Culturas
Cuestionando el pensamiento oficial y sus monólogos afines
21
Nov
2013
13:07
Contornos
Por Anfigorey

 

M. me contó en una ocasión el modo en que una conocida había superado el miedo a salir a la calle, una fobia. Lo recuerdo como el método de los pasos. Un día, ella sujeta la manilla de la puerta y la gira, sin llegar a abrirla. Respira. Al día siguiente, la abre y vuelve a cerrarla. Al otro, baja un escalón y vuelve a casa apresurada. Al siguiente, baja el segundo escalón y regresa, con la sensación de haber pisado una brasa, un volcán, cualquier cosa que desprenda calor. Y así, peldaño a peldaño, día a día, hasta llegar al portal. Entonces, abre el portal y lo cierra. Llega un momento, después de --pongamos por caso-- treinta y cinco escalones, en que la distancia que hay entre su cuerpo y la calle es realmente estrecha, es un paso tan sólo, algo que apenas da miedo, no después de los treinta y cinco peldaños anteriores; no se parece en nada al pasillo de un edificio a oscuras ni a los pasos marcados de botas que una vez de madrugada sintió justo detrás de ella durante todo el camino de regreso a casa. No. Este paso apenas da miedo, es un paso insignificante en la historia de los pasos. Pero el pie se resiste, se trastabilla mientras ve, a través de la rendija de la puerta, pasar un camión de mudanza y a un chico cruzar en bicicleta sonriente. Sube con miedo corriendo las escaleras y cierra con llave. Baja la persiana. Se acurruca. Respira. Espera. No. No era así. No era esto lo que M. me decía que sucedía. La distancia es estrecha, realmente estrecha. Sí. Ya recuerdo. Al mirar hacia atrás ve las escaleras, las escaleras que diariamente ha bajado, esa muralla que ha ido derribando día tras día, peldaño a peldaño, réplica de la que, según dicen, se ve desde el espacio. Una muy parecida. Porque, sin exagerar, el miedo es la mayor construcción humana. La diferencia entre estar dentro y fuera es de risa una vez ha conseguido abrir la puerta que da a la calle. No hay diferencia. Ni siquiera ella llega a pensarlo. Cuando lo piensa el tiempo verbal de la frase ha cambiado, es ya pasado: no había diferencia, dice, había. El pensamiento viene siempre después. Ahora sí, ve pasar un camión de mudanza y un chico cruza en bicicleta sonriente. La brisa de una mañana con sol acaricia su rostro. Cuando superas tus miedos incluso deja de llover, cómo son las cosas, ya ves --pensaba, poco convencida, mientras M. acababa de contarme la historia--. Que al final aguardase un cielo azul me parecía un cierre argumental fácil. No me convencía demasiado. Son este tipo de relatos los que nos orientan, los que nosotros mismos imitamos para explicarnos qué nos pasa. Definitivamente, los relatos terapéuticos son de todas las fábulas, nuestras preferidas.

Los de la crisis son también relatos de este tipo. Pretenden y consiguen que mantengamos buena letra, que bajemos ordenadamente los peldaños, que lleguemos por nosotros mismos a las conclusiones esperadas y entonces, ya sin riesgo, podamos criticarlo todo sin que nada llegue a desestabilizarse. Así acabamos pensando en círculos el mismo pensamiento disciplinado, las mismas alternativas trilladas que enseguida desechamos, la misma nada. La estrategia guarda cierto parecido con las líneas que los dibujos de los libros de colorear nos marcaban cuando éramos niños. Tener seis, doce o veinticuatro lápices de colores a nuestro alcance era una libertad provisional, la primera lección de docilidad y futuro conformismo. Nos creímos afortunados por tener muchos lápices cuando la libertad estaba en la hoja en blanco, nunca en los dibujos que nos daban para colorear. Del mismo modo que después de aprender a escribir sobre hojas pautadas dejamos de necesitarlas, ahora reproducimos los contornos de un pensamiento que no nos satisface, pero que no sabemos cómo dejar de pensar.

Todo es un continuo ilimitado, confirma el enfermo al derribar una puerta que da a la calle, hendiendo su azada en el terreno del cual extraerá sus palabras, él que dejó un buen día de hablar. Quizás haya llegado el momento de decirnos verdades como ésta: todo es un continuo. Nunca es una puerta la que nos mantiene a salvo del peligro, nunca el contorno de un dibujo el que nos impide continuar nuestro trazo. Si nuestra mano no se detiene hoy al llegar al borde que conocemos… ¿qué seremos capaces de pensar? ¿De qué color será esta vez el cielo?

comentarios

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    Sáb, 01/18/2014 - 16:32
    no sé si el anterior comentario quedó registrado: le di a guardar y desapareció... Una segynda cosa: más ceñida a lo que se dice en el texto, espero. Sobre nuestros miedos, los nuevos caminos etc. Dice Svante Paavo, que a la especie humana por el camino de la evolución se nos ha debido aflojar un tornillo porque somos demasiado temerarias, no evaluamos bien los riesgos. aquí: http://youtu.be/n-9BleXcpx8
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    Sáb, 01/18/2014 - 15:44
    creo q entiendo mejor lo que quieres decir- Hablas de un camino de búsqueda, de lo incierto y de los riesgos de lo posible (creo). si entendemos el texto como una formulación epistemológica, sobre los caminos del conocer debo, para ser sincero, expresar desacuerdo en algunas cosas: significas como negativas las sendas preestablecidas, los senderos ya marcados; para mi cumplen una significación epistemológica que nos ayuda a conocer las cosas. Es cierto que debemos poder salirnos de la senda, aventurarnos, pero para muchas cosas las sendas y caminos son como los cauces de los ríos, y por eso podemos decir que el agua tiene memoria. La libertad no se opone a la obediencia, o cuando menos no siempre. Es porque obedecemos o nos sujetamos a unas convenciones lingüísticas que podemos hablar y entendernos. Además podemos entrar en el terreno de lo económico, sobre lo que hablábamos en twitter: es porque sabemos ambas lo que son lo kilos y los metros, lo que son las ocho de la tarde que podemos concertar acuerdo e intercambiar mercancias de forma provechosa. Las sendas mil veces recorridas por muchas personas suelen indicar caminos que ahorran distancias o pendientes. No quiero decir que lo tradicional o la costumbre sean buenas por si mismas, que haya que hacer lo que digan mamá y papá. Espero que me entiendas. un saludo
  • Anfigorey

    Una vez escuché a alguien decir que si todos sacásemos nuestro monstruo se haría innecesario seguir hablando de monstruos. Pues bien, me siento cerca de este huésped al que nadie ha invitado. Una fría tarde de invierno ve una luz encendida y decide entrar. Sin más.
    En un momento en el que no se espera de nosotros otra cosa que obediencia y miedo, intentar pensar al margen de los discursos oficiales es para muchas un modo de resistencia. Por supuesto, no esperamos una invitación.

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