Una asamblea de Marea Atlántica, en A Coruña

 

 

Tenemos laboratorios donde hacemos toda clase de ensayos sobre la luz, las radiaciones y los colores; partiendo de objetos incoloros y transparentes podemos representar todos los diversos colores, no los del espectro (como ocurre en las gemas y en los prismas) sino cada uno en particular. Representamos también multiplicidades de luces, que podemos llevar a gran distancia y hacerlas tan potentes como para distinguir pequeños puntos y líneas.

Francis Bacon, La nueva Atlántida, 1626

 

1. Descentrar la mirada

El centro deslumbra. La centralidad es problemática. Las cosas a menudo comienzan en los márgenes, periferias y extrarradios. La ideología que acabaría por adueñarse del Imperio Romano decidiendo durante casi dos milenios la suerte de Europa, surgió de las ruinas de una insignificante provincia de Oriente Próximo. La aparición del régimen industrial no sería explicable sin las transformaciones del sistema de plantaciones colonial, en respuesta a las continuas revueltas de esclavos que sacudieron el siglo XVIII. El mayo parisino estudiantil en verdad empezó en una universidad anodina, Nanterre. Una de las más influyentes filosofías del siglo XX fue escrita en una cabaña de la Selva Negra. El detonante de la mayor ola democrática de las últimas décadas, ardió en el cuerpo de un vendedor ambulante tunecino, en Sidi Bouzid. Algunas de las políticas que allanaron el camino para la reformulación neoliberal del gobierno en términos empresariales fueron ensayadas en pequeños enclaves municipales, como Visalia, en el áspero Joaquin Valley californiano. Cierto que el 15M irrumpió con fuerza en el Kilométro Cero, pero los que bajaron a la plaza portaban máscaras anónimas y banderas de Egipto e Islandia.

“Tomar el centro del tablero político”, esa ha sido la consigna, practicada desde el primetime televisivo. Pero sin otra irrupción marginal, desde abajo, desde los movimientos a nivel municipal, la apuesta de Podemos ya habría hecho aguas. Cierto que el municipalismo y el presidencialismo se han engarzado de manera virtuosa. El espacio abierto por Podemos contribuyó significativamente a la llegada de los partidos-movimiento a las alcaldías de Madrid, Barcelona, Zaragoza, Coruña, Cádiz y otras localidades menores. Las victorias de éstos han renovado la posibilidad de estar en las generales de noviembre con posibilidades. Más aún, dicha articulación será decisiva. Por ejemplo, respecto a la deuda. De concertar su acción la Red de Ciudades Rebeldes, la insubordinación contra la “deuda ilegítima” puede extenderse a lugares inesperados. La reestructuración de la misma programada desde un ejecutivo afín, podría apoyarse en este sustrato combativo intensificándolo.

Ahora bien, tanto como se ha hablado sobre la “centralidad”, se ha hecho sobre un verbo, “ganar”, convertido en consigna. Pero, ¿qué significa ganar? ¿Para qué y cómo? Los nuevos gobiernos municipales comienzan a poner en marcha su plan de choque contra la crisis intentando evitar los desahucios, atendiendo las necesidades más urgentes de las poblaciones más vulnerables, como las alimentarias, lo cual es tan importante como insuficiente. El objetivo no puede limitarse a salir de una crisis, la actual, que no es sino el último avatar de otros 123 estallidos, 123 burbujas identificadas por el propio FMI que lejos de manifestarse y acotarse localmente se han ido concatenando desde la supresión del patrón-oro en el 1971, con la instauración del sistema internacional de divisas flotantes, el auge del capitalismo financiero y la financiarización neoliberal de la vida cotidiana.

Burbuja de burbujas, la Gran Burbuja sigue creciendo aún hoy alimentada por la estrategia del quantitative easing de la Reserva Federal estadounidense, que inunda el planeta con dólares-deuda explosivos. El futuro no está escrito. Pero no resulta difícil imaginar nuevos escenarios críticos en el futuro próximo, a todas luces más virulentos. De volver a golpear en España, poco quedaría del colchón welfarista para amortiguarla. El reto no es solo salir de esta crisis, sino poner fin a la espiral de las últimas décadas refundando la política.

 

2. Sopesar

En el plano municipal, Madrid y Barcelona no dejarán de ser capitales. Sin embargo, no parece descabellado pensar que sean otros lugares periféricos los más susceptibles de convertirse en laboratorios de la nueva política capaces de generar prototipos replicables. La provincia coruñesa es uno de estos espacios. Sus tres ciudades —Coruña, Santiago de Compostela y Ferrol— están gobernadas por partidos-instrumentales nacidos de los movimientos sociales —especialmente en Coruña— y otras fuerzas izquierdistas que han adoptado la gramática inspirada por los “indignados”. Se dan condiciones comparativamente favorables. En las tres ciudades gobiernan en minoría y serán objeto de un continuo bloqueo, pero el PSOE depende del apoyo de las “mareas” para regir la Diputación coruñesa. Desde el autonómico el Partido Popular podría intentar estrangularlas, pero esto significaría hacer lo propio con la práctica totalidad de las urbes gallegas, pues todas, con excepción de Ourense, han quedado para la oposición, y las elecciones autonómicas, a un año vista, limitan aún más sus maniobras. La cuestión de la escala tampoco es trivial. Un mismo conjunto de proyectos pequeños pero innovadores, que en Madrid o Barcelona serían no sólo difíciles de implementar, dada la situación institucional, sino que podrían pasar como anecdóticos por su magnitud, en escalas urbanas menores serían susceptibles de alcanzar un impacto material y simbólico considerable.

Se dan también condiciones adversas, como la relativa escasez de cuadros y mentes pensantes en comparación con aquellas metrópolis. Ante esta carestía, sumada la inestabilidad institucional y la falta de experiencia en el gobierno, a los nuevos gobernantes les puede tentar actuar con una prudencia indistinguible del conformismo, y así gestionar el “plan de choque” limitándose, por lo demás, a responder a cuestiones de mera reforma local. Sin duda llevarán adelante sus propuestas democratizadoras, en términos de transparencia y participación. Y si bien lo primero quizás llegue para quedarse, lo segundo se agotará si la política no cambia de raíz. Esto mismo ocurrió en uno de los municipios de la conurbación herculina, Oleiros, aún gobernado por un partido nacido del movimiento municipalista de la Transición, con una estatua del Che Guevara en su principal avenida y una democracia participativa en retirada.

El listado de puntos que las mareas tienen en su contra no acaba. La constante pérdida de autonomía municipal en España es uno de ellos. Durante los últimos quince años se han ido limitando sus competencias y capacidad legislativa, reforzando los controles de las instancias orgánicamente superiores. Para revertir esta tendencia, para lanzar un Proceso Constituyente de lo municipal, hay que llegar a la administración central. Para asegurar el cambio los municipalistas deben tener representación en el Congreso y el Senado, proponiendo sus propios representantes en las circunscripciones provinciales. Aún con todo, es mucho lo que hasta entonces se puede hacer con los activos humanos que ya cuentan las ciudades gallegas, y con los que pueden llegar de fuera inspirados por una experiencia innovadora.

 

3. Instituir el común

Políticamente quizás lo fundamental en este clúster de ciudades atlánticas pase por lo concerniente a un cambio de la “matriz económica”, que no solo productiva. Es ahí donde, precisamente, la democratización, en términos de participación, puede echar raíces. No se trata sólo de recuperar lo público con remunicipalizaciones que respalden un aumento del gasto social mediante distintos subsidios, sino también de crear y hacer crecer una nueva economía, distinta a aquellas otras economías propietarias, públicas o privadas.

El paradigma que viene desarrollándose desde inicios de los años 1990 se llama “pro-común”. En éste la distinción entre productor, distribuidor y consumidor, gestor del recurso y mero usuario se complica o incluso implosiona, dándole sus instituciones un nuevo sentido a la participación política. Por ejemplo, la Ciudad de los Comunes podría dotarse, como en otros lugares existe ya, de bancos de tiempo y monedas municipales e intermunicipales. Redes y circuitos autónomos. Un flujo ajeno a la especulación de divisas con el que fomentar la alianza de Ciudades Rebeldes y el circulación económica de los viveros de empresarialidad peer-to-peer y copy left —esto es, pro-común— que desde el asociacionismo y los gobiernos se impulse.

Las distintas instituciones de la economía del común podrían encontrarse espacialmente en centros cívicos convertidos en ágoras polivalentes contenedoras de las instancias deliberativas descentralizadas —presupuestos participativos, etc—. De este modo una misma plataforma para democratizar y aprovechar y poner en valor monetario la creatividad social se convierte en insignia, dándole la vuelta a las tres ciudades neoliberales; a saber: la Smart City del control tecnológico, la Ciudad Creativa del capitalismo cognitivo y la Ciudad-Marca del modelo neoliberal de los territorios en competencia, todas ellas alimentadas por el petróleo de la deuda.

El reto pasa por una transformación de la matriz económica donde uno de sus componentes, el pro-común, se expanda colonizando los espacios de lo público y lo privado. Pero el propio crecimiento de esta economía implica abrir las puertas a una sociedad movilizada, participativa política y económicamente. El pro-común incita dicha movilización. Constituye un sujeto político. Sobra decir que sin el poder constituyente del movimiento, creando sus propias instituciones y oponiéndose y refrenando la acción antagonista de los poderes fácticos, no podrá avanzarse mucho en las políticas sociales ni crearse los laboratorios que engendren los prototipos del cambio.

A Coruña, 30 de junio del 2015.
 

Antón Fernández de Rota
@antonFdzdeRota

 

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