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Disfrutando del alambre y sus contradicciones. Jugando al funambulismo libertario
10
Jul
2015
16:54
La fría campaña rusa

El texto que sigue consta de tres bloques redactados por distintos autores, que pueden ser asimilados esquemáticamente a tres objetivos: análisis del ciclo político, análisis de las políticas de devaluación social y análisis del ciclo económico. Las cuestiones abordadas requieren un estudio de mayor profundidad, por ello la intención de los autores no es otra que la de tratar de esbozar algunas de las claves del momento presente. La separación de lo político, social y económico es siempre problemática; en este caso constituye un intento -probablemente fallido- de organizar las ideas surgidas del debate colectivo.

El título del texto "La fría campaña rusa" hace alusión al intento alemán de conquistar Rusia durante la Segunda Guerra Mundial por medio de la táctica de la “Guerra Relámpago”, que se saldó con una derrota estratégica ante lo que pasó a ser una campaña mucho más larga de lo previsto.

Parte primera.

”En el seno de una lucha de clases que se mueve en la ambivalencia entre el cuestionamiento y la recomposición de la relación de clase, el hecho de no tener perspectiva revolucionaria actúa sin duda en el segundo sentido: el de la recomposición.”  Leon de Mattis - Las medidas comunistas.

Somos conscientes del poder de seducción que ejercen las posiciones que anuncian una salida inminente y no conflictiva del actual atolladero. Pero quienes ligan el acceso a las instituciones a un marco de victoria y asalto a corto plazo, tienen al menos una cosa en común con quienes sostienen que estaríamos saliendo de la crisis: niegan, unos apelando a la ventana de oportunidad y otros a la macroeconomía, que entramos en un período de ciclo político largo y estancamiento profundo de nuestras condiciones de vida.

Dos elementos que nos recuerdan la hipoteca que teníamos con la palabra crisis: el uso de una misma palabra para referirse a la crisis de la economía capitalista y a la de nuestras condiciones de vida, vinculaba nuestros destinos con los del capital. Lejos de formar una comunidad de intereses con éste, hoy parece que la mejora en los datos macroeconómicos se asienta sobre el necesario empobrecimiento generalizado, la precarización del trabajo y las reformas estructurales. De nuevo el capitalismo habría utilizado la crisis para purgar los elementos que lastraban su crecimiento, llevándose por el camino buena parte de las conquistas sociales.

Apostar por las luchas precisamente cuando asistimos al bloqueo de un ciclo de movilización puede parecer una obsesión compulsiva. En ausencia de una fuerza social que demuestre que “sí se puede”, la esfera prevista en nuestras sociedades para la resolución de conflictos toma el relevo. En este contexto, no es suficiente decir que hay un bloqueo del movimiento popular por sus propias limitaciones y que la participación electoral-institucional no es su salida.
 

Seguimos siendo incapaces de enfrentar dichas limitaciones: el movimiento por el movimiento, la falta de dimensión estratégica, de contenidos programáticos, de densidad organizativa, de reconocimiento de las propias victorias, de significantes comunes, de habilidad comunicativa, etc. Mientras no abordemos estas tareas, no será posible fortalecer aquellos elementos presentes hoy en las luchas que anuncian una perspectiva de ruptura. En este sentido, se hace necesario recordar que pese a la sensación de oportunidad perdida que planea sobre los entornos militantes, la partida sigue abierta.

Es incontestable que la expectativa generada por la burbuja electoral municipal, autonómica y general, ha operado como anestesia de algunas expresiones de la movilización. Si bien no lo ha hecho de forma homogénea, ha anestesiado principalmente aquellas expresiones más mediatizadas, ligadas en menor medida a las necesidades inmediatas y percibidas socialmente como parte del segmento social que ha dado el salto “de la indignación a la arena política”.

Por desgracia, no significa que estén en pie de guerra los segmentos sociales bajos que incluyen a la clase obrera tradicional y a un enorme proletariado de servicios. Siguen siendo una incógnita política que en vista del reparto de fuerzas actual no da muchas razones para el optimismo. En tanto que incógnita política y vote a quien vote en las sucesivas elecciones, puede bascular a medio plazo hacia posiciones reaccionarias si no se articula en torno a un programa social.

En ocasiones ha demostrado tener una cierta dinámica propia en conflictos laborales localizados o ligados al sindicalismo social. Pequeñas señales de que el campo de segmentos sociales movilizados, o predispuestos a hacerlo, puede estar ampliándose más allá  de los perfiles que habían sido protagonistas hasta ahora: clases medias en crisis, de mediana edad, con altos niveles de formación, etc.

Cuando pensamos en las Marchas de la Dignidad, todavía hoy nos viene a la mente la noche en que un inspector cartaginés de la unidad Puma-70 de la UIP se topaba con que la expresión más cruda de la indignación le mandaba de vuelta a su ciudad natal. A veces el componente épico de las convocatorias impide comprender las potencialidades y corrientes de fondo que entran en juego en cada momento.
La organización de las Marchas permitió, a pesar de sus limitaciones internas y externas, la entrada en escena de sectores del activismo principalmente sindical previos al ciclo de luchas del 15M, en un período difícil caracterizado por el protagonismo electoral y entorno a unos contenidos programáticos que expresaban una cierta independencia política. Al margen del recorrido que puedan tener las próximas convocatorias, la potencia expresada el 22M de 2014 y el 23M de 2015 no desaparece sino que permanece a la espera de ser “reactivada”.

Parte Segunda.

“Salir de la ideología para situarnos en el terreno práctico de la lucha de clases.”  Colectivos de Solidaridad de París.

Partiendo de una mirada mistificada de los textos revolucionarios clásicos concebidos como depositarios de formulaciones mágicas, puede parecer que la situación en la que se encuentran los movimientos populares y la orientación de la mayoría social es tremendamente compleja. El descontento producido por el empeoramiento de las condiciones de vida en un espectro que comprende desde las clases medias hasta “la gente de una clase social mucho más baja” que la de Pablo Iglesias, y que se había movilizado a raíz del 15M, se está canalizando hacia el terreno electoral –institucional. Lo cual nos empuja a tratar de esbozar un análisis que pueda proyectar en algún momento una propuesta realista de ruptura.

La evolución de los datos macroeconómicos de España durante  el primer trimestre del 2015 muestran una mejoría general con un crecimiento que superó las tibias expectativas del BCE, el FMI y la UE. Sorprende el tratamiento fetichista de la información que ofrecen economistas y periodistas al describir la evolución de estos datos como una enfermedad humana, dotando a la economía de capacidades como el sentir sufrimiento o enfado. En este sentido, poco tienen que ver los datos con la miseria -no metafórica- de las familias que a día de hoy siguen siendo desahuciadas o viven en condiciones de penuria. Las condiciones realmente existentes no cambiarán a golpe de previsión del BCE, más bien al contrario. Sus motivos de alegría no tienen para nada que ver con los nuestros, el regocijo por la cercana salida de la crisis no repercutirá en una mejora de las condiciones de vida de las capas populares. Sólo se traducirá en una reformulación de las condiciones de explotación y de los mecanismos de obtención de beneficios.

En este clima de recomposición del capital, asistimos al aumento exponencial de la represión. Desde hace un tiempo se ha roto esa barrera que de alguna manera venía impidiendo desde el 15M que activistas implicados en hechos derivados de todo este ciclo entren en prisión, tanto preventiva como bajo condenas firmes, lo que ha puesto a prueba la capacidad de afrontar la situación. Si bien este hecho puede de alguna manera ayudar a poner el foco sobre la cuestión de las cárceles, también puede provocar la entrada en un círculo vicioso que haga girar todo en torno a lo represivo, llevando entonces a un colapso de las luchas.

La situación se presta, además, al uso de la inmigración como chivo expiatorio sobre el que descargar frustraciones. La ausencia de un partido que articule formalmente ese sentimiento más allá de los espacios marginales no implica que el sentimiento no exista, convertido en sentido común por la asociación mediática entre inmigración, delincuencia, violencia y “asaltos” a la valla de Melilla. Ese mismo discurso ha servido para denostar a personas de etnia gitana, gente sin hogar y personas que se encuentran más allá del llamado umbral de la pobreza. Umbral que en realidad delimita lo socialmente aceptable, fuera del cual uno es susceptible de ser reconocido como amenaza por el hecho de buscar un medio de vida.

A la situación mencionada hay que sumar el progresivo desmantelamiento de los servicios públicos, desde la sanidad y educación hasta la dependencia, pasando por la justicia. Este proceso se inscribe en la lógica capitalista de aumento de beneficios a toda costa. Habiendo esquilmado ya otros nichos de ganancia como era el mercado inmobiliario hasta el estallido de la burbuja, apunta a los servicios públicos. Señalar que estamos ante un proceso de desmantelamiento no significa que seamos acríticos con la función social que éstos cumplían, o que no se hubiesen producido fenómenos de privatización con anterioridad, si bien es cierto que se han agudizado en cantidad y profundidad. Este punto plantea serias dificultades para las posiciones extraparlamentarias que pretendan configurar alternativas de gestión viables y realistas de lo común. Si las experiencias de autogestión de la educación en España tienen resultados aceptables a pesar de ser una opción limitada a la burguesía, otras como las de la salud en Grecia muestran también importantes obstáculos que vadear. Y es que cuando nos referimos a los servicios públicos nos estamos refiriendo a una forma de gestión de las necesidades vitales.

La función desempeñada por estos puede ser criticada desde muchos aspectos ya suficientemente detalladas en otros textos, sin embargo, si queremos mantener la esperanza de iniciar algún día un proceso revolucionario, será difícil hacerlo teniendo que atender durante una vida a un familiar en situación de dependencia, algo que dadas las condiciones de envejecimiento progresivo de la población española no será anecdótico. O si nos encontramos empobrecidos hasta el límite de la subsistencia por tener que hacer frente a los continuos pagos de servicios privatizados. Este no es un escenario en el que parezca posible articular una acción colectiva que vaya  más allá de la posición defensiva, por lo que, pese a las contradicciones ideológicas que pueda generar, cualquier tipo de movimiento rupturista tendrá que prestar atención a esta cuestión y plantear una defensa de los mismos desde una posición crítica. Todo lo cual debe ir encaminado a impedir que esa lógica del beneficio y la rentabilidad calen todavía en mayor medida.

Parte tercera.

“La mayoría de las ideas falsas sobre el mundo arcaico tienen como fundamentos la eternización de las categorías mercantiles y la creencia en su naturalidad. Lo que el hombre moderno cree ser, cree igualmente que todos los hombres del pasado han sido, con la pequeña diferencia de que ellos lo habrían sido menos perfectamente”  Tiqqun - De la economía considerada como magia negra.

La recomposición del modelo productivo y de acumulación parece poner en cuestión de manera reiterada todas las elaboraciones teóricas desarrolladas en los despachos departamentales de las universidades occidentales, e incluso aquellas surgidas del seno de los movimientos activos en cada coyuntura. Las fluctuaciones teóricas que esto conlleva ha hecho caer en lo que consideramos errores de la revisión tanto de las tesis análiticas del capitalismo en lo que se refiere a sus pilares o fundamentos, como en las tesis revolucionarias u orientadas a la transformación social. Así la deformación de la mirada tanto del marxismo tradicional, como de buena parte del resto de teorías anticapitalistas, han estado bloqueadas por una falta de discriminación entre contenido y forma, no siendo capaces de dirimir entre lo esencial y lo cutáneo. La expansión del modelo de desarrollo manufacturero global y la deslocalización ha hecho a los teóricos de la posmodernidad creer que todo había cambiado, que el hecho de la reducción drástica de núcleos fabriles en nuestros Estados había hecho que todo mutara, que era la hora del “borrón y cuenta nueva”.

Acompañando a esto se abalanzó en la segunda mitad del siglo XX un aluvión de críticas profundas a la sociedad del libre intercambio de las mercancías que había estado oprimiendo de distinta manera a muy distintos grupos, sin dar cuenta que aunque el quién y el cómo eran distintos, el porqué no lo era tanto. Éstas acabaron haciéndose vagas en lo que respecta a la identificación de mecanismos y al elemento material de todas ellas. Para algunos de estos “teóricos de lo social” parece haberse dado el surgimiento de nuevos problemas que se han derivado de la reformulación del capitalismo en los periodos previos a sus escritos. Esto nos hace preguntarnos: ¿acaso surgieron de la nada los problemas de las mujeres, los migrantes, las cuestiones sexuales o los planteamientos nacionales en la segunda mitad del siglo XX?

El ciclo de acumulación y crecimiento ha venido teniendo expresiones obvias y tangibles en los últimos veinte años, como la compra de vivienda y artículos de precio elevados, la ensoñación del pleno empleo o el cliché de la fantasía del crecimiento y el progreso infinito como condición propia y deseable de las sociedades modernas. Este ciclo no se ha separado ni un ápice de los motivos del desastre que ha supuesto la caída de los índices macroeconómicos para una buena parte del proletariado occidental. El endeudamiento privado ha supuesto un papel fundamental en la formulación trabajo-tiempo, planteando la necesidad de adquirir mercancías mucho más rápido de lo que se producían, llegando al límite de este mecanismo histórico. Así el asentamiento del discurso de las clases medias con acceso a bienes impropios de su misma condición social de clase ha venido haciendo de la expansión de la burbuja crediticia un factor determinante que ni siquiera ha tenido fin con su estallido.

En este sentido diríamos que se ha dado un “capitalismo popular a crédito” para buena parte del proletariado en los últimos 15 años antes de la crisis, eso sí, no sin graves consecuencias. Se instalaba así lo peor del rechazo a la propia identidad de clase y, simultáneamente, lo peor de lo que algunos entienden como conciencia proletaria: respectivamente, un rechazo a la condición misma y posición social en las relaciones clasistas; y un enaltecimiento del trabajo como súmmum de la condición humana. Así ni tan siquiera el desmejoro en las condiciones de trabajo ha hecho que el seno de la clase obrera se haya dado un repunte del rechazo al trabajo asalariado, dilapidando las más mínimas quejas con un “al menos tiene trabajo”. Así el mecanismo autoinmune del capitalismo de crisis-paro se ha instalado en la ideología del proletariado inconscientemente como una expresión de salud y vigor más que como un una enfermedad. Se hace necesario en el seno de la sociedad de la mercancía, por tanto, un desequilibrio entre producción y consumo, así como a la contradicción subyacente entre producción y circulación, haciendo de las crisis un elemento intrínseco al capitalismo.

Esto también se ha instalado en las elaboraciones discursivas de buena parte las fuerzas políticas nacidas durante y tras la crisis en Europa. La caída de la idea del Socialismo de Rostro Humano ha hecho de los sectores que lo apoyaban reconvertirse en los teóricos del Capitalismo de Rostro Humano volviendo a fundamentar los pilares de sus reflexiones y críticas al capitalismo y al mercado en la cuestión de la distribución. Así en cuestiones como el impago de la deuda o la recomposición de la economía las posiciones que han venido postulándose como las mayoritarias o principales son las de un abnegado pago de la deuda a regañadientes y con pequeñas reformulaciones en cuanto a quién paga cuánto, pero al fin y al cabo, se presenta para ellos inevitable su pago.

Así, los petulantes "economistas de izquierdas" no han hecho más que convertirse en conservadores, en las huestes defensoras del status quo frente a la fresca legión de economistas neoliberales abiertamente defensora de los intereses de la burguesía, quienes, al menos, aún mantienen un ánimo de ensoñación y de transformación, aunque sea en nuestra contra. No podemos más que admirar a economistas de tertulia como Daniel Lacalle, quien en ocasiones parece comprender mejor, y no avergonzarse en mostrarlo, las relaciones de enfrentamiento de clase o su compromiso férreo con los intereses que defiende. Aparte bromas y provocaciones, parece fundamental acrecentar la prioridad del proletariado con voluntad transformadora en la atención a las dinámicas internas del capitalismo, y dejar de plegarnos ante éstos infructuosos y conservadores economistas incapaces de cortar el cordón umbilical de sus universidades y academias.

Como consecuencia, brotan las propuestas, más que críticas, alternativistas. Cuando el modelo de crecimiento se pone en tela de juicio a propósito de sus formaciones cuasi estructurales y en cuanto al desenvolvimiento de sus dinámicas internas, también se ponen en tela de juicio algunas de sus teorías críticas de respuestas, las cuales ponían como hechos fundamentales estos puntos. Así las teorías “críticas” que planteaban una dicotomía entre grandes empresas o corporaciones y, por otra parte, pequeñas empresas locales y cooperativas, se demuestran como una soberana memez. En los últimos años ha habido un aumento de lo que ha venido llamando de manera, más que irónica, cínica: “economía social”. Basadas en modelos de organización empresarial renovadores y proyectos alternativos, que han puesto el centro de atención en las consecuencias sociales identificadas como más graves del capitalismo. Estos modelos no han solido tener en cuenta que no se hacía el menor cuestionamiento de los elementos fundacionales del capitalismo, haciendo una revisión a pequeña escala de los análisis que se mostraron erróneos de una buena parte de aquellos que se reivindicaban como marxistas en la tradición occidental, cejando su obsesión en la distribución o en los aspectos más anecdóticos de la forma de producción y no en el seno de ésta o en el trabajo mismo. El problema de la teorización de los parches al capitalismo, no es que sean insuficientes o de su condición moral y de principios, es que estos no son tal, incapaces de tapar nada e inocuos ante una maquinaria con un funcionamiento arrollador. Por tanto, no se puede parar la lluvia con un toldo hecho con una red de pescar, aunque se pongan parches de manera compulsiva.

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Equilibrismos

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