Saberes
Aprendizajes desclasados e inclasificables
03
Feb
2014
16:02
Aborto, cuidado y vida buena
Por Fuera de clase

Foto: Miriam Gartor. Imagen tomada en la concentración en el Consulado de España en Quito el 1 de febrero de 2014.
 

Cristina Vega*

El pasado octubre de 2013, a propósito de la reforma del Código Orgánico Integral Penal en Ecuador y conectando con las aspiraciones de muchas mujeres se lanzó una propuesta de despenalización del aborto en caso de violación. Sin duda, una propuesta de mínimos que impulsaron algunas asambleístas y que fue duramente castigada por el presidente Rafael Correa, que en sus alocuciones llamó “malcriaditas” a las activistas, disciplinó a sus propias filas “desleales” y manifestó estar dispuesto a dimitir “para defender la vida”. Sostuvo además, no sabemos con qué respaldo, que la sociedad ecuatoriana no estaba por la despenalización bajo ningún supuesto.

En esta ocasión se produce una sintonía entre el gobierno de la revolución ciudadana y los sectores más recalcitrantes de la derecha y de la iglesia, entre los que cabe destacar el grupo “pro-vida” 14 Millones. Los argumentos de estos grupos son de sobra conocidos pero además entre ellos figura también la adopción como alternativa al aborto.

En Ecuador, el aborto es considerado la tercera causa de mortalidad femenina. Además, el 32,6% de las ecuatorianas ha vivido un aborto en algún momento de su vida y, según datos de la Organización Mundial de la Salud, 125.000 mujeres abortan anualmente en el país. El embarazo no deseado entre adolescentes llega al 39% y el 60% de esos embarazos es abortado en malas condiciones. Sin duda un grave problema de salud que solo una delirante irresponsabilidad política puede ignorar.

En el siguiente texto, presentado en noviembre de 2013 en las Jornadas Aborto, cuidado y vida digna (Flacso-Ecuador), se exploran en cambio las conexiones entre el derecho al aborto y el cuidado en una línea, desarrollada junto a otras compañeras, que aborda la libertad femenina y la vida buena desde presupuestos no individuales, en los que cobran cuerpo las niñas y los niños y, en general, los vínculos en la vulnerabilidad y el sostenimiento de la vida compartida.

Ver también: http://lalineadefuego.info/2013/10/23/el-derecho-a-un-aborto-libre-y-el-amor-por-la-infancia-por-andrea-aguirre-salas/
 
El derecho al aborto como una forma de salvaguardar el derecho al (buen) cuidado resulta muy pertinente en el contexto español actual. Las impopulares reformas restrictivas que se proponen en un periodo de crisis social, económica y política contribuirían a imponer la obligación a cuidar de las mujeres por encima de cualquier consideración. Indudablemente esto vulnera tanto la existencia digna de éstas como los derechos de niñas y niños a un cuidado respetuoso.
 

En los últimos años, el feminismo ha impulsado una importante reflexión en torno al cuidado de las personas y lo que éste implica en el sostenimiento de la vida. Varias son las motivaciones que la han suscitado, pero yo las voy a desarrollar en las implicaciones que tienen en relación al derecho al aborto.
 
La primera es que el cuidado está injustamente repartido en la sociedad, y que son las mujeres mayoritariamente las encargadas de realizarlo. El cuidado se entiende como una obligación femenina individualizada, y no como una responsabilidad común. Por eso nuestras sociedades apenas han desarrollado sistemas de cuidado compartidos y cuando lo han hecho el acceso a los mismos es deficitario, miserable, una suerte de asistencia para las más vulnerables que a menudo se expresa en términos estrictamente monetarios (“Te doy dinero y tú te las apañas”). Ante semejante situación, las mujeres sí han cooperado, cuidando hijos de vecinas, mirando al abuelo de la otra, haciendo circular a sus hijos en acuerdos extensos de cuidado o cocinando juntas para que la alimentación esté asegurada y la economía familiar resulte menos gravosa. Todo un sistema de sostenimiento invisible, con frecuencia atropellado por servicios uniformizadores que apenas advierten la invención que es la vida cotidiana en la precariedad.
 
La fragilidad de este sistema de interdependencias en una sociedad de mercado es de tal calibre que las vidas de muchas mujeres y criaturas y las condiciones en las que se desenvuelven son absolutamente desconsideradas, dejadas, despojadas y perfectamente prescindibles para el proceso de acumulación. Reproducirse y reproducir a los propios no es, como pensara Marx una cuestión de instinto, sino un enorme esfuerzo socializador en el que se demuestra una gran pasión por la vida compartida.
 
Afirmar que el cuidado es una obligación implica reconocer el sistema de sanciones tanto morales como punitivas que se desencadenan cuando una mujer no alcanza a cuidar o decide abortar por no verse capaz de afrontar lo que bien conoce de primera o segunda mano. Entonces, el peso de la ley cae con fuerza sobre las malas mujeres: las que no logran atender a todos por encima de sus propias fuerzas y las que en un acto de responsabilidad asumen no dar vida conociendo todo lo que esto implica para ellas, para sus familias y para sus potenciales criaturas.
 
Para los sectores conservadores dentro y fuera de los gobiernos que hoy disputan este derecho, penalizar el aborto es decirles a las mujeres y al conjunto de la sociedad que a pesar de todo y por encima de todo, las mujeres están obligadas a cuidar, aun por encima de sus deseos, aun por encima de sus posibilidades, aun por encima del bien de las criaturas, aun por encima de la violencia. Ser mujer es trascender todo esto y elevarse por encima de la vida en tanto vida vivible junto a otras y otros para proyectarse en la imposición. La vida entonces ya está más que dicha.
 
Estas malas mujeres, que se eximen de la obligación que les es consustancial por el hecho de tener la capacidad de dar vida, pueden –según afirman estos sectores - recibir ayuda en forma de asistencia. Así podrán cuidar no sólo de las personas de las que de hecho ya están cuidando, sino de las por venir. Y aquí se pone de relieve el segundo aspecto sobre el cuidado que ha puesto de manifiesto la reflexión feminista.
 
Cuidar se ha caracterizado como un conjunto de tareas (lavar, atender en la alimentación, en el vestido y el descanso, socorrer y estar pendiente de enfermedades, etc.) y un conjunto de disposiciones afectivas que acompañan el desempeño de las tareas. Cuando doy de comer a mi hija considero lo que le gusta y lo que no, se lo preparo de tal y cual modo, le animo cuando está triste o la consuelo y contengo cuando entra en desesperación. Esto lo sabemos todas las personas, porque todas y todos hemos tenido esta experiencia en distintas modalidades de relación con las y los otros. Todas componemos un sentido situado del “buen cuidado” y este sentido no es universal sino que se expresa históricamente de mil formas y en sistemas de valor estratificados. El cuidado no es una actividad mecánica sino cualificada, estilizada y dirigida a otros concretos: mi madre, mi hija, mi amigo, mi pareja, etc., en circunstancias concretas: cuando se deprime, cuando se siente sola, cuando se enferma, cuando está entusiasta, etc. Este aporte que conjuga el afecto en el cuerpo a cuerpo no es privativo de las madres. Lo conocen muchas profesionales de la salud, de la educación, del empleo de hogar, etc. Va incluso más allá de las tareas de cuidado si pensamos que todo en esta vida se puede hacer pensando y anticipando la vulnerabilidad como la condición humana compartida que nos junta.
 
Pero decir que el cuidado es una actividad afectivamentente cualificada no significa que todos coincidamos en qué sea el buen cuidado, especialmente si consideramos la conjunción entre la perspectiva de quienes lo dan y lo reciben, es decir, si nos deshacemos de la consideración de los otros como “dependientes” e incapaces y de la consideración de las cuidadoras como siervas. Mientras nos ponemos de acuerdo en qué sería un cuidado no sólo justo sino también respetuoso y potenciador –cuestión sobre la que sin duda deberíamos debatir a profundidad- en una cosa sí podemos ponernos de acuerdo, y es que el cuidado no es una mera cuestión de recursos.
 
Evidentemente cuidar con recursos es una buena cosa y si son servicios y no dineros mejor, y si son consensuados y pensados desde las comunidades mejor, y si estipulan tiempos para liberarse (todas pero también todos) del empleo mejor y si diversifican los espacios, los sujetos y los modos mejor… podemos pensar en mil cosas, pero si advertimos la componente afectiva que implican, entonces tenemos que coincidir en que el buen cuidado es también un estado animado por una combinación de deseo y sabiduría práctica.
 
El cuidado tiene mucho que ver con el maltrato. No es ese lugar mistificado en el que las mujeres, y solo ellas, se elevan por la vía de la autoafirmación (como quieren las maternalistas) y/o del sacrificio (como quieren los integristas católicos). Cuando la valoración de una persona sólo se refiere a los cuidados que presta, puede generarse un falso sentimiento de poder que se refiere solo y se expresa exclusivamente a través de la persona cuidada, de la que en el fondo se depende para obtener un sentido de sí. Una puede llegar a hacerse omnipotente, ultrapoderosa en el autosacrificio. Del otro lado, cuando una es cuidada de forma intensiva por una sola persona, por ejemplo en los cuidados crónicos, el sentimiento de deuda y dependencia puede ser de tal calibre que se genere un enorme resentimiento producto de la indignidad y el chantaje con la que se es tratada. En la medida en la que en el cuidado se producen y re-producen sujetos y vínculos no podemos ser ajenas a los sentidos, éticos y diversos, que una sociedad pueda llegar a dar al buen y mal desempeño.
 
Sostengo que las mujeres que abortan no son ajenas a estas deliberaciones acerca de los afectos y el buen cuidado. Reducir el deseo o no de dar vida a una cuestión de pobreza, falta de prestaciones o sobretrabajo es simplemente desconocer la potencialidad que entraña el cuidado en el desenvolvimiento de una vida buena. Reducir los dilemas del aborto a recursos (o, como sostienen algunos, de normalizar familias disfuncionales) es una forma de bloquear cualquier consideración acerca del deseo, el goce y una reflexión colectiva sobre el respeto, la autonomía, el vínculo, la dignidad, la aceptación y reconocimiento mutuo y, desde luego, la justicia. No hay una ética del cuidado y una ética de la justicia, sino que cuidar y decidir no cuidar entraña inevitablemente deliberaciones acerca de qué sea deseable y justo para las personas en situaciones en las que dan y reciben cuidados teniendo en cuenta esta condición de vulnerabilidad que nos atraviesa. Así, poner en valor los afectos y modos de hacer en las opciones que tomamos cuando decidimos dar vida o sostenerla es una cuestión crucial estrechamente vinculada a la lucha contra el daño y contra toda forma de violencia.
 
Espero que se entienda que no estoy desconsiderando la importancia de los recursos materiales que todos necesitamos en el desempeño de nuestras vidas, sino más bien afirmar que son una condición necesaria pero no suficiente para el desenvolvimiento de una vida buena. Esto sin entrar en debates acerca de qué consideremos recursos, qué recursos sean adecuados y justos en contextos tan diversos como los que nos encontramos, quiénes estén comandando su creación y distribución social y qué efectos pueda tener tal capacidad en los procesos sociales de autonomía y vida buena. Cuestiones, todas ellas, que ponen en jaque el papel del Estado y las visiones que tenemos acerca de la pobreza y el desarrollo.

Hay una tercera consideración que me gustaría compartir aquí y que también ha sido desarrollada desde el feminismo aunque en menor medida. Se la presento como un terreno de indagación. Se trata de una reflexión sobre el cuidado y la identidad de madres e hijos. El cuidado comienza en el acto de proyectar o no proyectar una vida a sabiendas que ésta está atravesada por la vulnerabilidad y que es esta condición compartida la que nos vincula. Dar y sostener la vida es abrir una pregunta para toda la vida sobre el vínculo: ¿qué nos une? ¿cómo hemos llegado a estar juntas? ¿qué vamos a hacer con nuestra vida en compañía? Son las preguntas que socializan a nuestros hijos y a nosotras mismas. No se cansan de preguntar cómo nacieron, cómo fueron pensados, qué hacíamos mientras los esperábamos, qué dijimos al verlos… Esta pregunta abierta e incesantemente narrada se refiere a la identidad-en-relación, y es la base sobre la que se sostienen el sentido de sí que construimos. ¿Qué podemos decir entonces de una vida que emerge en un acto de imposición y negación?
 
Los sectores que defienden penalizar a las mujeres que deciden no dar vida están dispuestos a conceder que éstas no tengan la obligación de cuidar. En este caso, el único caso en que acuerdan tal posibilidad, no recurren a la dotación de recursos para condicionar la vida de las mujeres, sino que plantean la adopción como una alternativa, tanto para las mujeres como para los niños. Así, se preservaría la decisión de la mujer de no asumir sostener una vida que no desea atender y las posibilidades de preservar un embrión para que se convierta en una criatura. Además, de paso, se colmarían los deseos de otras personas que no pueden o no quieren tener hijos biológicos.
 
A mi juicio aquí nos enfrentamos a varios problemas. El primero es la desconsideración absoluta del proceso de dar vida. La vida, no lo olvidemos, nos es dada y esto entraña una experiencia de gestación, que como la de cuidar, ha de ser deseada. Gestar un hijo que no se desea me parece un acto de abuso intolerable, una imposición corporal que no se sostiene, una reducción de las mujeres a úteros.
 
Creo que los sectores que buscan dicha imposición confían en que en el proceso las mujeres que no queremos tener hijos cambiaremos de opinión o, de modo perverso, confían en proporcionar niños y niñas para otras familias con recursos que también ansían la crianza. En el primer caso, como digo, el cuerpo de las mujeres es reificado desconociendo los procesos subjetivos que atraviesan el deseo, la espera y la acogida de un nuevo ser en el mundo.
 
Con respecto al segundo caso, creo que estas personas están pensando de forma estrictamente instrumental e interesada en los padres y madres adoptantes y no en la criatura, que estaría expuesta a un desapego corporal de la madre biológica. Esto pensando en bebés; si ya consideramos a niñas y niños más mayores, lo que estamos admitiendo, normalizando o, peor, instando es a que los niños se vean expuestos a situaciones de abandono, así sea temporal, e institucionalización hasta la asignación, hecho que acarrea enormes consecuencias para las criaturas.
 
La adopción es una salida posible a situaciones de abandono que de hecho se dan cuando las mujeres no pueden sostener a sus hijos, habitualmente por condiciones de privación extrema, violencia o enfermedad. Entonces, la vida de estos niños y niñas puede ser sostenida en mejores circunstancias, pese al dolor, la violencia y el duelo que representa dar en adopción un hijo parido, y recibir y sostener a un ser atravesado por una experiencia semejante. El abandono cuando existen posibilidades de adopción es una forma de expresar que esa vida merece ser atendida, sin embargo, si tenemos presente la travesía de identidad que representa, tanto para la madre biológica pero sobre todo para la niña o el niño, y en segundo plano, para la persona adoptante, no podemos hacer de esta salida extrema para las que ya son madres un opción viable para quienes no desean tener hijos. La mejor forma de expresar respeto hacia la vida por venir cuando no se desea es abortar, especialmente cuando pensamos que una de las situaciones que puede implicar abandono es la imposición de la maternidad.
 
El abandono es una herida profunda, un quiebre de la identidad y la comprensión de sí, algo que se revela antes pero principalmente en la adolescencia, cuando las personas buscamos un sentido en el mundo volviéndonos hacia nuestros orígenes en tanto organismos vivos, conectándonos con pérdidas y dolores primarios, explorando los grandes y pequeños abandonos que todos experimentamos y preguntándonos por el sentido que nos dieron cuando nos buscaron, proyectaron y recibieron aferrándonos con fuerza para que no cayéramos. Presentarse y hacerse cargo de esta condición permanente y hasta cierto punto inescrutable, abierta, enigmática en tanto madres adoptivas no puede implicar promoverla frivolizando o instrumentalizando la vida de mujeres y criaturas.
 
El principio de la adopción es buscar padres y madres para niños que por circunstancias sobrevenidas lo necesitan a sabiendas que es mejor crecer en un entorno de cuidado que hallarse desprotegida o institucionalizada. El principio no puede ser hacer de los niños (no deseados) una mercancía para una demanda incumplida. La idea de preservar las necesidades de los niños rige muchos organismos de adopción, a pesar de lo cual, la adopción no ha estado exenta de dinámicas de mercado en un mundo global desigual en el que las condiciones para sostener la vida se ven amenazadas en muchos lugares del planeta. Si dichas dinámicas representan una amenaza y un cuestionamiento ético, imponer la obligación de parir hijos para entregarlos a otras personas es, igualmente, un acto de crueldad inaceptable que comienza con una negación socialmente premeditada: desmentir a la madre como sujeto real y simbólico, y legar dicha acción a la criatura a sabiendas de que esto pudo evitarse.
 
Nuestros hijos tienen derecho a preguntarse por su identidad junto a nosotras y la respuesta no debería ser en ningún caso: tu madre se vio obligada a tenerte aunque no quería porque yo podía ser tu madre.
Para terminar, si consideramos estos tres elementos vitales como pura positividad: la responsabilidad en el cuidado, la búsqueda ética y compartida del buen cuidado y la vida buena y la consideración y respeto a la producción de identidad en el vínculo, tenemos que concluir que el derecho al aborto es crucial para componer una existencia digna e igualitaria entre todas y todos.
 

 
Quito, Martes 12 de noviembre 2013
 
*Cristina Vega forma parte de la Flor del Guanto, revista feminista ecuatoriana. Es madre adoptiva y trabaja como Profesora Investigadora en el Departamento de Sociología y Estudios de Género, Flacso-Ecuador.
 

comentarios

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    María Alicia Gutiérrez
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    Mar, 02/04/2014 - 00:30
    Excelente artículo. Argumentos irrefutables en la línea del derecho de las mujeres, el tema del cuidado de las generaciones y la identidad. Me intereso muchisimo porque va en la línea de lo que estoy trabajando. Me gustaría tener el mail de la autora para conectarme con ella. Muchas gracias Maria Alicia Gutiérrez Facultad de Ciencias Sociales Universidad de Buenos Aires, Argentina
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