21
Mar
2016
11:09
Cadalso
Por Anfigorey

Begoña Arostegui (2014)

Hubo un tiempo en que a los condenados les vendaban los ojos para que no vieran el cadalso. Se les privaba de la última visión, del último cálculo. Hoy en la Red conviven unos ojos en apariencia libres con otros condenados a ver y a ser vistos. Cada vez encontramos menos impedimentos para conseguir las imágenes que queremos; imágenes grabadas, editadas, que podemos ver una o cien veces incluso mientras nos masturbamos. El espacio virtual renueva constantemente sus materiales y rastrea preferencias e intereses a través del historial de navegación que los propios usuarios somos incapaces de gestionar. Esa memoria reducida a datos nos identifica pero no nos pertenece.

Desde sus comienzos la fotografía ha servido de protección ante los peligros que la realidad presenta. La distancia que existe entre la realidad y su imagen nos protege tanto de las inclemencias del tiempo como de un fuego cruzado. Es peligroso -decía Harun Farocki en Imágenes del mundo y de la inscripción de la guerra (1989), refiriéndose a los inicios de la fotogrametría- estar personalmente en el lugar de los hechos. Es más seguro tomar una fotografía. «Una boca, para saborear algo, tiene que acercarse al objeto. El ojo, para ver, puede quedarse lejos del objeto.» Aufklärung, recuerda el cineasta, es un concepto intelectual (Ilustración) pero también una palabra del vocabulario militar. Aufklärung como reconocimiento. Reconocimiento aéreo. La primera imagen de Auschwitz fue tomada en 1944 a siete mil metros de altura desde aviones norteamericanos que sobrevolaron Silesia. En aquellas imágenes, evaluadas en Inglaterra, el campo de concentración no fue identificado; sí lo fueron algunas fábricas y objetivos cercanos. Solo cuando en 1977 dos empleados de la CIA empezaron a buscar Auschwitz en los archivos de imágenes aéreas el campo de concentración fue encontrado. Auschwitz había estado siempre a la vista.

En Filipinas pueden verse los cables de banda ancha que recorren numerosos barrios de chabolas. En el conocido destino de turismo sexual se practica hoy también la explotación sexual a distancia, esto es, virtual. Existen múltiples salas de chat en las que se ofrece la posibilidad de ver relaciones sexuales en directo que involucran a menores. Del otro lado de la pantalla alguien desde nuestro primer mundo –habitualmente un hombre de mediana edad- paga por ver en tiempo real sus fantasías realizadas. Una de esas sesiones virtuales aporta más dinero del que los progenitores de esas niñas, de esos niños, consiguen ganar al mes. El número de casos de niños y adolescentes víctimas de violencia en línea ha aumentado y se ha extendido por  países en los que la llegada de Internet, aplaudida como indicador de progreso tecnológico, ha sido previa a la satisfacción de otras necesidades básicas para el conjunto de su población, como sucede en El Salvador. La tecnología hoy permite que podamos pagar a otras personas para que maltraten, violen o torturen a miles de kilómetros de distancia, en el otro lado del mundo. Podrás ver lo que puedas pagar parece la máxima que sigue reduciendo a una parte de la población mundial a objeto dentro de un sistema de explotación económica a escala planetaria que ha hecho de la tecnología su aliado. La distancia que permite la tecnología sigue minimizando los riesgos y peligros personales frente a una realidad lejana. Pero la tecnología no neutraliza ninguna responsabilidad.

Los medios de transporte y la fibra óptica nos convencen de que la finalidad de la técnica es el dominio de la naturaleza. Benjamin puntualizaba que se trata del dominio de la relación entre la humanidad y la naturaleza. Ahora nos damos cuenta en qué medida es la relación de la humanidad consigo misma. Nada lo oculta. La lógica del beneficio avanza prescindiendo de cualquier consideración ética, despojando a parte de la población mundial de su dignidad. El sistema económico global actual es incompatible con la defensa del principio de igualdad de la dignidad de la vida humana. Pero la fe en el crecimiento económico sigue sin cuestionarse, aunque no tenga como consecuencia en ningún lugar del mundo una sociedad más igualitaria ni más justa. ¿Qué hacer si ya no queda ninguna verdad por desocultar? No cerrar los ojos.

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Anfigorey

Una vez escuché a alguien decir que si todos sacásemos nuestro monstruo se haría innecesario seguir hablando de monstruos. Pues bien, me siento cerca de este huésped al que nadie ha invitado. Una fría tarde de invierno ve una luz encendida y decide entrar. Sin más.
En un momento en el que no se espera de nosotros otra cosa que obediencia y miedo, intentar pensar al margen de los discursos oficiales es para muchas un modo de resistencia. Por supuesto, no esperamos una invitación.

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