Saberes
Análisis y propuestas para una transformación democrática
24
Jun
2015
10:58
D.E.P. Inmigrante Nº 7
Por Fundación de los Comunes

Un soleado día de octubre de 2014, a eso de la una del mediodía, llegué a la oficina del registro civil de un pequeño pueblo en la isla de Fuerteventura. Las personas que allí trabajaban me recibieron con mucha amabilidad. No me pusieron pegas cuando les enseñé el permiso para poder revisar los certificados de defunción que habían registrado desde 1990 a 2013. Mi trabajo como investigadora independiente para la Universidad Libre de Amsterdam consistía en encontrar los certificados que correspondían a personas que, intentando llegar a las costas españolas, habían muerto y su cuerpo había sido rescatado en el mar o se había hallado en esas mismas costas. Contar tan sólo una pequeña parte de las personas que mueren en ese viaje; la parte que los propios Estados registran y luego deciden olvidar.

La oficina era pequeña así que compartí mesa, frente a frente, con una trabajadora. Yo llevaba desde mayo recorriendo toda la costa sur y este española, así como las Islas Baleares, Ceuta y Melilla, así que era capaz de pasar las páginas muy rápido y reconocer, casi de un vistazo, los certificados de defunción que buscaba. Cada vez que encontraba un certificado tenía que parar y copiar algunos datos en un formulario. Para los pocos libros que había en este registro (5 libros, a una media de 400-600 certificados de defunción cada uno), tuve que parar 29 veces.

En una de mis primeras paradas para apuntar mi compañera de mesa comentó: “vaya, alguno sí que hay”. Antes me había dicho que no recordaba… Conforme mis paradas se hacían más frecuentes, ella se mostraba más inquieta. Hasta que me preguntó: “Pero, ¿tantos?”. Levanté la cabeza y vi como su gesto, amable y hasta risueño al principio, se había ensombrecido. Ahí estaba, ese momento en el que una se da cuenta de que entre esos libros ordenados en esa estantería de su oficina está la historia de las personas que, en su intento de buscarse la vida, mueren en tu playa, en tu costa. Faltaba solo hilar la historia para descubrirla.

El Ministerio del Interior, que insiste en el número de personas que llegan en patera o intentan saltar la valla de Melilla, no cuenta con una estadística sobre estas muertes, tal y como informan desde su departamento de prensa. Tampoco ninguno de los otros territorios donde se desarrolló el estudio (Grecia, Malta, Italia y Gibraltar). La muerte de estas personas, cuando se registra, luego no se cuenta, no se narra. Los números que se repiten son los del miedo, no los de esa sombra que cambió el gesto de aquella funcionaria. “Pero, ¿tantos?”

En otro pueblo de la isla de Fuerteventura visitamos el cementerio. “D.E.P. Inmigrante Nº 7. 12-11-04. 28-11-04”. La foto de arriba.

Me atrevo a aventurar que una de las reacciones que puede producir esta imagen es la de la pena y, quizá, un cierto malestar con la persona que te la enseña. Esa reacción que se tiene cuando te muestran algo frente a lo que te sientes impotente, frente a lo que crees que no se puede hacer nada. ¿Para qué?

Hay dos cosas que me gustaría enunciar que, lejos de ser respuestas, hablan de la potencia que tienen los descubrimientos acerca de cómo las políticas de muerte de la Unión Europea están ahí, en lo cotidiano.

Cuando tomé esa foto lo que sentía no era pena; estaba, y lo sigo estando, brutalmente conmovida por el hecho de ver, por fin, tumbas en las que se reconocía de alguna forma (mínima) a las personas cuyo cuerpo albergaban. Lo normal (salvo contadas excepciones) es que no haya nada escrito en esas tumbas. Esa foto es, pues, de lo poco que puede encontrar cualquiera que prueba que esas personas han muerto en ese lugar. No en los periódicos o en la tele, ahí.

El descubrimiento de que las políticas de fronteras matan no garantiza en sí mismo que vaya a darse una movilización efectiva contra las mismas. A veces, éstas también se pueden convertir en algo cotidiano. Cuando José Palazón publicó la foto del campo de golf financiado por la Unión Europea que está al lado de la valla de Melilla, hubo acusaciones de montaje. Era como una alucinación. Sin embargo, allí la valla forma parte cotidiana de la ciudad. Es difícil mantener sobre ese terreno, cada día, la capacidad de descubrir. Nos pasa cuando vemos en nuestros barrios cómo las fronteras persiguen a los sujetos allá donde estén: cuando somos testigos de una redada racista en nuestra plaza, una identificación que es igual a la de ayer, a la de la otra semana…

Sin embargo, esas sombras en el rostro (“Pero, ¿tantos?”) pueden no ser el final sino el punto de partida. Para dejarnos atravesar por un sentido común, por un estar en el mundo que, más allá de la pena, se pregunta si es a nosotras a quienes les hablan los políticos europeos cuando dicen que sus medidas nos protegen: ¿de quién? ¿de los vivos? ¿de los muertos? ¿les vamos a permitir que nos hablen así? ¿que mueran personas en nuestro nombre?

 

Marta Pérez
@marta_perezp
Participa en la ASPM (Asociación Sin Papeles de Madrid)
y en Yo Sí Sanidad Universal

Marta Pérez trabajó en 2014 como investigadora independiente para el proyecto.

The Human Cost of Border Control de la Universidad Libre de Amsterdam, que ha contado 3.188 personas registradas en certificados de defunción en España, Malta, Italia, Grecia y Gibraltar desde 1990 a 2013. Es una parte, como señala el propio proyecto, de todas las personas que han muerto y no se han registrado. Otros proyectos han utilizado otras fuentes (artículos de prensa, conexiones con países de origen) para estimar el número de personas muertas. The Migrant Files estima que han muerto 29.000 personas tratando de llegar a Europa desde el año 2000. La organización UNITED cuenta 20.587 personas muertas desde 1993, y lo mismo el blog Fortress Europe.

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