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Notas y debates desde el colectivo que edita este periódico
19
Jul
2016
08:00
Mira y no escribas
Por Colectivo DIAGONAL
Curro Oñate

El 19 de julio 'Diagonal' participa en el Curso de Verano de la Universitat Jaume I sobre periodismo independiente y cambio social. Laura Corcuera, periodista y miembro del colectivo editor ha aprovechado la ocasión para escribir este texto.

“¿Por qué la expresión de nuestro estupor, de nuestra náusea, irrumpe y se desvanece al ritmo de un gif? ¿Por qué no se concreta en nuevas prácticas, es decir, en procesos fecundos que modifiquen las estructuras que suprimen la posibilidad de una vida digna?”, Escribir fuera de sí, de Vivian Abenshushan.

El concepto de “independiente” es tan ficticio como el de “objetividad” en los medios de comunicación. Pero asumamos que la ficción es necesaria para entender la realidad y el propio sentido de nuestro tiempo. Como escribió el Comité Invisible, “necesitamos ficciones, o un horizonte para el mundo, que nos permitan aguantar, que nos den aliento”. Una frase motivadora para unos tiempos de guerras, desigualdad, miedos, desmantelamientos de lo común y crisis de modelo económico.

Hoy el ecosistema mediático es más rico y dinámico que nunca. Pero también es más precario

Después de once años de andadura comunicativa, con el bagaje que nos dio Upa Molotov (y haciendo genealogía, el diario Liberación y la revista Ajoblanco), Diagonal es un periódico que capea los tiempos y quiere fortalecer su apuesta por la soberanía informativa. Un medio que se autodenomina (inter)dependiente de la comunidad, formada por miles de suscriptores (en papel y en digital), colaboradores (escritores, editores, foteros, ilustradores, cámaras, infografistas, informáticas, correctores, traductores) y anunciantes (publicidad ética) que lo sustentan económicamente, lo elogian y también formulan críticas constructivas que permiten seguir elaborando un periodismo honesto y comprometido en 2016, España, sur de Europa.

Si las metáforas nos piensan, también lo hacen los marcos, claves y contextos que, con mayor o menor habilidad periodística, somos capaces de dibujar colectivamente (con liderazgos no personalistas ni carismáticos) en un mundo que va a muchas velocidades. Por eso, en el camino, es importante pararse, mirarse a los ojos y repensarse. Por eso Diagonal lleva dos años elaborando una hoja de ruta para la creación de una plataforma transmedia que aúne las fuerzas necesarias para informar con impacto de los acontecimientos que hoy se siguen silenciando o criminalizando desde la compleja arquitectura mediática. Un nuevo medio de comunicación que contribuya a salvaguardar las libertades y derechos que son de todas y están en peligro.

Por eso, desde las premisas de la economía solidaria, vamos a crear una cooperativa estatal de medios. Vamos a iniciar la creación de una constelación periodística vinculada a movimientos sociales y ciudadanía en movimiento, un medio de comunicación que llegue a la mayoría social (“las decenas de millones de personas que estamos abajo”), al grueso de la población que hoy sufre en sus carnes las políticas austericidas de la Troika y del Eurogrupo con la complicidad de gobiernos, lobbies y multinacionales orientadas a la especulación financiera y a la ambición patológica.

En 2017 Diagonal y amigas queremos ocupar ese lugar antes de que aparezcan más sabuesos y se coman los múltiples huecos que vislumbramos hoy. Se trata de tejer en el cotidiano una suerte de coherencia entre lo que decimos, lo que pensamos y lo que hacemos. Sea en el ejercicio del periodismo, en la acción cultural y artística, fregando suelos o en el Congreso de los Diputados. Para eso hay que mojarse, posicionarse, arremangarse, como decimos en Aragón.

Una postura personal para contribuir a lo colectivo

Más allá de tendencias y modas, más allá de la imperante necesidad material de buscarse la forma de llegar a final de mes, mi forma personal de ver la cosa como periodista es la siguiente: rehuyo del “sálvese quien pueda”, me importa contribuir con la pluma a un periodismo situado en España. Quiero participar en proyectos comunicativos rigurosos que produzcan y distribuyan información (contenido y forma) según protocolos deontológicos y de responsabilidad social reales, poniendo en práctica los estándares de la profesión periodística descritos en innumerables papeles, tratados y códigos que las empresas informativas convencionales suelen usar para lavarse la cara en tertulias, galas de premios y cursos de verano de universidades.

Reseño una experiencia que hoy resulta poco original como deriva en España: mientras participaba en Diagonal coordinando áreas temáticas del Suplemento Culturas y de la sección Saberes (Educación, ciencias y tecnologías), entre 2005 y 2010 trabajé como periodista científica, primero como jefa de prensa de una institución de reconocido prestigio, y luego como editora jefa y coordinadora de la primera agencia pública de noticias científicas de este país. Allí dirigí a un equipo de periodistas, trabajé para las altas instituciones del Estado y estaba orgullosa (sigo estándolo) de ayudar a construir un servicio público informativo pagado con los impuestos de toda la ciudadanía española. En las navidades de 2010 sufrí un despido improcedente de la Administración Pública. No fui ni seré la única en pagar el precio de decir y hacer lo que una piensa desde la honestidad, lealtad institucional y ejercicio profesional.

En 2009, se me investigó por participar en un medio “de extrema izquierda” (flipa), por haber escrito artículos contra la reforma de la LOU y Bolonia, se me pidió que abandonara esa cabecera, que “entrara en razón” (tengo varios cuadernos escritos sobre aquella historia kafkiana). Yo me negué a quitar mi nombre de la mancheta, no veía “incompatibilidad”, cuando la Administración me contrató en mi CV ya mencionaba el proyecto comunicativo que a día de hoy más orgullo personal, profesional y político me ha dado en compañía de decenas de plumillas: Diagonal.

En 2011 mi vida dio un salto a la precariedad, a la cola del paro y al reencuentro conmigo misma. Me volví a formar, diseñé un año sabático sui generis y ejercí después lo que en términos marketinianos se llama “emprendeduría” (crear tu propio negocio, creciendo y compitiendo que es gerundio) y que yo prefiero llamar “supervivencia creativa ligada al asociacionismo y cooperativismo bajo premisas de la economía social y solidaria”. Abandoné la ciudad y me refugié en la Sierra Norte de Madrid, espacio desde el que escribo este texto seis años después.

Nunca me enfadé con la institución que me despidió. Entendí, en un ejercicio profundo de distanciamiento, que eran las personas (más o menos mediocres e ineptas) que coyunturalmente ostentan el poder en esa institución las responsables de semejante gesto. La Administración pública española había empezado a comportarse como una empresa privada muy pronto, a mediados de los 80. Y así ha seguido procediendo. Un fantasma recorre Europa y se llama neoliberalismo. “Tome el cheque y no vuelva mañana. Es un despido improcedente y nos vamos a gastar decenas de miles de euros públicos en echarte a un lado”, me dijeron. No fui ni seré la única. Pero aquella minicaza de brujas sólo sirvió para reforzar mi compromiso con la ética periodística, con el tercer sector de la comunicación, y más importante, con la vida que deseo vivir.

El ejercicio informativo no puede salirse –por más que lo aparente– de la realidad de la que forma parte. En el mejor de los casos puede distanciarse o usar un zoom para –vuelvo al meollo– crear marcos discursivos y contextos que nos permitan extraer conclusiones transformadoras y no ahogarnos en las aguas del desencanto, la ansiedad, el miedo y la impotencia. Buena nota deberían tomar lxs próximos gobernantes con respecto a la regulación de los medios de titularidad pública.

Crisis o estafa del periodismo

Reseño otra experiencia personal que va antes en el tiempo: la primera vez que oí hablar de la crisis del periodismo fue en Bruselas, en el año 2000, cuando estudiaba cuarto de periodismo en la ULB. Allí aprendí lo que significaba “geopolítica de la comunicación” con maestros como Armand Matterlart, estudié como no lo había hecho en los tres años anteriores en la UCM. No era una crisis del periodismo, era una estafa. En Bruselas nos movilizamos contra Bolonia, contra la mercantilización de la educación y la Estrategia de Lisboa, llevábamos perolas de pasta a la bolognesa delante del Parlamento Europeo y hacíamos Street Parades que servían para unirnos, estudiantes y precarixs que no comulgábamos con el sindicalismo clásico. Esto lo viviría después en Italia, ocupando varios espacios en la ciudad de Roma, aprendiendo de las telestreets y de RadioOndaRossa, y organizando el primer MayDay en Milán en 2003. En los primeros años del nuevo milenio, en círculos activistas y universitarios hablábamos de “guerra global permanente”, de la “Europa del capital”, de “crisis del capitalismo y resistencias a la condición neoliberal” y también de la “nueva era internet”.

Parece que durante este tiempo nada ha cambiado. Y sin embargo, todo ha cambiado. En el Estado español nos han pasado por la piel dos ciclos de movilizaciones sociales descentralizadas primero contra la guerra (2003), luego contra la estafa de la crisis capitalista y el austericidio (2011). Mientras tanto, en España han desparecido casi 400 medios de comunicación y han nacido otros 400 nuevos. El uso del móvil y de las redes sociales se ha generalizado y, a pesar del control que intentan ejercer los grandes operadores, sigue teniendo muchas potencialidades. Hoy el ecosistema mediático es más rico y dinámico que nunca. Pero también es más precario y sigue soportando en silencio la tragedia del periodismo.

“Vamos perdiendo el miedo a movilizarnos porque ya no tenemos nada que perder”. Esta frase podría venir hoy de cualquier lugar del planeta. Las redes sociales e internet están canalizando un proceso de transformación social irreversible, llegan las censuras, los intentos de controlar la neutralidad de la red, y también llegan los crowdfundings, los blogs que informan mejor que los medios mainstream, aparece el chiste de Wikileaks, afloran los Papeles de Panamá, aparece Filtra.la (donde Diagonal colabora junto a La Marea y El Diario)...

Y mientras Europa, a golpe de shocks orquestados desde las elites económicas y políticas, se entronca en posturas clasistas, xenófobas e islamófobas, la UE se desintegra como proyecto económico (no sé si hubo alguna vez un proyecto político), el capitalismo financiero prosigue su huida hacia adelante, cueste las vidas que cueste. Pero llegará el día que desaparezca el euro y la deuda no será económica, si no moral, hacia los cientos de miles de personas refugiadas que han muerto en el camino. Quizás nosotras mismas somos ya refugiadas en un sistema de símbolos que se hunde como el Titanic. A estas alturas del texto, aparece Nina Simone y canta Ain't Got No, I Got Life.

Las tensiones, presiones y autocensuras, latentes en la base del iceberg comunicativo, responden en gran medida a las extenuantes condiciones materiales en las que (sobre)vivimos, condiciones de explotación laboral como asalariada, y condiciones de supervivencia si una forma parte del cada vez más numeroso precariado o lumpenprecariado. ¿Podemos hablar de libertad de expresión si cada vez tenemos más reducida la gestión del tiempo propio, de la vida? ¿Qué cúmulo de hipocresías discursivas ingerimos para anestesiarnos, para ver el mundo en binarismos y bandos competidores? ¿Es prioritario el reclamo de una soberanía informativa? ¿Una nueva alianza entre medios de comunicación y ciudadanía? ¿Repensar las relaciones entre comunicación y política?

La tragedia del periodismo es mirar y no escribir. Y eso es lo que acontece en el cotidiano a los periodistas asalariados en este país: obreros de la pluma y la cámara que trabajan para empresas informativas (públicas o privadas) con “líneas editoriales” que funcionan como el plato de lentejas (o las tomas o las dejas), profesionales de la información que, a pesar de estar en el momento y lugar adecuados (corresponsalías, coberturas, testimonios, denuncias) no pueden escribir ni grabar ni hablar de lo que ven, no pueden contar las historias que quieren contar porque se juegan el puesto de trabajo.

La producción informativa tiene dependencias (materiales e inmateriales) y es subjetiva, sí. Pero estas características no están reñidas con el hecho de estar comprometida con la verdad y con la veracidad. Tampoco lo están con la posibilidad de pensar, mirar, escribir, participando de forma colectiva y responsable en los procesos de subjetivación del mundo. Porque finalmente, lo que está en disputa hoy es el sentido del mundo. El sentido de nuestro tiempo.

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