Saberes
Aprendizajes desclasados e inclasificables
03
Ene
2014
02:29
Jáquers en las aulas de la ESO
Por Fuera de clase

Un fantasma recorre tu smartphone

Según el INE, el 97,4 de las personas que viven en España y tienen entre 16 y 24 años ha utilizado internet en los últimos tres meses. De ellas, el 94,5 está en redes sociales. El Observatorio de Redes Sociales dice que tres cuartas partes de quienes las usan se conectan a diario. Informes como este de Telefónica constatan que Twitter y los grupos de Whatsapp están sustituyendo a los SMS y que internet ha relevado al mundo analógico como escenario en el que buscar información. Basta. No hacen falta muchas estadísticas para saber que la gente más joven usa intensivamente la red para comunicarse y aprender. Esto quiere decir que hay una legión de chavalada habitando espacios que su profesorado y sus entornos familiares suelen conocer poco, y que desde luego no dominan.

En muchas empresas, medios de comunicación y escuelas ya se han dado cuenta, probablemente por ese orden. Esto quiere decir que este público joven es objetivo de intensas campañas de márquetin, de narrativas construidas desde arriba y de acciones in/formativas que entran como elefantes descacharrados en un espacio en el que, por ahora, encuentra más libertad de la que disfruta en un mundo real plagado de restricciones para menores. Los medios de comunicación cuentan historias en su mayoría negativas o peyorativas: que si el bullying existe por culpa de Tuenti, a pesar de que no hay ninguna evidencia de que haya aumentado en los últimos años (como cuenta Danah Boyd, una de las pocas que ha estudiado esto en serio); que si Google nos está friendo el cerebro, como si la multitarea o el manejo del lenguaje multimedia no fueran mutaciones maravillosas de la actividad cerebral (gente lúcida como Alejandro Piscitelli o Dolors Reig ya se dieron de hostias con la "superioridad moral letrosa" hace tiempo).

Que sí, que sabemos que en internet hay peligros, pero quienes pensamos que la educación debe servirnos para ser personas autónomas con vidas que merecen ser vividas preferimos tratar de exprimirle las muchísimas cosas positivas que nos ofrece. Sabemos que la red puede ser una distopía de ruido infinito, acoso sexista, webs de descargas llenas de banners de casinos y un vídeo de Justin Bieber reproduciéndose en bucle; pero hay también una galaxia no muy lejana plena de comunidades que aprenden colectivamente, de personas que saben que colaborando juntas pueden llegar a crear cosas increíbles y que imaginan y habitan creativamente otros mundos mejores. Nos pone lo que dice aquí June Fernández desde un enfoque feminista: que la respuesta no puede ser quedarse en casa aburridas, sino empoderarnos organizando talleres de autodefensa para salir a las calles de internet sin miedo y con ganas de divertirse.

Es cierto que el profesorado con más iniciativa propia está tratando de abordar el hábitat de los adolescentes en internet, pero nos tememos que en la mayoría de los casos ocurre con más voluntarismo que eficacia debido a la falta de recursos didácticos y logísticos que suele tener lugar cuando la educación formal se enfrenta a cosas que van más rápido que sus ritmos administrativos. Hace falta empujar más en este sentido, no sólo desde el profesorado sino también desde las redes de la cultura libre y el hacktivismo, que es desde donde se escriben estas líneas.

Podemos hacerlo mejor

Aquí nos acordamos de Henry Jenkins cuando describe cómo las comunidades de fans, con sus ficciones (fanfics), inauguraron lo que ahora se conoce como la cultura de la participación en red. De cómo se pasa de colaborar en línea para escribir finales alternativos a los libros de Harry Potter —o versiones de ese vídeo de Justin Bieber— a articulaciones políticas más relevantes. También nos acordamos de cómo hace dos años y pico muchas de nosotras pasamos de revolvernos porque nos quitaban las descargas de series a inundar las plazas para construir desde abajo una democracia radical. Mucho hemos aprendido en las plazas sobre cómo usar internet para optimizar los procesos de inteligencia colectiva y transformar grandes cantidades de datos en conocimiento de manera colaborativa. Los pads, los hashtags, las miles de listas de correo y cómo comunicarnos mejor usándolas. Netiqueta, folksonomías, RSS, recursos tácticos y técnicos para hacer frente a la saturación mediática y poder jerarquizar información, localizarla, contextualizarla, contrastarla o frenar bulos. Aprendimos y seguimos aprendiendo muchas cosas que ahora compartimos en talleres, centros sociales o escritos como este, y también que ya no queremos estar en el gueto activista. Somos cualquiera haciendo política con cualquiera que pasa por la plaza. Así que para compartir conocimiento con la chavalada a la que nos gustaría empoderar iremos al espacio público por el que pasa: a los centros de educación reglada. Queremos intervenir en ellos para ayudar al alumnado y al profesorado más despierto a desbordarlos o, más bien, a jaquearlos.

Vamos a escribirlo jáquer, así familiarmente, porque es algo que debería ya ser parte de nuestro vocabulario común. En el devenir cyborg por el que transitamos deberíamos haber aprendido a tener una relación con la tecnología más proactiva, en lugar de limitarnos a utilizar los aparatos que tenemos a nuestro alrededor en los términos en los que nos vienen dados. ¿Es necesario definir esta palabra en un blog sobre aprendizajes y pedagogías no convencionales? ¿En serio? ¿En 2014? Quizá sí. Vamos:

“Hacker [originalmente, alguien que fabrica muebles con un hacha] n. 1. Persona que disfruta con la exploración de los detalles de los sistemas programables y cómo aprovechar sus posibilidades; al contrario que la mayoría de los usuarios, que prefieren aprender sólo lo imprescindible. 2. El que programa de forma entusiasta (incluso obsesiva). 3. Persona capaz de apreciar el valor del hackeo. 4. Persona que es buena programando de forma rápida. 5. Experto en un programa en particular, o que realiza trabajo frecuentemente usando cierto programa; como en «es un hacker de Unix.» 6. Experto o entusiasta de cualquier tipo. Se puede ser un «hacker astrónomo», por ejemplo. 7. El que disfruta del reto intelectual de superar o rodear las limitaciones de forma creativa.”

Eric S. Raymond (1996): The New Hacker's Dictionary. Traducción de Microsiervos.

Podemos reducir el vocablo a gente que sabe programar y cacharrear con tecnologías aparentemente complejas, pero también podemos entender que tecnología es el conjunto de conocimientos que permiten satisfacer nuestras necesidades y deseos. Así, lo jáquer sería más bien una metodología y una serie de valores. La "ética hacker", según la definía Himanen, consiste en luchar creativa y apasionadamente por la libertad y la igualdad, contra la corrupción y por el libre acceso a la información. De eso hemos aprendido en los movimientos del software y la cultura libres. Jaquear la educación sería introducir todos estos valores. Apostar por el learn-by-doing y el do-it-yourself o, mejor, el do-it-with-others; creernos de verdad todos esos anglicismos que tienen que ver con el edupunk y que suenan tan molones.

Escapando del cercamiento

Una vez armadas con ética jáquer, estaremos en disposición de desmontar toda una serie de mitos y reparos hacia las tecnologías que resultan de lo más inconvenientes para el buen vivir. Igual que llevamos a las criaturas a granjas escuela para que aprendan que la leche no sale de los tetra briks, habrá que dejarles claro que las tecnologías son productos humanos. Que las puedes hacer en casa. Que puedes arreglar tu enchufe o tratar de salvar a tu impresora de la obsolescencia planificada buscando por ahí cómo resetearla. Que no brotaron entre la hierba, sino que son diseños detrás de los que hay intereses comerciales, determinaciones elegidas y decisiones conscientes para definir un mundo que es como es pero que no tiene necesariamente que permanecer inmutable. Tendríamos que ayudarles a que aprendan, también, cuestiones prácticas sobre privacidad y gestión de su identidad y su memoria digital, para evitar sobresaltos ahora y en el futuro, para que cuando empiecen a buscar trabajo no tengan que ir a un juzgado a cambiarse el nombre del DNI por lo que pueda aparecer en Google. Son pequeños y grandes saberes, más conceptuales o más aplicados, que poco a poco vamos adquiriendo quienes habitamos la red conscientemente, pero que estaría bien contarlos en la escuela para que vayan permeando al sentido común, al paquete estándar de competencias básicas. Lo podríamos llamar "Educación para la ciudadanía digital", pero si lo entendemos como una cuestión trasversal y una responsabilidad compartida entre toda la comunidad de aprendizaje evitaremos que cualquier ministro nos lo borre del curriculum a golpe de (ir)real decreto.

A pesar de nuestra retórica pelín desafiante, esto que contamos no es nada revolucionario ya: la ética jáquer marida con los dogmas neoliberales que promulgan el emprendizaje. La innovación social se jalea desde arriba porque puede rellenar los numerosos huecos que está dejando el debilucho Estado del más-bien-malestar, como alerta Rubén Martínez. Además, nuestras redes de apoyo mutuo deben desplegar astucia para no caer en discursos que de tecnooptimistas parecen tecnopánfilos, esos que rebate Evgeny Morozov. Por otro lado, mientras en EE UU hay una campaña gubernamental sobre la necesidad de aprender a programar, en este artículo de Wired recuerdan que en ese país 45 millones de adultos son “analfabetos funcionales” y lamentan que esta moda programadora puede dejar a más gente detrás.

No olvidemos que en el sector de la ¿alta? tecnología está especialmente vigente el mito neocon de la meritocracia y se tiende a olvidar que, por ejemplo, no todo el mundo tiene las mismas posibilidades para andar con un teléfono con 3G y un buen ordenador en el que echar horas experimentando y aprendiendo a jaquear. Si Silicon Valley es meritocrática, ¿por qué Mark Zuckerberg, Steve Jobs y todos sus compañeros de su nivel son hombres blancos?, se preguntan también en Wired. Para más horror, podemos leer En el acuario de Facebook, del colectivo Ippolita, que alumbra claramente el ideario anarcoliberal que cementa cada uno de los muros de esta red social.

Pero aquí no estamos hablando de eso: aquí hacemos énfasis en la comunidad, en la responsabilidad colectiva y en poder confiar en todos los nodos de las redes cuando éstas son horizontales. La ética jáquer que nos interesa entiende la autonomía no como una potencia individual, sino como un recurso para el bien común que se disfruta más en colectivo. Poniendo los procesos de cooperación en el centro se pretende jaquear los discursos de la competitividad y de la empleabilidad. Porque hemos visto que esa tecnología llamada mercado que nos han vendido está oxidada y contamina demasiado. Porque hay riqueza para todas, y el empleo es lo de menos, lo que hay que hacer es repartirla mejor. Y, con permiso del a veces excesivamente cenizo Morozov, creemos que extendiendo algunas prácticas jáquers y actualizando el sistema operativo de la democracia podemos avanzar en estas sugerentes direcciones.

La moto que os venimos a vender

Con todas estas ideas rondando nuestras cabezas, a quienes firmamos abajo se nos ocurrió compartir lo que sabemos sobre internet y el bien común con la chavalada. Esta línea de trabajo es una de las primeras que abordamos desde Catorce, nuestro colectivo de investigación en comunicación y cultura digitales. Estábamos empezando a elaborar los materiales y a hablar con institutos cuando salió una convocatoria de la Universidad Internacional de Andalucía en Goteo. Nos eligieron. Nos ayudaron a lanzar un crowdfunding en el que cada vez que la multitud dona un euro la institución aporta otro. Esto viene a ser como copagar una subvención, pero lo de los problemas de intervenir en la educación reglada en tiempos de desmoronamiento de lo público lo dejaremos para otro día... Lo que buscamos con esta campaña que hemos llamado #hackeaESO es cofinanciación para liberar un poco de nuestro tiempo y poder desarrollar una unidad didáctica que llamaremos "Ética para jóvenes hackers". El resultado será libre, estará disponible para descargar y remezclar (licencia CC by-SA) y nos dedicaremos a contarlo por ahí. Porque no queremos que esta chavalada pague nuestras pensiones, sino que haga por fin la revolución, y que la gane.

* Mario Munera, José Díaz y Marta G. Franco
http://catorce.cc/ | @catorce_cc

+ Imágenes sacadas de la web Heather's Animations, una recopilación loquísima que parece propia de otros tiempos pero dice estar actualizada hasta 2013. Da cuenta de cómo la netiqueta o las modas son relativas y a veces no se sabe si está desfasado quien habla o quien mira.

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Fuera de clase

Somos un grupo heterogéneo de personas que habita tanto los dentros como los fueras de clase. Nuestra intención es acercarnos de modo crítico y transformador a los procesos de aprendizaje en un sentido amplio. No nos interesa desarrollar un conocimiento experto y sí facilitar la formación de una comunidad de aprendizajes no unidireccionales en la que las prácticas, las ideas y las metodologías sean situadas, abiertas, liberadoras y resistentes. El blog que ensayamos tiene vocación de ser un laboratorio común en el que se ponen en juego diferentes lenguajes y conexiones entre lo local y lo global, lo de dentro y lo de fuera, lo viejo y lo joven, lo de arriba y lo de abajo, el norte y el sur. Nos gusta soñar con una educación desplegada, crítica, inclusiva y anticapitalista.
Pilar Cucalón, José Carlos Loredo, María Fernanda (Mafe) Moscoso, Marta Morgade, Jara Rocha y Tomás Sánchez Criado.

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