La familia de Nicolás I
 

Tras algo más de 20 años de trabajo, Antonio López ha presentado el cuadro titulado La familia de Juan Carlos I. Justo al contrario que la obra, los comentarios a la misma no se han hecho esperar: ha brotado un río de palabras que parece tratar de dotar de sentido a la imagen y desactivar su extrañeza. Las interpretaciones de todo tipo se han multiplicado, obligando al autor incluso a afirmar eso de “No piensen que soy un vago”.

Sin embargo, hay una lectura que, no por más obvia, parece estar siendo eludida: la lectura política. Singular lapsus, tratándose, precisamente, de un cuadro cuyo objeto es la más alta institución del Estado.

Si por algo se ha caracterizado el arte contemporáneo es por su dimensión explícitamente política; por, más allá de la problemática estética, tratar de romper con las formas de sentido instituidas. Y en esta línea, quizá, el cuadro de López se adecúe como pocos a la definición de la obra de arte que diese Marcel Duchamp: objeto fuera de contexto. La presentación del retrato de la familia real española en la sociedad actual se parece mucho al gesto duchampiano de introducir un urinario en un museo. ¿Cómo encaja La familia de Juan Carlos I en un mundo que ha visto surgir el Ecce Mono? ¿Cuál su lugar en una sociedad en la que las prácticas artísticas pasan por intervenciones queer y creep sobre el cuerpo, por el teatro del oprimido o por exposiciones colectivas que, como la que ahora está teniendo lugar en Barcelona bajo el título de Atrévete si quieres a no hacer nunca lo que debes, buscan dejar de operar “en el terreno protegido de las artes”?

Tal vez la dimensión política de los trabajos de López pueda parecer menos obvia que la de las propuestas de las figuras más reconocibles del arte de vanguardia del siglo XX o que la de las expresiones más explícitas de crítica contra-artística que se están desarrollando hoy día. Sin embargo, el conjunto de la obra del pintor de Tomelloso, al menos desde que abandonase su veta surrealista en la segunda mitad de la década de los sesenta y empezase a elaborar eso que, luego, ha sido llamado figurativismo objetivo o realismo objetivo o, incluso, hiperrealismo español, apunta hacia una de las claves de la actual composición política y social. Muy brevemente: su trabajo, en la medida en que toma como problema la cuestión de la temporalidad y de la fugacidad del instante, que permanece inaprensible, señala al corazón mismo de la crisis de la representación. También, obviamente, de la representación política.

Han pasado 20 años desde que Antonio López comenzase a trabajar en el cuadro La familia de Juan Carlos I. Los mismos que hace de la muerte de Guy Debord por suicidio. Entre el uno y el otro el ensueño de la representación se ha venido abajo. Ejemplo de ello son sus diferentes formas de abordar la ciudad. Mientras el situacionismo se encuentra enredado en las prácticas de la deriva y de la elaboración de psicogeografías, en busca de un urbanismo unitario, la ciudad de Madrid pintada por López nos muestra, no solo calles vacías, deshabitadas, sino, más importante aún, una ciudad que fue y ya no existe. El capitalismo, con sus dinámicas de destrucción creativa, ha alterado por completo el territorio. La ciudad de Madrid pintada por López, su luz frágil detenida, no es sino la constatación de la imposibilidad de fijar la representación frente a los procesos de especulación inmobiliaria y urbanística que han asolado nuestras vidas. El ejemplo quizá más salvaje de ello no sea otro que el paisaje de Gran Vía (1974-1981). El ciclo de reforma del régimen franquista se cerraba. El reloj que marca las seis y media dice la hora de una ciudad desaparecida.

Al presentar La familia de Juan Carlos I Antonio López ha afirmado que “20 años no son nada”. Y es cierto. Todo ha pasado en apenas un abrir y cerrar de ojos. 20 años. Nuestras vidas. Un parpadeo. Pero en algún punto intermedio de ese lapso ínfimo todo ha cambiado. No sabríamos decir cuándo comenzó a tener lugar el derrumbe, a partir de qué instante lo que era presente empezó a convertirse en pasado, en algo viejo y lejano. Colectivamente le hemos dado un nombre a ese instante. El 15M es nuestro febrero de 1917, es, que diría Lorca, nuestras cinco en punto de la tarde.

El cuadro de Antonio López ha sido realizado a partir de una foto tomada en 1992, en el año de la Exposición Universal de Sevilla, del V centenario de la colonización española de las Américas, en el año de las Olimpiadas de Barcelona: en el momento más álgido del régimen del 78, en el instante en que, en el Reino de España, se articularon de modo aparentemente perfecto, sin fisuras visibles, Capital Financiero, Cultura de la Transición y Monarquía Parlamentaria. La familia de Juan Carlos I “representa” el símbolo de esa articulación —de ese instante— que ha desaparecido como desapareció la ciudad de Ur o el antiguo Egipto. Quedan, eso sí, las ruinas.

El cuadro nos ofrece el relato de esa desaparición: no se trata tanto de que el autor haya estado 20 años trabajando el cuadro, cuanto de que el tiempo mismo ha estado trabajando sobre el símbolo, erosionándolo, agujeréandolo, hasta convertirlo en el simple recordatorio de un régimen podrido. Pero aquí, a diferencia de lo que ocurriera con el sol del membrillo, no se aborda el tiempo cósmico, sino el tiempo histórico, el tiempo político. Hemos sido nosotros y nosotras, la gente, quienes hemos hecho ese tiempo y ese trabajo sobre el símbolo. En cada lucha. Día a día. Hasta que lo hemos convertido —al símbolo, a la familia real— en algo profundamente ridículo: y a su representación en objeto fuera de contexto, sin sentido. ¿Por qué, si no, los pies de la reina Sofía están invertidos, el derecho en el izquierdo y el izquierdo en el derecho?

 

Pablo Lópiz Cantó
Fundación de los Comunes
@pablolopiz

 


 

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