Saberes
Aprendizajes desclasados e inclasificables
10
Mar
2014
01:00
Educación para pobres y educación de actitudes
Por Fuera de clase

 

Hace un par de años, cuando aún no se habían apagado los ecos de la controversia sobre la asignatura de Educación para la Ciudadanía implantada en 2006, el actual gobierno de España la sustituyó por una Educación Cívica y Constitucional que dio lugar a una nueva controversia. Dejando a un lado los argumentos de la discusión, me gustaría plantear una reflexión general sobre este tipo de asignaturas. Se trata de materias que formalizan aspectos de la educación informal, en el sentido de que sistematizan e introducen en el curriculum escolar prácticas socioculturales mediante las cuales ciertos valores se in-corporan en cada individuo.
 
En Occidente, desde el siglo XIX los Estados han venido controlando directa o indirectamente la educación formal e intentado que cada individuo se sintiera parte de una comunidad que va más allá de familia extensa y la parroquia. La enseñanza ha sido el vehículo principal para transmitir los hábitos de convivencia correspondientes, ajustados a un modelo de ciudadado responsable, autogobernado, cuyas virtudes se deben a la interiorización de valores relativos a la cohesión social, el progreso, el orden, el trabajo, la ley, etc. (con diferentes énfasis según formas de gobierno liberales, fascistas o comunistas).
 
Aunque la sistematización y registro de las técnicas de socialización no es un fenómeno históricamente reciente, sí lo es el hecho de que tales técnicas se ensamblen con la educación formal y la producción de ciudadanos. En Europa existían tratados para la formación de los hijos de los nobles y manuales de civilidad y cortesía (más orientados estos últimos a la burguesía), pero no fue hasta el siglo XIX cuando se desarrolló la educación en urbanidad y buenas maneras hasta el punto de incluirse en los sistemas educativos regulados por el Estado con la pretensión, además, de que recayera sobre toda la población y no sobre una sola clase social. En el caso de España, hasta los años 40 del siglo pasado la urbanidad representó la sistematización oficial de las técnicas de socialización, inseparable de la formación moral o religiosa (y normalmente de ambas juntas). La urbanidad fue desplazada por la educación cívica franquista, plasmada en la Formación del Espíritu Nacional. Posteriormente, desde el inicio de la segunda restauración borbónica hasta la implantación de la Educación para la Ciudadanía, una función similar la cumplieron asignaturas como Ética o Religión y materias de las llamadas transversales.
 
En la época dorada de la urbanidad, la ideología que estaba detrás de su apoyo y su inclusión en el curriculum escolar se basaba en que el aprendizaje de buenas maneras era igual o más importante que el de contenidos. A veces se distinguía entre educación e instrucción. La primera tenía que ver justamente con el saber estar. Equivalía a la “buena educación”. Por su parte, la instrucción tenía que ver con materias como la historia o la geografía y con destrezas concretas como leer y escribir o hacer cuentas. Lo interesante es que la educación, entendida en ese sentido, se ponía por delante de la instrucción porque se suponía que a las clases bajas las beneficiaría saber comportarse (según el modelo burgués) y se daba por supuesto que, ya que de todos modos no iban a acceder a unos niveles de instrucción muy altos, al menos contarían con una mínima urbanidad que hiciera el trato con sus miembros más soportable y les permitiera una mínima participación en el juego social. Si no iban a salir de pobres, por lo menos que se codearan con los ricos sin mancharles demasiado la alfombra. En la edición de 1920 del Resumen de urbanidad para las niñas de Pilar Pascual de Sanjuán leemos lo siguiente: “- ¿Las gentes de humilde cuna tienen obligación de observar las reglas de urbanidad? - Sí, y tanto que muchas veces no tienen mejor recomendación para sus superiores que sus buenos modales” (el estilo catequético era frecuente en estas obras).
 
En definitiva, los pobres -y esto en el mejor de los casos- sólo poseían una instrucción elemental, una simple alfabetización, pero se les pretendía educar en valores, mientras las clases altas accedían a una instrucción superior, es decir, a conocimientos y no sólo a valores. Obviamente, y más por falsa conciencia que por hipocresía, no encontraremos en los libros de urbanidad declaraciones explícitas afirmando que los niños pobres deben permanecer en la ignorancia. Lo único que se dice es que la buena educación puede compensar la falta de instrucción. Desde luego, no se piensa que un pobre bien educado vaya a llegar a director de banco (para eso hace falta una instrucción de calidad, aparte del correspondiente capital cultural y social, sin descontar el capital económico familiar que permite el acceso a un buen colegio y a la universidad). Pero sí se piensa que la sociedad será más armónica y menos conflictiva si el aspecto externo de las clases populares -su comportamiento y apariencia- se asemeja al de la burguesía. La idea subyacente es que, merced a las buenas maneras, las diferencias sociales se  atenúan, o por lo menos se tapan un poco.
 
Las clases acomodadas poseían recursos materiales y culturales para que sus hijos adquiriesen conocimientos que les ayudasen a la hora de ocupar puestos altos en la política, el funcionariado, la industria o los negocios. Con la expansión de la denominada sociedad de masas, con la reducción del analfabetismo y con la extensión de la enseñanza pública, avanzado el siglo XX la clase media fue actuando de pantalla sobre la cual se difuminaba la diferencia entre educación e instrucción. Por una parte, la urbanidad se democratizó de forma tal que los modales de la burguesía se volvieron más relajados (sobre todo con la buena imagen que adquirieron la naturalidad y la espontaneidad desde los años 60 o 70) y los hábitos de amplias capas de campesinos y obreros pudieron contar con las condiciones materiales para cumplir ciertos estándares de aseo personal (gracias al saneamiento de muchos barrios o a la construcción de baños domésticos) y de “refinamiento” (debido a la homogeneización de costumbres que impulsaban los medios de comunicación y al propio acceso a niveles elementales de enseñanza, que obviamente no sólo transmiten contenidos). Por otra parte, los niveles de instrucción de las clases bajas también ascendieron, especialmente si los comparamos con la situación de hace cien años.
 
Sin embargo, es evidente que las desigualdades sociales han seguido existiendo. El acceso a la enseñanza universitaria, y no digamos a instituciones de enseñanza elitistas, sigue sesgado en favor de quienes disfrutan de un mayor desahogo económico y cuentan con un mayor capital cultural. De hecho, la instrucción de las clases altas sigue siendo superior. La pregunta, entonces, es hasta qué punto la insistencia en la educación en valores -o sea, lo que tradicionalmente era educación más que instrucción- no refuerza dicho sesgo. La celebérrima LOGSE, que revolucionó la enseñanza española a partir de 1990, enfatizaba precisamente ese tipo de educación. No a través de las antiguas buenas maneras, desde luego, pero sí a través de unos “temas transversales” que vinieron a concentrarse, dieciséis años más tarde, en la Educación para la Ciudadanía. Los contenidos (la instrucción) se asociaban, no sin parte de razón, a la vieja enseñanza memorística. En cambio, los procedimientos y actitudes cobraban un protagonismo que hacía las delicias del poder psicopedagógico.
 
Sin duda, es imposible separar nítidamente educación e instrucción y, se quiera o no, la enseñanza transmite valores, aparte de constituir en sí misma un factor de reproducción de desigualdades sociales. Sin embargo, cabría preguntarse si dedicar tanta energía a la formación de ciudadanos y a las controversias que ello genera -para el caso, tanto da que se pretendan individuos progresistas que reciclen la basura o individuos emprendedores que hagan avanzar la economía- no conduce a olvidar que, en general, los hijos de las clases altas van a seguir adquiriendo unas destrezas de lectura y expresión oral y escrita superiores, van a seguir sabiendo más historia y más geografía y van a seguir teniendo más formación cultural. Por supuesto, no todo es cuestión de instrucción, pero relegarla puede ser fatídico. Los expertos de hace cien años pensaban de los integrantes de las clase bajas que, ya que no iban a salir de pobres, al menos deberían lucir buenos modales. Algunos dispositivos de enseñanza contemporáneos quizá contribuyen a la existencia de efectos análogos. De acuerdo con el modelo neoliberal, quienes no sean capaces de interiorizar los valores del emprendedorismo quedarán invisibilizados como meros trabajadores en precario. El discurso que a menudo se opone a ese modelo se traduce en que, ya que los trabajadores no van a convertirse en emprendedores, al menos que sean ciudadanos virtuosos.

- José Carlos Loredo Narciandi

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Fuera de clase

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Pilar Cucalón, José Carlos Loredo, María Fernanda (Mafe) Moscoso, Marta Morgade, Jara Rocha y Tomás Sánchez Criado.

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