lucidez más que certera por el ahora qué del movimiento municipalista, por la concreción de los planes de democratización radical de esta fuerza política. Una pregunta a la que, en palabras de un viejo compañero —que suscribo plenamente— cabría responder con un contundente: ahora lo que toca es pasar a la oposición.

En otras palabras, tras 15 meses dedicados a una hoja de ruta centrada en lo electoral, volvemos a situarnos en la casilla de salida para recuperar y poner en marcha el programa inicial: el movimiento municipalista. De cómo hacer movimiento y contrapoder, así como del tipo y cualidades de una organización política capaz de sostener este propósito, se habló largo y tendido en unas jornadas de debate organizadas recientemente por Ganemos. Los debates de estas jornadas giraron asimismo en torno a las formas de nueva institucionalidad que las candidaturas municipalistas ahora en cabeza u oposición de muchos ayuntamientos del Estado español están proponiendo y experimentando.

Fruto de estas más que nutritivas discusiones —aún en proceso de digestión— son estas intuiciones que quería compartir aquí por si sirven en el desafío de democratización radical aún por aterrizar.
 

Soledades y redefiniciones necesarias del adentro/afuera en relación a la institución

Del terremoto de los procesos electorales nadie ha salido indemne. El reto de tomar el poder, y la inteligencia colectiva de haberlo logrado en muchos importantes municipios de este país, ha supuesto un trastoque profundo en las iniciativas que lo asumieron. Ahora muchos compañeros/as están en la institución, muchas otras seguimos «del otro lado». El adentro/afuera de la institución, que antes marcaba una ruptura o distancia insalvable entre unos partidos preocupados por sus propios intereseses de reproducción y una ciudadanía cuyas necesidades de bienestar no se veían representadas —por decirlo suave—, se traza ahora entre personas que comparten un mismo fin: apropiarse de las instituciones para devolverlas a la gente. En las jornadas de debate de Ganemos se expresaron soledades, se señalaron procesos de vaciamiento. Soledad en la institución, donde una concejala decía echar en falta una contraparte ciudadana que le permitiera llevar a cabo aquello del mandar obedeciendo. Vaciamiento en el movimiento, donde la gente organizada echaba en falta cabezas y manos, ahora de lleno en la masa de la institución. Sin embargo, ambas carencias son, a mi juicio, las dos caras de un mismo problema: la concreción del proyecto municipalista. Hablar de vaciamiento de las organizaciones municipalistas es más que una exageración si pensamos en el número real de personas de movimiento que están en la institución. Lo que hay, en mi opinión, no es tanto un vaciamiento de personas como un vacío de proyecto. Y aunque en tiempos de horror vacui este término pueda sonar negativo, el vacío es, como todos hemos experimentado alguna vez, la oportunidad de que lo nuevo tenga lugar. Porque el vacío indica que está todo, o casi todo, por experimentar. ¿O acaso hemos experimentado alguna vez la posibilidad de autogobernarnos a escala municipal?
 

La tensión gestión-contrapoder

Otra de las contradicciones planteadas en las jornadas de debate de Ganemos fue la relativa a las responsabilidades de «gobierno». Tanto desde las fuerzas municipalistas que ocupan posiciones de gobierno como desde las que ejercen de oposición —aunque evidentemente con mayor presión en las primeras— se manifestó la necesidad de demostrar que podemos gestionar mejor que las fuerzas políticas anteriores y que debemos demostrarlo a fin de mantener las posiciones de poder alcanzadas y de continuar, en consecuencia, con el proyecto de transformación. Ahora bien, ¿qué es lo único que puede proporcionar las herramientas de apoyo necesarias así como la posibilidad no solo ya de mantener, sino sobre todo de aumentar, esas posiciones de poder? ¿Qué es lo que daría el suficiente músculo para escalarlas a otros niveles institucionales? A mi juicio, el impulso de un contrapoder fuerte, capaz no solo de respaldar las medidas políticas más transformadoras lanzadas desde la institución, sino de impulsarlas desde su afuera. En la institución, se dijo durante los debates, todo parece estar hecho para bloquear las posibilidades de actuar: tiempos, normas, rituales, protocolos burocráticos. Pero la calle nunca tendrá esas trabas, por mucha mordaza que se pretenda imponer. Así, frente a la trampa de un poder estrechamente entendido como «mejor gobierno», el desafío de empoderar un movimiento ofrece el reto de organizarnos en torno a los conflictos reales que despierten la capacidad de autoorganizarse en torno a demandas, deseos y necesidades concretos. Organizarse para bloquear la continuidad de políticas de recortes, de desahucios, de fronteras. Organizarse, también, para impulsar nuevas realidades, nuevos derechos: estatuto de los centros sociales autogestionados, derecho a la ciudad y a sus recursos para todas las personas que la habitan independientemente de su género, su situación administrativa, sus capacidades funcionales, sus opciones sexuales, etc... y, sobre todo, su renta.
 

Autogobierno de la ciudad: nuevas prácticas más allá de los procedimientos

Si apropiarse de las instituiciones es devolver la capacidad de decidir a la gente, las candidaturas municipalistas deberían, como poco, no frenar y, de forma más arrojada, potenciar las iniciativas, proyectos y espacios de autogobierno. En palabras de Jefferson1:
 

Ahí donde cada hombre tome parte en la dirección de su república de distrito, o de algunas de las de nivel superior, y sienta que es paricipe del gobierno de las cosas no solamente un día de elcciones al año, sino cada día; cuando no haya ni un hombre en el Estado que no sea un miembro de sus consejos, mayores o menores, antes se dejará arrancar el corazón del cuerpo que dejarse arrebatar el poder por un César o un Bonaparte.
 

Nuestro reto consiste entonces en dar cuerpo a esa práctica de participación que nos transforme, que nos haga pasar del no nos representan al nos representamos nosotros mismos, nosotras mismas. Los métodos son fundamentales: las herramientas tecnológicas, por ejemplo, se revelan imprescindibles para articular procesos de toma de decisiones sobre cuestiones relevantes para la ciudadanía. Pero la participación no puede reducirse a un proceso de consultas. Lo primero, porque cuando la institución pregunta, también decide el qué, el cuándo y el cómo pregunta. Lo segundo, porque las consultas se dirigen a una ciudadanía supuestamente neutra, compuesta de individuas e individuos con la misma capacidad de responder. Y la ciudadanía es, sobre todo, un conjunto de grupos atravesados por miles de relaciones de poder (de género, de clase, de origen étnico, de edad, etc...). Por eso la participación ha de ser, sobre todo, capacidad de decisión. Esto es, gentes organizadas en torno a malestares, necesidades o deseos comunes. Esto es, organizarse desde el conflicto: buscar la manera de resolver una cuestión entre la gente afectada por ella. Una cuestión que pueden percibirse en un principio como un problema particular —me han desahuciado, me han negado el acceso a la atención sanitaria, me han echado del curro porque estoy embarazada— pero que, al juntarse con otros, una analiza como colectiva —economía basada en la burbuja inmobiliaria, sanidad para asegurados en vez de universal, patriarcado estrutural— y es capaz, desde la fuerza y los distintos saberes puestos en común, de salir de la victimización para pasar a la politización.

Ahora bien, para que esta posibilidad de autogobierno se generalice como capacidad potencial de todos y todas, nos hace falta una organización capaz de generar recursos y espacios de agregación y acogimiento de iniciativas. Capaz de desarrollar espacios de formación y discusión imprescindibles para una democracia real: porque la participación solo puede ser formada, informada y articulada colectivamente. Capaz de articular batallas dispersas. Capaz de tejer vínculos con todo tipo de peleas existentes y por venir. Una organización que nos sirva, al menos, para desempeñar las siete funciones listadas enumeradas por un compañero de Marea Atlántica:

1. Pensar en común
2. Trazar estrategias
3. Vigilar, controlar y hacer rendir cuentas a la candidaturas municipalistas
4. Construir confluencia desde abajo
5. Formar
6. Transferir recursos y músculo al movimiento
7. Potenciar la organización del «afuera»

1. Palabras recogidas por Michael Hardt en su introducción al libro Thomas Jefferson. La declaración de independencia, Madrid, Akal, 2007, p. 24. Palabras que, siempre entendiendo lo de ningún hombre como ningún ser humano, no dejan de emocionarme siempre que las leo.

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