Culturas
Cuestionando el pensamiento oficial y sus monólogos afines
28
Oct
2014
15:00
Morir de hambre
Por Anfigorey

 

«Te morirás de hambre» no parecía la frase que un adulto había dejado caer por descuido en la boca de una niña, sino una profecía. «Como continúe así, lo haré», piensa ahora mirándose en el espejo después de cepillarse los dientes. El así se remonta a varios años atrás. Si llegar a la ciudad no había sido fácil, permanecer en ella lo es aún menos. Le parece oler el pelo lacio de Silvia. «Te morirás de hambre» no es la frase de una niña de siete años. No recuerda el contexto en el cual Silvia la había soltado con aquellos enormes ojos verdes; imagina que quizás el padre de Silvia se lo había dicho a su hermano mayor cuando éste decidió irse de casa y estudiar Bellas Artes en lugar de quedarse y trabajar con él en la ferretería. Nunca supo qué había sido del hermano de Silvia, si había muerto o no de hambre. Delante del espejo ahora se cruza un pensamiento: «lo único a lo que puedo aspirar a estas alturas es a fracasar, a fracasar mejor, a fracasar definitivamente». Pensamiento tonto donde los haya, se da cuenta enseguida, fracasar mejor suena a frase de libro, y cae por su propio peso: la basura no puede mejorar, es imposible conseguir que no huela.

¿Quién demonios habrá dicho esa tontería de fracasar mejor? Intelectuales… Menuda tontería.

Extiende las pestañas con la máscara y trata de no prestar demasiada atención a las pequeñas arrugas de los párpados. Lleva semanas procesando los mismos pensamientos. No sabe si es la ciudad la que le viene bien a ella (ni de qué manera)

En su currículum Luis dice que vivió diez años en Londres. Vivió en Londres, sí, ¿pero se alimentó bien en Londres, iba al cine en Londres? Ése tipo de cosas no se dicen. ¿Cuál es la parte de vivir en capitales europeas que demuestra nuestra valía? Yo vivo en los arrabales de una y ya ves, una vida de mierda.

o, al revés, es únicamente su precariedad la que sienta bien a la ciudad y su venderse barato y aceptar ofertas irrisorias lo que realmente dinamiza la economía de una urbe que ofrece sus monumentos cada vez más caros en fotografías realizadas a disparo continuo.

¿A qué este ridículo traje de rodeo, sin ir más lejos, que me convierte en pocos minutos en una Dolly Parton de arrabal?

Nadie sabe (o nadie quiere saber) por qué su jefe decidió añadir esa extravagancia a los viajes guiados. Los turistas japoneses no salen de su asombro y comienza siendo siempre ella el primer objeto de atención. Todos los trayectos acaban con una foto de grupo y sonrisas a cámara. Se imagina a sí misma con el ridículo disfraz en una pantalla de ordenador, con las botas camperas y la chaqueta de flecos en álbumes de fotos en Hong Kong o Tokio o Corea…

¿Serán ellos capaces de diferenciar un español de un italiano o un alemán? ¿Cómo hablarán de nosotros cuando se reincorporen a sus puestos de trabajo? ¿Nos llamarán europeos u occidentales?

¿Serán sus prejuicios como los nuestros, su forma de referirse a nosotros tan ofensiva como la nuestra de referirnos a ellos, usarán un diminutivo como aquí decimos chinitos, tendrán ellos también alguna idea preconcebida sobre el tamaño y el color de nuestros órganos sexuales?

Corrige la caída de un mechón de pelo hacia el lado derecho. Las pequeñas arrugas continúan ahí. No son pequeñas. Mientras introduce la llave en la cerradura siente el peso de la gran duda (por referirse a ello de algún modo): no saber si es la de apagar las llamas o la de arrojarse al fuego la fuerza que necesitaría en estos momentos. O se interrumpe o se acelera esta combustión lenta. Y da dos vueltas a la llave. No sabe cuál ni sabe cómo pero presiente que el momento de tomar una decisión se aproxima.

Estarse quemando y seguir al lado del fuego no es plan. O decides cambiar o aceptas que te dopen.

La segunda opción ya la conoce.

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Anfigorey

Una vez escuché a alguien decir que si todos sacásemos nuestro monstruo se haría innecesario seguir hablando de monstruos. Pues bien, me siento cerca de este huésped al que nadie ha invitado. Una fría tarde de invierno ve una luz encendida y decide entrar. Sin más.
En un momento en el que no se espera de nosotros otra cosa que obediencia y miedo, intentar pensar al margen de los discursos oficiales es para muchas un modo de resistencia. Por supuesto, no esperamos una invitación.

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