Saberes
Análisis y propuestas para una transformación democrática
27
Oct
2015
10:59
El sindicalismo social de la PAH y el problema de la verticalidad de las luchas
Por Fundación de los Comunes

Acción de protesta de la PAH. Foto de Hugo Hernández

 

Lotta Meri Pirita Tenhunen @sydansalama
Raúl Sánchez Cedillo @Sanchez Cedillo

 

 

Artículo escrito por encargo de EuroNomade tras el encuentro EuroPassignano de septiembre 2014.

 

Con los resultados de las elecciones municipales del 24 de mayo de 2015, el 24M, se cerró en España –y en Europa, desde donde oímos inmediatamente el eco de la alegría de las otras fuerzas contra la austeridad– una nueva etapa histórica de la tentativamente llamada nueva política. Si la primera fue la gran explosión imprevista de Podemos, su ascenso veloz en y tras las europeas del año pasado, esta vez seguramente se trata de una cuyo valor diferenciador es el proceso largo de experimentación política: la pluralidad y radicalidad democrática que acuñan el éxito municipal. Esta pequeña victoria no tan pequeña es un golpe mortal al bipartidismo español, pero no solo eso. También se presenta como una pregunta abierta hacia el proceso constituyente en curso, ya que plantea un claro desafío en relación a la construcción de una “autonomía de lo político” por parte de Podemos, cuyos resultados en las elecciones a los parlamentos autonómicos no estuvieron a la altura de las expectativas, ni de las pretensiones de la actual dirección de Podemos.

Dicho esto, en el plano electoral los resultados municipales de la nueva política son frágiles. Ninguna capital de provincia se ha ganado por mayoría absoluta. En el sentido territorial estatal hay mucha disparidad cuantitativa entre los municipios, y desde luego la falta de coordinación en red entre los mismos dificulta cualquier estrategia compartida. La urgencia de una confluencia hacia las elecciones generales del otoño conlleva el reto de situar las coyunturas municipales en el mismo plano para potenciar la acción en red de los nuevos Ayuntamientos rebeldes.

En el sentido temporal se da, pues, un dilema sobre la continuidad del proceso y la forma de organización más allá de las elecciones. El primer ataque de la derecha en la capital, un 15M inverso, un verdadero Blitzkrieg mediático contra Ahora Madrid, pone de manifiesto dos cosas de cierta importancia: la brecha entre el tiempo de la política representativa contra el tiempo de los movimientos y la falta de una red de organización territorial capaz de defender un gobierno imposible. E imposible será, creemos, por si solo, sin contar con un ensamblaje más amplio que el de las propias plataformas de confluencia. El “mandar obedeciendo” zapatista, un lema repetido en estos meses, se convierte inmediatamente en una frase vacía si cesa la existencia del sujeto al que tienen que obedecer los agentes del asalto institucional: el poder constituyente. Puede sin duda convertirse en el lema elegido por la nueva alcaldesa madrileña, la ex-jueza Manuela Carmena, el “gobernar escuchando”, pero si escuchar no implica comprometerse, se rompe el nexo principal del ensamblaje subversivo, se rompe el proceso constituyente y se vuelve al plano de una regeneración de las élites.

¿Qué hacer, pues, para que esto no pase? ¿Cómo garantizar la continuidad del movimiento y por ende la salud democrática de la nueva política? Esta se gesta en la denuncia del 15M de la crisis de la representación y a partir de ahí empuja hacia la creación de otras estructuras de organización para las grandes mayorías, distintas del Estado nación y de la forma partido. No obstante, está por definir e inventar en su mayor parte. Cuando el incipiente movimiento municipalista entra en el tablero de juego del Estado y asume la forma partido, no hay manera de seguir avanzando en la creación de la nueva política sin las luchas vivas de la ciudad. Con ellas tendrán que renovar continuamente sus mandatos los nuevos ayuntamientos – y aspirar a destruir toda relación de representación para crear una relación de delegación desde abajo, abriendo así hacia la radicalización democrática, evitando a toda costa la pérdida de la agencia de los movimientos sociales y de la ciudadanía politizada en el 15M. Se trata, pues, de construir una estructura viva y procesual de verticalidad democrática que pueda ser habitada por el ecosistema social y político de los años posteriores a la revuelta 15M. Más allá de los dispositivos de revocabilidad, esto requiere una rigurosa profundización en las relaciones constituyentes encaminada a dar primacía, frente a los expertos políticos y económicos, a la voz de los y las afectadas por la gran variedad de los programas neoliberales. La Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) es el ejemplo actual más potente de una producción incansable de modos de enunciación desde y sobre aquella realidad, y un nido de construcción de poder de los y las de abajo. Creemos que la coyuntura llama a todos los nuevos Ayuntamientos a dotarle del máximo protagonismo, fortaleciendo de esta suerte las relaciones de contrapoder capaces de garantizar la reproducción del poder constituyente y la radicalidad de la nueva verticalidad.

Esto es lo que nos anima a escribir desde un paradero momentáneo del asalto institucional mientras caen las injurias del viejo régimen sobre Ahora Madrid. En la PAH es palpable el ánimo de seguir empujando y desde los primeros días se ve un fuerte deseo de tener un rol fundamental en el proceso. Compartimos estas notas sobre la actual situación considerando la PAH como un componente fundamental ante el reto de mantener abierta la ruptura, ofreciendo algunos prototipos creados en el despliegue de su trabajo con la esperanza de que sean útiles, hoy o mañana, en las luchas extendidas por todo el continente europeo y más allá.

 

Preliminares sobre el sindicalismo social

No obstante, antes de abordar el caso de la PAH, conviene hacer algunas consideraciones generales sobre el sindicalismo social a partir de las experiencias desarrolladas en España en la presente década.

En primer lugar, si nos aproximamos al sindicalismo social como a una extensión o un dominio ampliado respecto al sindicalismo del contrato de trabajo, o en todo caso como un ámbito diferenciado, tenemos que constatar que en el caso español la reforma laboral de febrero de 2012, primer acto legislativo importante del gobierno de Mariano Rajoy, asocia las políticas de austeridad a un estado de excepción en las relaciones laborales que pone fin a los contrapoderes jurídicos de defensa de la fuerza de trabajo, inscritos en el Estatuto de los trabajadores de 1980/1985, en cuestiones como la negociación colectiva o el despido libre1. El sindicalismo confederal de Estado, representado por Comisiones Obreras (CCOO) y la Unión General de Trabajadores (UGT) y estructuralmente dependiente de las ayudas discrecionales de los gobiernos, ha visto así el fin de su parábola histórica. Hay una fuerte resonancia entre esta reforma del Estatuto de los trabajadores y la reforma del artículo 135 de la Constitucional española, que fija constitucionalmente el techo de endeudamiento público conforme a las indicaciones del Pacto fiscal europeo, llevada a cabo por el aún gobernante PSOE y el PP y con urgencia y alevosía en agosto de 2011. Si pensamos en la PAH como en la figura central del sindicalismo social, vemos que esa situación de completa vulnerabilidad ha sido una situación de partida, empezando por las características del derecho hipotecario español, que establecen la devolución completa de la deuda hipotecaria más los intereses de demora y no reconocen la dación en pago del inmueble.

De esta suerte, costaría mucho entender la potencia desplegada por la PAH en estos años si nos atenemos únicamente a las condiciones jurídicas negativas en las que se ha movido la situación de las personas desahuciadas. Solo podemos entenderlo si partimos de que tanto la PAH como el sindicalismo social en tanto que prototipo presuponen una acumulación ontológica de subjetividad inscrita en la ecología de los procesos de la metrópolis. Dicho de otra manera, aunque la trayectoria de la PAH comienza unos años antes, solo cabe entenderla a partir de su sinergia y su hibridación con los modos de hacer del 15M.

Si quisiéramos generalizar, habría que afirmar que el sindicalismo social consiste en el «aprovechamiento» de lo que, sirviéndonos de las categorías de Pigou, podríamos llamar las externalidades positivas de la producción del común: condiciones y dispositivos afectivos y emotivos; invenciones lingüísticas; prácticas y máquinas tecnopolíticas. Pero no se trata de un aprovechamiento cualquiera, esto es, es preciso cualificar ética y ontológicamente esa acción colectiva. Tal vez se entienda mejor si afirmamos que el sindicalismo social no es una mera agencia de afectados por políticas públicas o actores privados, sino que presupone una dimensión laboral genérica (explotada) de la ciudadanía, entendiendo esta con arreglo a una determinación abierta y ambivalente entre la abstracción cerrada de la definición del individualismo posesivo y la caracterización histórica y política de la misma en función de las luchas democráticas que la redefinen en un campo de tensores éticos y políticos.

En su práctica, y este es un rasgo distintivo respecto al sindicalismo del contrato de trabajo, el sindicalismo social recompone la fuerza de trabajo «desde fuera» del mundo de la empresa o, dicho de otra manera, «desde dentro» de la cooperación social extralaboral. En este sentido, el sindicalismo social parte de los procesos de producción de subjetividad (de clase y empoderamiento de los subalternos) como un previo y no como un resultado final.

 

La capacidad de afectar y ser afectados como figura original de la hegemonía social y política

Para que puedan proliferar procesos de este tipo, nos aconseja Montserrat Galcerán, una de las recién electas concejalas madrileñas y compañera de la Fundación de los Comunes, tienen que primar “el cuidado de la diversidad, la búsqueda activa del consenso y la identificación de los disensos para que puedan trabajarse y resolverse”. Galcerán describe a Ganemos, la plataforma de confluencia de base que luego acepta ir a las municipales junto a Podemos, como un “conjunto de dispositivos en red, organizados en torno a grupos de trabajo y plenarios”, donde “la coordinadora está integrada por delegados de los diferentes grupos de trabajo pero sus sesiones son abiertas”. Esto permite la apertura, permite que “la capacidad de decisión circula de un modo mucho más horizontal y no se concentra en una cúpula cuyas decisiones sean vinculantes.” Así se crea una nueva institucionalidad que merezca ser parte del nombre de una revolución democrática: un proceso de un devenir revolucionario de la sociedad. Un llamamiento a tomar de las riendas de la propia vida junto a otros, con el objetivo de ganar la libertad de decidirlo todo. En el camino hacia las elecciones generales de diciembre de este año es de una importancia fundamental que estos procesos de empoderamiento se intensifiquen y amplíen, sin temer al conflicto, sino habitándolo. El miedo a la apertura entrega las armas del pensamiento colectivo y novedoso al enemigo, hace cesar la búsqueda de un compromiso extendido con lo colectivo. Así no pueden borrarse las huellas que marcan el cuerpo del individuo–consumidor aislado, sin cuya mutación no se puede avanzar. No es posible ni empezar a ganar sin que los procesos cuenten con este plano de producción de subjetividad.

En la misma línea, la PAH tampoco sería posible si no fuera por un proceso continuo de revuelta subjetiva experimentada y promovida por las decenas de miles de personas que han pasado por sus asambleas. Fundamentalmente, se trata de un espacio donde se trabaja para crear confianza en nosotros mismos y en los demás, siendo la confianza una de las cualidades humanas gracias a cuya destrucción se mueven las cadenas de la fábrica del hombre endeudado descrito por Maurizio Lazzarato. También es un espacio donde el pensamiento no es sólo representativo, sino también afectivo, como hemos aprendido de Spinoza. Un espacio para la tentativa de mitigar las pasiones tristes, pero no reprimiéndolas, sino dejándolas salir. La primera pequeña victoria consiste, pues, en abordar el reto de ponerlas en común para caminar juntos hacia la construcción de otras más alegres. En este camino se encuentra en práctica el significado del conatus spinoziano, “lo que da fuerza para existir y perseverar en el deseo para seguir”, como dice Verónica Gago. Porque, ¿qué otra cosa es la PAH sino una continua variación sobre el tema de “emprender, arreglárselas, salvarse, salir adelante, sobrevivir, progresar y, para todo ello, conquistar espacios y tiempos en condiciones de expulsión y desposesión”? La micropolítica de los afectos de la PAH apoya y expande la capacidad del conatus como el motor de una economía popular, donde las estrategias vitales de cada persona y familia escapan de lo estrictamente individual: aporta un proceso de aprendizaje sobre lo común que multiplica la capacidad de acción de sus miembros. Para que esto sea posible, primero hay que aceptar un punto de partida no solo de pluralidad, sino también de desigualdad en los recursos de todo tipo, desde los materiales hasta los que conciernen a la toma de palabra y la visibilidad en el espacio. Partiendo de ahí se empiezan a plantear nuevos marcos de lo visible, lo enunciable y lo factible para desplazar el equilibrio de los posibles y la distribución de las capacidades. El éxito de este intento depende de que sea la acción misma y no sus efectos futuros que transforme.

La principal herramienta de la transformación en la PAH es el asesoramiento colectivo. Ahí es donde se aprende a poner en común los saberes cotidianos para construir conocimiento situado frente a los discursos expertos y para dar lugar al empoderamiento. Aquí el objetivo emancipatorio del desarrollo de las capacidades de cualquiera depende completamente de la capacidad colectiva del grupo de 1) partir de la diferencia para 2) construir y reconstruir un principio mínimo, siempre pragmático, de apoyo mutuo. Así se aprende la virtud democrática de ponerse en la piel del otro. Y mientras es fácil ver cómo hay líneas repetidas de aprendizaje que surgen de la combinación potente de la desobediencia civil pacífica por un lado, y de las prácticas afectivas de cuidados inclusivos por otro, sería simplificador afirmar que en la PAH los activistas aprenden de los afectados y viceversa. Se trata de una colaboración entre singularidades múltiples: la heterogeneidad de la composición abre camino al pluralismo, enseña algo para cada cual, pero principalmente enseña a todos la negociación de las identidades adquiridas (sean éstas políticas o sociales), sensibilidad micropolítica, pérdida de miedo frente a lo diferente y trabajo desde/en el conflicto. Y así de paso se van creando prototipos de acción colectiva imprescindibles para la organización política en las condiciones de la hipersegmentación neoliberal.

El asesoramiento colectivo está siempre al borde del caos. Siempre está a puntito de dejar de funcionar por la multiplicidad desbordante, y siempre necesita ser rescatada por sus integrantes para cada momento específico. Es un espacio fluído donde se empieza siempre de alguna manera desde una cacofonía y se termina con una imposibilidad de cualquier síntesis definitiva. A veces, es cierto, este fluidez del espacio principal de la acción colectiva deja en la penumbra el debate estratégico a medio y largo plazo. Son los congresos estatales, realizados cada cuatro meses, los que ofrecen la mínima oportunidad de verse entre los nodos de la extensa red de más de 230 plataformas. Aquí cabe, pues, insistir en el hacer tecnopolítico de la PAH como algo imprescindible para la continuidad mínima del debate estratégico, de la toma de decisiones no presencial, y en las campañas de presión virales y a pie de calle coordinadas en red. También hay un lado positivo en la fluidez del espacio principal presencial: la bajísima cantidad de conflictos ideológicos dentro del movimiento. A la luz de la experiencia de la PAH no es difícil confirmar la hipótesis sobre la era de la “posthegemonía”, tratada ampliamente por Jon Beasley-Murray en su reciente libro sobre las luchas en América del Sur. Ya sabemos, y por eso poca tolerancia respiran las asambleas de la PAH hacia discursos sobre “anticapitalismo” o la “lucha de clases” – no precisamente por no estar de acuerdo con lo que vienen a decir, sino por priorizar, inteligentemente, la construcción discursiva desde la práctica. Y porque (aunque a algunos se nos dé a veces pensar sobre alguna hipótesis de una clase endeudada) rechazar los viejos nombres de la lucha de clases es la única manera de dar a luz los nuevos.

 

Sindicalismo para el siglo XXI

En una reciente entrevista con Pablo Iglesias en su programa Otra vuelta de Tuerka, Antonio Negri subrayó que las nuevas fuerzas institucionales como Syriza y Podemos “no son simplemente potentes en el nivel político como defensa de la democracia y de los derechos sociales, sino que pueden llegar a serlo también en el terreno productivo”, insistiendo en que estaba “absolutamente convencido de que este empoderamiento no es simplemente democrático, sino también productivo”. Que así sea, depende en buena medida de que estas se mantengan como estructuras abiertas y dotadas de un mandato de base fuerte, revocable, y en continua renovación. Desde luego, las condiciones de la productividad (política y productiva) a día de hoy no pueden ser entendidas desde arriba, sino desde la realidad compleja de las distintas formas de vida y de lucha de los precarizados, endeudados y excluidos de los derechos de los pactos sociales del siglo anterior. Por lo tanto, el empoderamiento productivo depende de la construcción de una institucionalidad de base que acompañe y enseñe el camino a las fuerzas del asalto institucional: una institucionalidad que haga las veces de 1) un sindicato social formado en torno a un bien material o el acceso a y calidad de un servicio entendido como derecho y 2) una comunidad que desafía el valor de cambio para basarse en el valor de uso.

Durante los últimos cuatro años resultó que el 15M, o mejor dicho lo que iba quedando del mismo en nombres y autonominaciones, se agarró al principio de la horizontalidad y sufrió el destino del hermano mayor de La fábula de los tres hermanos. Su mirada fijada en el paso perfecto le dobló el cuello y, al no ver hacia dónde se encaminaba, terminó tragado por la confusión, pasando sus días desorientado y frustrado. Esto no ha sucedido, por suerte e inteligencia colectiva, con los movimientos que adoptaron una experimentación en el terreno de un nuevo tipo de sindicalismo social, principalmente caracterizado por dos elementos:

  1. la transversalidad de su composición y por ende del terreno de su lucha, muy visible en las Mareas blanca y verde, en las que se comprometieron a luchar juntos los usuarios y los profesionales del sector, y en la PAH a partir del 15M, que abre el movimiento a todo tipo de problemáticas de vivienda, buscando nexos de causalidad entre el endeudamiento público masivo con la lucha inicial de los hipotecados,
     
  2. la pragmática popular2, acompañada de la aspiración de tener un peso enunciativo pleno en la esfera pública, es decir, de desafiar la división de lo social y lo político, rechazando a su vez la representación-delegación por parte de las nuevas formaciones electorales como Podemos y las distintas plataformas municipalistas.
     

Estos dos elementos son fundamentales, por un lado, para luchar contra la hipersegmentación neoliberal y la impotencia inducida por ésta y, por otro, para no quedarse de brazos cruzados tras algunas victorias electorales parciales de las nuevas fuerzas, sino para seguir empujando, desde abajo y hacia adelante, en pos de la creación de nuevas formas políticas para las mayorías. Este ha sido el legado de la PAH desde su inicio, pero es de destacar lo mucho que se benefició del estallido 15M. Solo a través de este levantamiento se convierte en un movimiento plural, múltiple, potenciado por su crecimiento continuo, a la vez que demostradamente capaz de autoregularse con pautas comunes a nivel estatal. Se convierte en referente internacional por su eficacia en la paralización de los desahucios a través de la negociación judicial y la resistencia pacífica, en la conquista de condonaciones de la deuda y alquileres sociales, en impedir cortes de suministros básicos. Y mientras tanto promueve campañas de legislación desde abajo, señala a los culpables políticos del rescate a la banca y el consecuente expolio, desarrolla propuestas y modelos concretos para la regeneración y ampliación del derecho a una vivienda digna. Esta cantidad de actividades llevadas a cabo todos los días no sería posible sin una implicación fuerte de sus integrantes, y una cierta entrega a la acción colectiva, podríamos decir: sin hacer de la PAH la comunidad referente para sus participantes, fortalecida por la convivencia de algunos de sus miembros en los edificios recuperados por el movimiento. En fin, se trata de una máquina de acción colectiva en expansión, bastante semejante a un sindicato de los tiempos anteriores a su declive como espacio de organización real de los trabajadores, pero que se presenta ahora como una máquina para la experimentación en el terreno de la organización de la reproducción y producción libre de la multitud.

Aunque el tema del trabajo es aparentemente externo a la PAH, vuelve a surgir en su seno una y otra vez conforme a la situación real de precariedad generalizada. No se trata de un movimiento laboral y por lo tanto es ajeno al formato de los “sindicatos comunitarios”, cuya base es la colaboración entre sindicatos laborales y movimientos sociales.3 Sin embargo, el tema atraviesa la composición del movimiento de una manera subterránea, poco ruidosa, mantenida hasta ahora al margen de las asambleas, en el terreno de lo informal. Están por darse los procesos de articulación de la relación entre la casa por la que se lucha y el trabajo que no hay, pero hay murmullos. Muchas veces, tras las asambleas, se comentan las últimas noticias de cada uno. A alguien le han dado dos meses de curro, a otra le han echado ilegalmente, un tercero ha abierto una suerte de negocio en la calle, etcétera. Se consulta y se aconseja en Telegram sobre los temas laborales; se comparten las típicas experiencias de los contratos cero que dejan pendientes de la llamada del empleador; se echa una mano para el autoempleo de muchos tipos, como pueden ser las clases particulares en las casas de la Obra Social; estallan cabreos colectivos cuando después del periodo de prueba no remunerado nunca vuelven a llamar para el emeplo recién encontrado; se debaten los contratos ilegales; vender mercancías sin permiso en la calle; la espera de los freelancers a que llegue un encargo... Pocos cotizan y la mayoría ingresa lo que necesita de un mes para otro. De esta suerte, el acceso a una casa con un precio bajo (de alquiler social) o gratuita (por tratarse de una vivienda recuperada aún por negociar) se convierte en la base fundamental, no solo de la reproducción, sino también de la producción informal. Ofrece el marco mínimo para formas variadas de subsistencia y hace ver la medida en la que la reproducción y la producción se solapan en las condiciones actuales.

Claro está que abordar esto en el ámbito del movimiento supone el reto de un salto cuantitativo, porque abrir y mantener un nuevo frentes de lucha no sale gratis. Las tentativas de abordar el tema de la renta básica universal han sido debatidas en los últimos congresos estatales pero sigue faltando fuerza y tal vez también voluntad. Sin embargo, este año vimos el primer acercamiento público entre las luchas del precariado laboral, en este caso de los precarios de Movistar, y la PAH de Barcelona. Los de Movistar vestidos de sus camisetas turquesas fueron alegremente saludados por la horda verde de la PAH en la sede ocupada de la telefónica. Las dos luchas comparten, sin duda, muchas experiencias afectivas y “carnales”: los cambios en la relación mantenida con el tiempo (los horarios impuestos por el patrón o por el acreedor), la falta de confianza en nosotros mismos y en los demás (la competencia entre los empleados o el self-made man culpabilizado), y otros trastornos de la subjetividad agradecida-endeudada. Más allá del claro reconocimiento mutuo en la estética o en las tácticas de ocupación de la sede del adversario, se abre una búsqueda de los puntos comunes en la hipersegmentación neoliberal. Ambos movimientos basan sus estrategias en convertir la vida explotada en su totalidad en una molestia para quien la explota, para que sea un grito, en carne viva, por una vida digna.

“La vida digna” como el principio conductor de la lucha “por una vivienda digna” tiene varias dimensiones, y lo más importante es que abre la cuestión de qué hemos de entender por esa vida, qué es lo que hace que sea digna. Estas preguntas presentes en la PAH nacen del aprendizaje sobre lo común, del empoderamiento y de la experimentación comunitaria de otras formas de vida distintas del individualismo, la competencia y el egoísmo. Llevan a valorar la comunidad, pero ya no en el sentido de la sociología moderna, como el castillo frente al enemigo externo, sino como una célula de potencial constituyente que se organiza y se extiende en red con otras. Nos vemos tentados de afirmar que aquí se trata de una herencia de las luchas comunitarias latinoamericanas, pero sin líneas claras para confirmarlo, así que nos limitaremos a apuntar el interés de leer la forma comunidad como una forma que tiene un enorme potencial para hacer frente y darle vuelta a la lógica neoliberal de acumulación del capital. Se trata de una cuestión que hay que prolongar pensando con la ayuda de las experiencias de colectivos del feminismo comunitario boliviano, como Mujeres Creando, cuyos libros Hilando fino y El Tejido de la rebeldía se escriben para desarrollarla desde la práctica, o con la teorización marxista que hace de estas luchas el vicepresidente boliviano García Linera en su libro Forma valor y forma comunidad.

Lo interesante, de todas formas, sería ver nacer un movimiento que reconozca la base de la producción de riqueza en “los préstamos, las tarjetas de crédito y la masificación del consumo [que] fueron las vías a través de las cuales el sistema financiero penetró las economías populares”. Volvemos a pensar con Gago. En una de las entrevistas a raíz de su libro La Razón neoliberal dice que las finanzas son un nuevo código común, “capaz de traducir la heterogeneidad del mundo del trabajo –de changas a microemprendimientos, de trabajos formales por temporadas a actividades freelance, de empleos formales que duran poco a informales que pueden estabilizarse– a relaciones más homogéneas entre acreedores y deudores”. Tal vez aquí lo rescatable para la organización transversal contra el poder de mando del capital consista precisamente en buscar, en la jungla neoliberal de la gobernanza por endeudamiento, alianzas que construyen una nueva ética del im/pago: que reconocen la dimensión comunitaria de la deuda4 mientras niegan la legitimidad de los acreedores de un poder inflado que ni reconocen solidaridad ni participan en la construcción de la comunidad. Resulta importante ver el doble filo de la deuda para evitar que la lucha contra el endeudamiento se cierre en una vuelta al deseo propietario egoísta frente al posible deseo propietario comunitario, siendo esta una cuestión más que presente en los procesos de convivencia en los edificios ocupados-recuperados y en la consecuente asignación de pisos individuales por parte del banco una vez se gana en la negociación.

Este es el terreno de la PAH, donde se experimenta –entre el desafío a la propiedad privada y el señalamiento del desmoronamiento de la propiedad pública– la práctica de la propiedad común o comunitaria. Si esta comunidad llega a entenderse a sí misma como productiva, puede aportar mucho para poner patas arriba la extracción del valor que pesa sobre la vida. El impacto de la cada vez más amplia adquisición de la deuda para hacer posible la sostenibilidad de la vida, pero también la productividad de los márgenes excluídos de la sociedad, son cuestiones en las que la PAH tiene mucho que decir. No podemos permitir que las clases populares –los muchos diferentes con sus estrategias cotidianas fortalecidas por el apoyo mutuo– sean silenciadas y convertidas en víctimas, o habrá que dar por perdida la oportunidad. Por eso, mientras en la PAH se están preparando estrategias frente a la siguiente ofensiva que viene en forma de una burbuja de microcréditos ya en formación en España, es igualmente necesario seguir desarrollando dispositivos que trasladen sus conocimientos hacia las otras capas de la estructura vertical del proceso más amplio – y que sean plenamente reconocidas como los actores protagonistas del cambio.

 

Dispositivos para una relación movimientos–instituciones

Volvamos a lo más urgente, la relación de la PAH con las iniciativas electorales nacidas del ecosistema social y político del ritornelo “no nos representan” del 15M. La gran promesa de estas últimas ha consistido en poner a la representación misma entre los signos de interrogación. Recordemos que la cuestión fue planteada explícitamente por Monsterrat Galcerán en un reciente encuentro de debate organizado por la Fundación de los Comunes en Madrid5. Montserrat preguntó, entre integrantes de estas plataformas y participantes de movimientos varios, ¿cómo construir una estructura de organización política vertical desplazando la representación e introduciendo la delegación? ¿Cómo hacer para garantizar que esa delegación se dé desde abajo, desde los movimientos que se forman en contacto directo con la explotación y extracción neoliberal para construir formas de acción colectiva?

Más vale que estas sean y sigan siendo preguntas que se retoman dentro de las plataformas protagonistas del asalto institucional. A la vez, son las preguntas que interesan en la PAH, que se encuentra frente a una nueva coyuntura institucional, buscando una continuidad de su protagonismo en materia de la lucha por la vivienda. Si se rompiera el bloqueo institucional del gobierno por mayoría absoluta del Partido Popular, para la PAH lo lógico sería seguir con su trabajo y dar inicio a una presión para verse dotada de aquel protagonismo por el que lleva 6 años construyendo. Para ganárselo, el movimiento viene preparando un par de dispositivos tanto internos como externos:

  1. En el plano interno la erupción de Podemos en las europeas de la primavera del 2014 puso de manifiesto que no sería posible evitar relacionarse con las plataformas electorales nacientes. A través de una serie de experiencias locales parecidas, en las que se asistía a la apropiación de eventos, de diseños de cartelería, del uso de siglas por parte de las plataformas electorales, y del malestar resultante, se puso en marcha la escritura de unas normas de actuación ante las formaciones partidarias. Aunque la vastísima mayoría de los problemas agudos que había tenido el movimiento –tentativas de fagocitación, de apropiación, es decir, conflictos de tipo no frontal como con las fuerzas del bipartidismo– en la relación con los partidos se habían dado con las fuerzas del viejo régimen, en especial con IU, y si cabe precisar, con el PCE, la decisión estatal de apartidismo frente a las nuevas fuerzas fue tajante. Durante el invierno se consensuaron una serie de líneas rojas, muy parecidas a las que ya existían antes en la cuna de la PAH en Catalunya, destinadas a poder actuar frente a cualquier intento de captación. Resumiendo, se trata de un documento en el que consta que militantes y cargos de partido no pueden ser portavoces de la PAH ni responsables de las redes sociales de la misma.
     
  2. Hacia fuera, el movimiento elabora un dispositivo para condicionar las nuevas políticas municipales al lema “mandar obedeciendo”. Lo que en un principio se llamó el “Compromiso PAH” tardó demasiado en ser elaborado como campaña y solo se puso en marcha en varios Ayuntamientos más pequeños durante las campañas municipales. Con vistas a las elecciones generales del 20 de diciembre cambia de nombre y se lanzará durante el otoño con el nombre de “Exigencias PAH”. Se trata de una recopilación del trabajo político del movimiento durante los 6 años de la existencia de la PAH. Partiendo de las demandas de la Iniciativa Legislativa Popular de 20136 –paralización de todos los desahucios, dación en pago retroactiva y creación de un parque de vivienda social– incluye también los contenidos de las campañas autonómicas para evitar los cortes de suministros básicos; la reivindicación sobre la mejora de los derechos de los inquilinos; la paralización de la venta de vivienda pública a fondos de inversión; la remunicipalización de esas propiedades; un techo de alquiler social en el 30% de los ingresos y en el 10% en caso de cobrar menos que el Salario Mínimo Interprofesional; la puesta en uso de alquiler social de los edificios propiedad de la SAREB y las entidades beneficiarias del rescate bancario y despenalización de la usurpación e inmediata paralización de la criminalización de la desobediencia civil pacífica. Unifica las demandas locales y resume las propuestas desarrolladas durante años para abrir así un frente de lucha donde se intenta crear, desde abajo, una nueva ley reguladora del Derecho a la Vivienda constitucional. El documento se acompaña con una serie de escraches para señalar a los cargos de los partidos que no lo firman. Evidentemente, el devenir de este dispositivo una vez puesto en práctica dependerá del éxito que tengan en las elecciones generales las nuevas fuerzas. Si lograran imponerse, la amenaza de señalamiento de los nuevos partidos que se nieguen a incumplir estas medidas con escraches se verá sin duda alguna fortalecida con la inmediata identificación con el régimen actual.
     

Esta es la acción de ruptura con la autonomía de lo político ejercida por la PAH: pone en primer plano los frutos de la organización del tejido social empobrecido por los recortes y el programa neoliberal y se niega a ceder protagonismo frente a la apuesta de Podemos o de las fuerzas municipalistas. No se trata de una relación basada en una posición frontalmente antagónica –aunque puede convertirse en tal– sino de una suerte de mirada ecosistémica sobre la verticalidad post15M, sobre todo en las capas de base de la misma. Se trata de construcción de un contrapoder que impida el cierre de la ruptura, y a la vez de un componente altamente importante en la reproducción del poder constituyente despertado en el 15M. También, por su composición y la experiencia que ha ganado, tiene que esforzarse en darle primacía a una subjetividad política femenina y mestiza-migrante frente a cualquier tipo de nuevos fascismos y frente a la xenofobia reinante, pero también frente a la política masculina del “gobierno de los mejores”.

 

A modo de conclusión

Si hoy nos toca escribir sobre estos temas no es por mero gusto, lo hacemos dentro de una contienda en curso entre un proceso constituyente y una regeneración de las élites. Estamos convencidos de que para todas las plataformas de confluencia popular es de altísima importancia hablar con la PAH y con todos los actores de la transformación subjetiva, social y política de los años posteriores al 15M. Hablemos, porque necesitamos de un desborde de lo social frente a la autonomía de lo político y de garantes de la continuidad de un proceso de transformación, tanto en el plano de las subjetividades como en el de la inteligencia colectiva que sabe responder en la coyuntura cambiante. Ambas necesidades son puntos de partida señalados para contribuir a una definición adecuada del poder constituyente en la postmodernidad, tal y como plantea Antonio Negri en el nuevo prólogo de la reciente edición castellana de El Poder constituyente. Un tercer punto, la constitucionalización de un vasto pluralismo, es el gran reto que define el asalto institucional, y a este respecto el riesgo de deshacerse del pluralismo por el camino es mucho más grave que el de no obtener el poder de constitucionalizarlo. Hemos de buscar antídotos frente a cualquier intento de cierre “gobernista”, con independencia de los “motivos excepcionales”. Para gobernar nos necesitamos a todos porque, frente a cualquier gobierno, plantamos el reto de autogobernarnos.
 

Notas al pie

1. Véase https://es.wikipedia.org/wiki/Reforma_laboral_en_Espa%C3%B1a_en_2012

2. “Cuando hablo de pragmática popular el objetivo es poner el énfasis en la experiencia de cómo se construye espacio, se conquista una infraestructura para volverla vivible y cómo se la defiende. Esto incluye una serie de apuestas políticas, de riesgos vitales, de conflictos cotidianos y negociaciones complejas. Creo que es ese carácter experiencial lo que permite ver una racionalidad que actúa y una estrategia propia, siempre contradictoria, pero altamente efectiva. Por el contrario, cuando se pasiviza a los sectores populares, más bien se los considera siempre víctimas: de la pobreza, de la exclusión, de la incompetencia. Son formas que pueden asumir un tono paternalista o moralizante, racista o persecutorio, pero siempre condena o salva, discrimina o integra, y parte de poner distancia con unos otros que deben ser gobernados, neutralizados o confinados.” Entrevista a Verónica Gago por Telam, junio de 2015.

3. Así, pues, aquí el mismo concepto se usa de otra forma que cuando se trata de un modelo de organización de trabajadores basado en una comprensión de las cadenas de interdependencia y solidaridad entre los sectores laborales, como sería el caso del SEIU (Service Employees International Union).

4. Maurizio Lazzarato destaca esta dimensión en su libro La fábrica del hombre endeudado

5. http://www.fundaciondeloscomunes.net/seminario-hacia-nuevas-institucione...

6. “Proposición de ley de regulación de la dación en pago, de paralización de los desahucios y de alquiler social”, http://afectadosporlahipoteca.com/wp-content/uploads/2012/01/ilp_dacic3b...
 

 

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La Fundación de los Comunes es un laboratorio de ideas que produce pensamiento crítico desde los movimientos sociales como herramienta de intervención política. Somos una red de grupos de investigación, edición, formación, espacios sociales y librerías al servicio de la revolución democrática. Desde el común para el común. (Las opiniones vertidas aquí son responsabilidad de los autores que firman los artículos.)

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