Saberes
Análisis y propuestas para una transformación democrática
24
Jul
2015
12:48
Cíclopes y tuertos
Por Fundación de los Comunes

Daniel Cohn-Bendit encarándose con un gendarme durante el Mayo parisino (Prodavinci.com)

 

 

Creer en los ciclos de la historia es tan arriesgado como creer en los cíclopes como seres diferentes a los tuertos pero con más posibilidades reflexivas. Parece irracional que las sociedades repitan por orden de sucesión un total de seis posibles regímenes políticos y ninguno más, tres de ellos considerados benignos que se alternan con otros tantos dañinos. En efecto, si se cree a Aristóteles y a Polibio, toda sociedad está llamada a repetir la siguiente secuencia de regímenes:  democracia que termina en anarquía (no en el sentido de orden natural, sino de desorden), principado que la salva, tiranía como degeneración, aristocracia  que le sucede y oligarquía, que abocaría en democracia reabriendo el ciclo.

Pues bien, si creemos en los ciclos históricos, en la "anakyklosis", dicho cultamente, y entendemos que regímenes perdurables en el tiempo como Roma, Venecia, Gran Bretaña o Estados Unidos se han mantenido de forma duradera simplemente porque estuvieron o están constituidos desde esa perspectiva cíclica y para estabilizarla, en nuestro país tendríamos muchas posibilidades de disfrutar próximamente de un régimen de democracia real así como de perpetuarlo constitucionalmente en el tiempo.

Por hacer el corte en cualquier sitio, si entendemos que la instauración de la Segunda República de 1931 supuso el advenimiento de la democracia y el hundimiento de cierta oligarquía tradicional, la guerra civil de 1936 fue ese período de anarquía que le sucedió (a la anakyklosis le importa bien poco cuál o quién fue la causa), el "caudillo" fue el príncipe en ese momento que se demandaba (podría haber sido Negrín en el otro bando), que se convirtió en tirano en 1938 con la usurpación de la Jefatura del Estado en Burgos, sobrepasado por una aristocracia estamental (Falange) que gobernaba de hecho, y a la que dio la puntilla a principios de los sesenta la oligarquía del Opus tecnocrático y del reformismo que terminaron aceptando todos los partidos hasta ese entonces clandestino. Seguimos en ese régimen instituido en 1978 y que integró con astucia en la máquina oligárquica estatal todas las fuerzas políticas en función del número de sufragios conseguidos, en una especie de silencio cómplice entre secuaces (es lo que se llama a boca llena "consenso", aunque en Sicilia lo llaman de otro modo), que es causa de la corrupción generalizada que nos aburre.

Fácil. Si eso es así, o lo es incluso sin tanta pasión como trato aquí de imprimir, lo que nos espera es grande. Un frenesí de libertad colectiva que sólo a pocas generaciones alcanza: en España sólo soy capaz de encontrar dos momentos y medio en los últimos siglos; el que dio por consecuencia la Constitución de Cádiz de 1812 y el que fue precedente de aquella Constitución de 1931. El medio momento me lo reservo.

Toca ahora democracia, sin adjetivos. Toca que la oligarquía que se instituyó en 1978 en la tercera reforma oligárquica del franquismo se jubile y dé paso a la democracia más amplia y más durable que quepamos soñar. Más amplia porque es posible ya, tecnológicamente, una democracia que evite intermediarios y más durable porque retenemos la historia y sabemos que la feliz y efímera segunda república pudo haberse perpetuado, como lo han hecho otros regímenes, si hubiera previsto errores. Hemos tenido que entrar en crisis económica y dejar que entren en fase de putrefacción las instituciones para ver con claridad a esa oligarquía en toda su faz y ver que nuestra prosperidad ha sido cómplice de ella.

Sirva este largo preámbulo para dejar de manifiesto, una vez más, mis recelos hacia Pablo Iglesias y Podemos y su mensaje de ruptura. Me suenan a falso, tan falso como el compromiso de Syriza de acabar con el privilegio constitucional de la oligarquía griega (me resisto a utilizar el término "casta") de tener cincuenta parlamentarios más al ser la lista más votada. Syriza lleva meses al frente del Estado y no ha cambiado ni las formas: desde jurar sus cargos ante la autoridad eclesiástica hasta la manera de llevar la policía a las calles.

En la entrevista de hoy 19 de julio de 2015 en El País, Iglesias pone demasiado énfasis en lo de la apertura de un proceso constituyente pero, como siempre, de manera condicionada. Como algo que vendrá después y tras introducir las reformas que él juzga necesarias. Personalmente estaría más tranquilo si prometiera que disolverá las cámaras una vez gane las elecciones y que, acto seguido, convocara elecciones a Cortes constituyentes para acabar con el régimen oligárquico. Pero veo que no. Y mi zozobra reside no en lo que pueda ser la voluntad de Iglesias, sino en la incertidumbre de si la hipótesis anakyklótica es plausible; y, en caso de serlo, si estamos a punto de entrar en el ciclo democrático, final del oligárquico, como había calculado, o en el del ciclo del príncipe como veo en pesadillas.

No me da confianza aquel dirigente que no se fía de la mitad del electorado y juzga necesario educarlo antes, para devolverle después su máxima capacidad constituyente de manera incondicionada.

 

Félix Pintó
Experto en Derecho Impolítico

 

 

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