10
Dic
2013
18:15
La corriente
Por Anfigorey

 

Así nos pasamos la infancia entera. Soñando la realidad. Siéndolo todo: gimnastas, bailarinas, superhéroes, detectives, poetas, futbolistas o ases del voleibol. Cualquier opción propuesta en una serie de dibujos animados nos encaja, incluso ser estrella de la canción, por qué no, aunque nos diese vergüenza cantar, quizás precisamente por eso soñábamos a veces, para ser de otro modo: para tener poderes, para tener voz. Al fin y al cabo era nuestro sueño y podíamos hacer con él lo que quisiéramos, incluso guardarlo, ponerlo a buen recaudo, sí, que nadie nos lo fuese a robar, que ninguna mirada de adulto lo hiciese añicos. También la infancia puede ser un lugar en el que escuchar y educar en silencio nuestra voz. Pero soñar es de niños, pronto lo que importa es ser alguien en la vida, la vida adulta, se entiende, ésa que dificultará nuestro éxito en el voleibol, o el fútbol. Y la voz, bueno... ¿a quién podría interesarle una voz desafinada? Así que aprendemos otra vez a hablar, aprendemos a decir "era sólo un sueño" o "ya no eres una niña" y lo repetimos las suficientes veces para convencernos, para olvidarnos de que nos estamos olvidando con ello de nosotros mismos. Hacerse mayor consiste en soñar cada vez menos y cada vez peor. Míranos ahora, más que nunca necesitaríamos que nuestra realidad se pareciese a un sueño, para poder transformarla, para hacer posible, de nuevo, la realidad que deseamos.

En algún papel dejó escrito Hölderlin que «el hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona». Mis ojos lo vieron y copiaron el verso en la primera página de una libreta, la de poemas que empecé a escribir con diez años. No sospechaba entonces que mi educación consistiría en cambiar el sentido, invertir el valor a los elementos de un verso, que tendría que aprender que es la reflexión y no los sueños lo que nos hace grandes. Tendría que repetirlo una y otra vez hasta convencerme, y leer muchos libros, muchos, y resolver ejercicios de lógica, muchos también, hasta dejar de recordar el verso, el nombre del poeta. Pero algunos versos son astillas que cristalizan en nosotros como una infancia, y duelen lo justo para que sea imposible olvidarlos.

Soñar no cuesta nada, ríen ahora por doquier los señores alegremente, queriendo hacernos creer que son inocentes nuestros sueños, intentando ocultar bajo la armadura del cinismo que es en verdad el sueño la región donde se amenaza el orden establecido, donde se operan unas transformaciones que son ya realidad. Lo sabe bien el poeta mientras remueve la corriente que nos engulle mar adentro. Ríase usted si consigue salir indemne, cuando eso suceda.

comentarios

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Anfigorey

Una vez escuché a alguien decir que si todos sacásemos nuestro monstruo se haría innecesario seguir hablando de monstruos. Pues bien, me siento cerca de este huésped al que nadie ha invitado. Una fría tarde de invierno ve una luz encendida y decide entrar. Sin más.
En un momento en el que no se espera de nosotros otra cosa que obediencia y miedo, intentar pensar al margen de los discursos oficiales es para muchas un modo de resistencia. Por supuesto, no esperamos una invitación.

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