Saberes
Aprendizajes desclasados e inclasificables
16
Sep
2013
13:19
El gesto menor tiene una historia
Por Fuera de clase

NOTA: Este texto nace a partir de la invitación realizada por Jara Rocha a fijar para en el blog Fuera de Clase algunas reflexiones y contenidos surgidos en el contexto del Seminario Euraca de poesía, que en la presentación de su programa DOS [María Salgado y Patricia Esteban Cadáveres y niñxs] nos emplazaba - a los que andábamos euracados - a pensar desde un lugar sociohistóricamente situado, una posición que no se define por ningún dentro o interior sino por un exterior: la intemperie, la precariedad, la confusión, la afasia. Durante el mes de mayo de 2013 tuvieron lugar dos sesiones que trataron el tema de la infancia, el pueblo, el analfabetismo y la poesía en las cuales se abordaron distintos materiales, entre ellos la experiencia de Deligny y de las comunidades anarcopoéticas en las que participaba. Se publican algunas notas en este blog, como aportación a la reflexión y a la pregunta sobre los procesos de aprendizaje y las experiencias compartidas en torno a la educación en los márgenes y las pedagogías críticas.

 

 

Nuestra única patria,
nuestros años de infancia.

Rilke-Heráclito grafitado en las calles de Atenas,
al tiempo que los niños eran asesinados por la policía.

Fue en diciembre. En el año dos mil ocho.

 

¿Dónde están las palabras, dónde la casa,
dónde mis antepasados, dónde están mis amores,
dónde mis amigos?

No existen, mi niño. Todo está por construir.
Debes construir la lengua que habitarás y debes
encontrar los antepasados que te hagan más libre.
Debes construir la casa donde ya no vivirás solo. Y
debes construir la nueva educación sentimental
mediante la que amarás de nuevo. Y todo esto lo
edificarás sobre la hostilidad general, porque los
que se han despertado son la pesadilla de aquellos
que todavía duermen.

Llamamiento y otros fogonazos.
Anónimo.

 

No todo es neghrura y apocalipse
hay niños que saben ir por el mundo
y nombrar las cosas.

Luz
Pichel

 

Hablamos de un encuentro [1].
 

De un lado, los niños difíciles: niños chusma, niños racaille, niños retrasados, autistas, delincuentes. Niños pobres. Analfabetos. Niños y niñas aparte. Una imagen para estos niños: semillas de crápula, de cardo, cizaña. La mala yerba que crece, se extiende y que se ha de arrancar. Condenados por las instituciones del Estado: incurables, insoportables, invivibles. La sociedad tiene previsto un lugar para ellos. Todo poder comienza con el poder sobre los niñxs.

Del otro lado: un grupo de personas adultas, de trabajadores y trabajadoras, quizá también algún poeta. Adultos, en ocasiones, también perdidos, evadidos de aquí y allá. Nada de pedagogos, nada de psicólogos. Nada de profesionales o especialistas del alfabetismo y la enfermedad mental. Fernand Deligny conocía bien el lugar que la sociedad tiene previsto para los niños difíciles pues antes de la guerra había tenido que trabajar en ellos, cuando se propone, junto con otros y otras, tan poco especialistas como él; sembrar todo un campo de cizaña.

Y resulta que los lados se atienden. Buscan sus trazos los unos en los otros. Se cruzan. Se mezclan.
Hablamos de un encuentro.
Se callaron para ver.

No queremos amarles, sino ayudarles. Hacer mella en lo instituido haciendo frente común con estos niños y tratar de evitarles el sufrimiento; la cárcel, el hospital, el psiquiátrico. Lo importante no serían sus “derechos”– cuyos defensores acostumbran a acoger la palabra del otro sólo para disimular la inhumanidad de nuestro tiempo- sino la imprecisión que estas formas de vida aparte instauran sobre el estatuto de persona. Estos niños, podrían ser postes indicadores del problema de lo común.

No reducir entonces el “carácter extraño” de estos niños. Confiar en esta impropiedad, y no en su adiestramiento, como una posibilidad para otra cosa. Estos niños son restos fabricados por la economía, por la norma, y sin embargo se nos aparecen como hallazgos: la aparición de otra cosa, la aparición de otro modo de hacer, la aparición quizá del otro mismo, de lo que importa en una vida, y con ello quizá la capacidad de fundar una nueva experiencia colectiva.

Así lo cuenta Emile Copfermann -una alberguista “ex educadora” que acompañó con otros a Deligny durante la posguerra en el proyecto de fundar redes de acogida en tratamiento libre, redes de ayuda mutua y albergues de juventud para niños inadaptados, perdularios y toda clase de chusma infantil- en el prólogo a Los vagabundos eficaces:

 

                                                      

 

1936. 1941. 1943. 1948. Armentières. Nogent. Lille. Las experiencias con los niños difíciles se suceden. La gran cordada. Una hilera de hombres anudados entre sí: la supervivencia compartida. Y la expresión mediante el dibujo, el juego con mímica, el alfabeto-gesto, el relato improvisado colectivamente: dar un habla, que no sea forzosamente palabra, a quienes están totalmente desprovistos de ella. Ese será su impulso, que tratará de coser –sólo al comienzo- con la institución, proponiendo un enfoque educativo y ya no represivo. Pero hasta entonces esta condición (de ausencia) del lenguaje, no es condición de organización. No es aún la condición colectiva que nos interroga por un comunismo distinto al de la propaganda y la protección social, aún encallado aún en los márgenes del síntoma y la terapia, en los márgenes de la psicología y el psicoanálisis, también más tarde, en la clínica La Borde, invitado por Guattari y Oury, donde Deligny no sabrá más que retirarse a la parte de atrás, a hacer marionetas, imprimir octavillas y proyectar películas militantes. En la cabeza de Deligny, quizá, un comunismo cada vez más “etológico”, que se propone buscar los medios, construir las condiciones y explorar las circunstancias de una vida en común. 1966.

 

 

¿Lo común es un problema del lenguaje?
 

¿Y cuando no hay lenguaje? ¿y cuando el espacio que habría de ocupar el lenguaje se encuentra vacante, no por rechazo, sino porque se hace posible la presencia libre de esa ausencia? Pueden expresarse mediante toda clase de onomatopeyas. Ni siquiera están obligados a usar las palabras tal y como son. Entonces ¿de qué fiarse cuando el lenguaje falta? O mejor formulado ¿de qué fiarse cuando el lenguaje ausente no falta? Esa es la circunstancia “impropia” que traen los niños difíciles al grupo.
 

Janmari es autista. Cizaña. Cardo. Amapola. Incapaz de relacionarse con el otro, encéfalopata profundo, dicen. Janmari no comunica, no dice. Gira y gira como un trompo, y se balancea, de un lado a otro, sobre sí, aunque en apariencia no cuente con un “sí mismo” en torno al que girar o balancearse. Es zahorí. Vibra con el agua, con las circulaciones. ¿Sin lenguaje no hay esclavitud? ¿domesticación? ¿orden? y sin embargo la cooperación se organiza, y el grupo, la balsa, la red de acogida, decide organizarse a partir de ahí y de esa proximidad extraña. Definirse a partir de eso que hace pero que no dice, que no habla, organizarse a partir del modo de ser fuera del lenguaje. Entonces, la cuestión es conseguir darse los medios para continuar juntxs. Con él. Con ellxs. Y al fin y al cabo con nosotros. La búsqueda de un lugar común: no trataron en absoluto de saber lo que ellos tenían. De qué estaban afectados ellos, sino que trataron de ponerse en búsqueda de lo que podía faltarnos a nosotros. Hacernos falta a nosotros.
 

El trabajo (de estar juntxs)
 

Là, ahí, en la balsa, se trata sobre todo de reconocer un territorio -¡territorializar!-, de un conjunto de casas y talleres, junto al río, entre las montañas de Monoblet y Saint Hippolite du Fort, en la región de Les Cévennes, al sur de Francia. Y a esta vacante del lenguaje el grupo le da -¿paradójicamente?- nuevas imágenes y un nuevo vocabulario. No es posible ya, en ausencia del lenguaje, confiar en las palabras o aspirar a la transparencia de los signos y el discurso, pero tampoco quizá sea posible situarse fuera del lenguaje para comprenderlo. No hay devenir autista como podría entenderse, sino experiencia en compañía próxima de eso. No es un medio de vida recreado para ellos, sino un medio de vida (para todos) creado de acuerdo a su percepción. Entonces atender primero a la topología y a los movimientos que nos contienen y al territorio colectivo que somos capaces de construir a partir del rastro y los rastros de unos en los otros y luego, tratar si acaso de decir desde ahí. Superponiendo. Extranjerando lo más próximo. El estar-juntos sólo puede quizá ser construido, reproducido, montado, ensamblado. Idear una especie de trazo, de dibujo o escritura que no sea generado por ninguna intención, ni voluntad de representación. Tomar partido a favor de las cosas, a favor de la poesía, en lugar del discurso.

 

                                                             

Nosotros es mediación siempre. Aprendizaje de los decires que efectivamente nos dicen a cada momento. Mapas. Estancias. Soleras. Líneas del errar. Unas formas y unas palabras que permitan atendernos, atender a las circunvalaciones, a los rodeos, a la inmutabilidad de las costumbres de estos niños y con ello poder reconocer los encuentros y los desencuentros. Las palabras, de haberlas, no ayudarán sólo ya a comprender sino que permitirán nombrar el mundo que de verdad habitamos, pues el hecho de que exista este silencio, esta mudez, excluye que el lenguaje pueda presentarse a sí mismo como totalidad y verdad, pero este silencio infantil, a su vez, es el voto que compromete al hombre con la palabra y la verdad. De modo que nombrar este mundo en poema, en trazo, en película, en formas que se resistan a la concentración de poderes e identidades... No hay rechazo o renuncia al habla, a la escritura, a la palabra o la imagen, sino un cambio de posición, de valor si cabe, del habla misma, del valor de las palabras y las imágenes. Lo importante es desahuciar al signo de su violencia, desahuciar los gestos de su síntoma, desahuciar la desigualdad de nuestra copresencia.

 

Una posibilidad entonces. Una posibilidad menor. Más pequeña que una tesis o una hipótesis:
 

Ahí: formas de vida infantiles, fuera del lenguaje, quizá ajenas a la angustia de la muerte, pero emplazadas por “lo social” a soportar una vida tan dolorosa como la supuesta incapacidad que se les atribuye.

En medio: un trabajo material organizado a partir de ese afuera. El trabajo de atender a lo que calla, a lo que no sabe, a lo que no dice. Y darse los medios para continuar ahí: que resulta que son medios de escritura, de dibujo, de imagen. Se requiere poesía -el silencio, la distancia y la verdad de la poesía podríamos decir- para poder habitar esta vacante. Este es un trabajo poético, sin duda. Poesía que transporta la potencia de volverse decididamente mundana.

Entonces: La potencia del pueblo, de la comunidad, del lugar que se sabe habitado colectivamente, la potencia del nosotrxs y la atención a todo lo que venimos siendo juntxs.

 

Aquí se trata, cierto es de comunidades bastante jipis; hacen pan, cortan madera, transportan el agua, aún existían los ríos… pero no hay retorno filosófico a la “buena naturaleza”, si cabe tan sólo a las condiciones básicas para la vida. Entonces ¿no hay nada que pueda volverse colectivo en la experiencia extraña y remota que tuvo lugar en los montes de Monoblet? ¿No siguen naciendo ,sin habla, hoy los niños? ¿no nacen enmudecidos, infantiles, cada vez? y una pregunta más acuciante aún si cabe, no ignorada por la comunidad: este nosotros conjugado ¿existe también para estos niñxs?

                                                 

En los mapas, al ritmo de los ires y venires, florecen flores negras cuando algo sucede, algo balancea, murmulla o grita. No se trata de la aparición del lenguaje sino de su escollo; expresiones de este “para nada” encarnado y movido por estos niños. Y Deligny confía en estas flores negras: los trayectos fijados en los calcos-mapas se superponen, los unos a los otros, y se solapan a veces los trayectos, se intersecan los gestos. Janmari-zahorí señala el agua a la comunidad y la transporta a veces. Colabora en la fabricación del pan. Y en la película Ce gamin, là vemos cómo las flores negras comienzan a desaparecer, o quizá tan sólo dejan de ser un asunto a percibir, cuando se afirma: ese chico es de los nuestros.
 

Podría ser que este chico vaya a saber qué palabra hay que pensar.
 

 

Infans. Los que no hablan [2].
 

Aquello que en el hombre está antes del lenguaje, antes del sujeto del lenguaje es la infancia. La infancia transporta un sentido mudo, inefable, inaproximable. Quizá como la lengua del “siempreniño” Janmari. Su silencio, su mudez, su singularidad, son autismo, sí -no podemos obviarlo y tampoco el dolor y el sufrimiento que esto supone tantas veces- pero también podrían ser tan sólo los rasgos eternos de una infancia como límite que el lenguaje señala. El sujeto que dice “yo”, que reconoce en el decir una subjetividad, que se ha constituido como fundamento de la experiencia y el conocimiento modernos (modernidad que dejó la experiencia común hecha una escoba rota, como ya sabíamos con Benjamin) es el marco no aplicable en el caso de los niños, difíciles o no. Niños que parecen vueltos hacia el misterio de sí y que podrían ser ejemplo de ese límite de lo humano que los situaría en un paisaje de pura lengua, sin rupturas, ahistóricos, fonéticos (el arte de significar sin significado). Entonces la tarea de la comunidad anarcopoética sería la de abrirse, igualmente, más allá del tragaluz de sí mismos. Imaginar una infancia que permitiría fundar un nuevo concepto de experiencia común, liberado del condicionamiento del sujeto y de cualquier sustrato psicológico y psicologizante. Entonces quizá podríamos reconocer aquí, el paisaje de Les Cévennes, el trabajo de la comunidad, yendo y viniendo, el cántaro en el río, las manos en la masa del pan…

Que la humanidad no haya sido desde siempre hablante y que haya sido y sea todavía infante, eso es la experiencia, afirma Agamben. En este marco teórico, Janmarí habitaría el medio puro de la lengua, la experiencia originaria (del individuo innato, diría posiblemente Deligny) que no sabe de interrupciones ni fracturas trascendentales que emplacen a un proceso de subjetivación. Para hablar, la humanidad ha de despojarse de la infancia, y entra en el sistema de signos transformándolo necesariamente: de la lengua infantil -balbuceadora, regalada con el mundo- al habla humana, de lo semiótico –el signo que se reconoce- a lo semántico – el discurso que se comprende-, de la lengua al habla… y en esta diferencia, en esta doble significación, en esta discontinuidad dice Agamben que encuentra su fundamento la historicidad del ser humano: ese tránsito infantil de la pura lengua al discurso, ese instante es la historia, afirma el filósofo, en tanto que momento diferenciador que introduce en la naturaleza del hombre una discontinuidad, una ruptura. Y era 1968, al tiempo que se levantaban las barricadas, cuando Deligny se encontraba levantando redes comunales junto a Janmari, un niño que no había dicho más que mammm….mammm…. y antes, 1940, cuando las propiedades de los colaboracionistas eran transformadas en centros de acogida en tratamiento libre, de la mano de un conjunto de educadores tan extraños como los niñxs a los que acompañaban.
 

La historia ha de ser algo más que el progreso continuo de la comunidad que forman aquellos que ya han comenzado a hablar, que tienen ya, definitivamente, una voz “propia”. Aquel balbuceo es para Deligny  una apertura a todas las circunstancias, que puede llenarse de seres vivos y estar siempre abierto a lo imprevisto hasta el extremo. Experiencia y apertura sita en la ruptura. Nunca sabremos hasta que punto Deligny es arponeado por la historia, por sus discontinuidades, en tanto que se mantuvo siempre del lado del gesto menor, o en tanto esa cercanía a la infancia le expuso a una experiencia de ruptura fundamental con el orden de lo instituido; Deligny, siempre inactual, siempre a contrapelo, testimonio del margen de las guerras y posguerras infantiles… En cualquier caso, lo que se da es una voluntad que trata de habitar esa falla, esa discontinuidad, ese intervalo: el silencio, la infancia. Ya no se tratará de vivir determinada historia, sino de avanzar con la ruptura que la hace posible, y lo harán dándose un trabajo: escribirán, poetizarán, porque llegado el momento quizá no sea posible superar la fractura histórica que supone salir, definitivamente, de la infancia. Pero seguirán ahí,
 

por la presencia ahí de unos niños que no

 

tienen historia

 

              nosotros la recomenzamos

 

                           sin cesar

 

                 la historia

 

                           de cero.

 

Rafael Sánchez-Mateos Paniagua
Sierra de Guadarrama, Agosto 2013.

 


[1] En los siguientes párrafos, citamos a Deligny y sus Vagabundos eficaces (Estela, Barcelona, 1971). También el texto de la película Ce gamin, là (Ese chico de ahí, Deligny-Renaud) publicado en el maravilloso catálogo PERMITIR TRAZAR VER de la exposición en torno a Deligny que tuvo lugar en el MACBA (2009) a cargo de Sandra Álvarez de Toledo, que a día de hoy podría decirse es la investigadora y editora que mejor conoce la experiencia de Deligny y por ello, por facilitar y divulgar además esta experiencia, la estamos muy agradecidos. También citamos un texto de Anne Querrien: Fernand Deligny, imager le commun, editado en la Revista Multitudes (Nº24, 2007). Si bien no lo utilizamos en las citas internas del texto, es muy interesante leer también Fernand Deligny: pedagogía y nomadismo en la educación de las “otras infancias” del profesor Jordi Planella.

[2] En estos párrafos, seguimos las reflexiones de Agamben en su libro Infancia e Historia. Destrucción de la experiencia y origen de la historia. Adriana Hidalgo editora. 2007.

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Fuera de clase

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