Saberes
Análisis y propuestas para una transformación democrática
29
Mar
2016
17:10
Podemos: ¿qué máquina de guerra?
Por Fundación de los Comunes

Continuamos con la serie de reflexiones a varias manos. Aquí Rubén Martínez (Barcelona), Raúl Sánchez Cedillo (Madrid) y Félix Ribas (Zaragoza) nos hablan de los retos de Podemos.


Desde la Fundación de los Comunes lanzamos una serie de artículos para preguntarnos colectivamente por las líneas que definen el momento presente. Pensar desde los movimientos, sin cortapisas, desde dentro de los procesos es para nosotros, la base imprescindible de toda política.


Rubén Martínez (Barcelona): ¿Qué herramientas para qué partido?

Con audacia y gestos retóricos se pueden marcar las agendas mediáticas y producir nuevos consensos sociales. No hay que subestimar cómo operan los momentos de atención mediática que abren los ciclos electorales y el poder que esos momentos cumbre tienen para marcar la agenda y la opinión pública, pero también tienen que haber prácticas institucionales efectivas que organicen el conflicto. Podemos fue capaz de politizar territorios dejados a su suerte. El fenómeno Podemos fue capaz de crear ilusión en ciertas clases subalternas que se empoderaron para organizarse políticamente. Cuanto más nos acercamos a las prácticas institucionales convencionales, más se olvida esa potencia política. No es una nostalgia ni una fetichización del pasado inmediato, sino la constatación de que en los círculos y en esas prácticas asamblearias había algo más que el deseo de ser representados por nuevas caras. 

No se produce “pueblo” a partir de significantes vacíos y del diseño de marcos conceptuales amplios. Eso es una utopía similar al libre mercado, donde la promoción de una serie deseos que se presume han sido producidos socialmente, sirven para borrar las relaciones de poder existentes en la vida social. Lo que producen los discursos sin prácticas organizativas detrás es, más bien, identidad de partido. Y si esa identificación con una estructura que tiende a centralizarse se usa meramente para validar juegos de equilibrio en la arena política, la revolución de partido no alcanza a sostener una revolución social. El formato partido era una herramienta para cuestionar el poder, no un fin para tomarlo. Creo que este tipo de tensiones entre partido convencional que lidera los anhelos del pueblo vs partido-movimiento que sirve como herramienta para producir poder desde abajo ha sido una y otra vez detectada por el núcleo duro de Podemos, pero no del todo resuelta. 

A veces da la sensación que los elementos más críticos de los que se dotaron en su momento los partidos convencionales tienen poca presencia en los nuevos partidos. Aquellas maquinarias de partido que acabaron generando “la casta”, en sus inicios parecían más democráticas que las nuevas formaciones. Brillan por su ausencia los debates internos para construir liderazgos múltiples o la producción de espacios regulares y amplios donde tenga cabida la crítica directa a la dirección del partido. También hay una notable carencia de espacios auto-formativos, espacios dedicados a transferir saberes políticos, capacidad de diagnóstico y modos de hacer que no están diseminados por el conjunto de las capas sociales que sostienen al partido. Sin esas herramientas, se tenderá a confinar a las clases populares a su papel de votante o de militante pasivo. Podemos no debería ser una máquina para que las clases medias cualificadas y precarias dispongan del mandato de las clases populares, sino un espacio de alianza entre clases. Tal vez es cuestión de tiempo y de dar pasos pequeños en esa dirección. Ojalá podamos. 

Félix A. Rivas (Aragón): Identidad territorial como bandera

Hace un tiempo, una de las figuras más destacadas del grupo parlamentario de Podemos en las Cortes de Aragón provocaba una pequeña polvareda en Twitter cuando desde su cuenta personal afirmaba con rotundidad que “el nuevo aragonesismo de los próximos años, abierto e innovador, se hará desde Podemos o no se hará”. Y es que el único aragonesismo progresista institucionalizado hasta el momento, el del nacionalismo moderado de Chunta Aragonesista (CHA), podría ser virtualmente encuadrado en lo que ha venido a llamarse la Cultura de la Transición (CT), con todo lo que conlleva su crisis de descrédito ciudadano. Y si Podemos pretende asentarse en el duro medio rural aragonés (todo Aragón más allá de Zaragoza) deberá proveerse de un discurso que tenga en cuenta la particularidad aragonesa.

Aunque quizá aquel aragonesismo CT y este nuevo “post-aragonesismo” dispongan de la oportunidad de encontrar algún punto de encuentro como el mítico “a la mierda” de Labordeta, auténtico 15M avant la lettre, o el respaldo de Podemos hacia algunas reivindicaciones que CHA abanderaba en solitario hasta hace poco como la denuncia de las grandes infraestructuras hídricas o el apoyo a las lenguas minorizadas de Aragón. Una tercera actriz, la minúscula pero combativa juventud soberanista de Puyalón, también está invitada a esta función y, por lo visto en Zaragoza en Común, no va a perder la oportunidad de aportar su particular visión del asunto. Al igual en otros lugares, en Aragón, Podemos deberá buscar su particular respuesta a la posibilidad de pensar la identidad territorial como herramienta de empoderamiento.

Raúl Sánchez Cedillo (Madrid): De la máquina de guerra a las luchas autónomas

En estas semanas estamos viviendo la enésima crisis de Podemos. Todo aquello que no está muerto vive en y de la crisis, como ha señalado muy bien hace poco Juan Domingo Sánchez Estop. Sin embargo, la actual es algo más que una crisis: es una especie de trombo, un ictus. Si el resultado de la crisis de Vista Alegre fue un cisma (entre la denostada radicalidad democrática del 15M y la opción laclauiana de la «máquina de guerra mediático-electoral»), lo que estamos viviendo es la combinación entre una crisis del agonismo por la hegemonía del cambio –dentro: IA y socios; fuera: procesos de confluencia– y una crisis patogénica en el sistema nervioso central y en el sistema circulatorio del proyecto Podemos.

No hay espacio en estas líneas para indagar en detalle sobre el origen de esa crisis patogénica, ni sobre su posible desenlace. Por lo demás, desde la misma Fundación de los Comunes se ha escrito bastante al respecto. Sin embargo, sí que es necesario apuntar dos causas fundamentales: a) la dificultad de escalar el proyecto errejoniano del asalto al gobierno, aprovechando la ventana de oportunidad de la crisis de régimen en el marco de la crisis del sistema europeo; y b) el déficit de oxígeno y el exceso de lipoproteínas de baja densidad (colesterol malo) que la construcción y el desarrollo de la «máquina de guerra mediático-electoral» ha traído consigo como precio inevitable de su desarrollo sin obstáculos: el aparato de muchas personas tan jóvenes como débiles, sin cuajo militante y movidas por la vana ambición del «poder». La jaula invisible del tiempo suspendido de la negociación parlamentaria ha sido la prueba de stress que se ha traducido en un grave accidente vascular y neurológico.

La mejor recuperación del órgano Podemos pasa, como sabemos, por un abandono de las prácticas nocivas de la «responsabilidad» y el «sentido del Estado» que podrían provocar recidivas de la crisis de stress paranoico, con el peligro de secuelas irreversibles e incluso la muerte. La «autonomía de lo político», sobre todo si se maneja con arrogancia y dogmatismo, es una causa de muerte recogida en las historias de la clínica política. Sí, el deporte es recomendable, se trata de buscar el oxígeno en las nuevas maneras de afectar y ser afectados por las pasiones populares, y no por las pasiones paranoicas que habitan la forma Estado y sobre todo las instituciones del régimen. Hay que tener un cuerpo hecho para aguantar ese stress patogénico, y en los miles de representantes y funcionarios de Podemos muy pocas personas reúnen tales condiciones.

Pero es la muerte, o el miedo a esta para ser más exactos, uno de los factores que provocan este tipo de accidentes orgánicos. Sin embargo, ¿qué miedo cabe tener a la muerte de un órgano, esto es, de un instrumento, un útil, una herramienta? Mucho, cuando el sujeto que pretende vivir la Beruf política vive obsesionado por el órgano y no por el cuerpo. Y el cuerpo, y su potencia, es como sabemos la constitución de la libertad, la constitución del pueblo como poder constituyente más allá de todo órgano o aparato orgánico.

Sin embargo, esta obsesión por los órganos permanece en la dicción gramsciana del proyecto de un «partido orgánico» que supere los límites que el paso del tiempo ha fijado en Podemos –y que las secuelas de los últimos padecimientos han confirmado. De las confluencias tendría que surgir un partido orgánico del cambio de régimen. Pero, ¿un órgano para qué cuerpo? ¿Dónde está, más allá de generalidades retóricas, el cuerpo (político) que necesita un partido orgánico? El cuerpo no puede ser nunca un presupuesto abstracto, sino una presencia molesta que se manifiesta en dolor, síntomas, somatizaciones.

Lo que habría que decir en definitiva a los dirigentes de Podemos, y en esa misma medida a quienes en este momento hacen de «bases», es lo siguiente: aprovechad y sed de provecho al pueblo, ahora (y mientras) que existe. Porque cuando falte, y cada vez se le echa más en falta, volveremos al horror de la historia europea y española. Digo «pueblo», aunque preferiría decir «multitud», para que se me entienda sin excusas terminológicas. Pueblo como creación e irrupción; pueblo como acto y poder constituyente de y en el tiempo finito que queda tras el acontecimiento de su creación. Podemos solo puede ser heterónomo. Lo que ha de ser siempre autónomo son los contrapoderes populares cuyo instrumento u órgano ha de ser todo partido presente y futuro.

La cuestión del instrumento político de verticalización de la potencia política que viene de abajo sigue siendo urgente y crucial. Y, por lo tanto, la cuestión electoral y la cuestión de las mayorías parlamentarias. Sin embargo, se acumulan los signos de que los órganos están degradando el cuerpo. No se trata de establecer dicotomías, sino de plantear el necesario paralelismo, y las necesarias intersecciones puntuales, entre el arreglo de la cuestión del órgano y lo más importante: la reactivación de las luchas y la organización de contrapoderes efectivos e institucionalizados como consejos y redes estables que creen fuerza, pueblo y confianza en la victoria. Sin luchas autónomas no hay cambio. Solo LDL y colapso orgánico. El arte de la organización en Podemos y en el más allá de Podemos pasa ahora por ser útiles a esa proliferación de acciones y pasiones populares. Así se hacen los «cambios de frame». Por las fuerzas del trabajo vivo.

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