06
Nov
2015
19:15
Abrir la historia
Por Anfigorey

La historia parece escrita para legitimar el presente. Nos tranquiliza creer en su carácter necesario; nos acostumbramos a aceptar que todo sucedió así, que no podía haber sucedido de otro modo. Pero lo que nuestra narración lineal y acumulativa del tiempo hace es ocultar el artificio que consiste en imponer un orden secuencial a hechos contingentes1. La creencia en la linealidad de la historia, unida a la fe en el progreso, es lo que caracteriza la mirada que el capitalismo lanza sobre el mundo. ¿Será también esa mi mirada?

Que el devenir de la historia y el devenir de las personas no es el mismo está fuera de toda duda. Gilles Deleuze señalaba que la cuestión sobre el futuro de la revolución, a la que  prestamos mayor atención, no es la más relevante. La cuestión acuciante se formula, según él, de otro modo: cómo y por qué las personas devienen revolucionarias. Se dice muchas veces que las revoluciones las comienzan siempre personas que no tienen nada que perder, desesperadas. Esta manera conservadora de razonar pasa por alto que es la vida propia la que se pone en el centro del desafío de esos devenires revolucionarios y, por eso mismo, esas personas pueden, en un sentido literal, perderlo todo. Se trata de un razonamiento que se mueve dentro del perímetro de seguridad de un estricto cálculo de medios y fines, que se atiene a la lógica que legitima el sistema en el que vivimos. Esta lógica nos impide llegar a algo que no sea este sistema mismo. La incómoda cuestión del por qué y cómo sigue en pie. El fracaso de las revoluciones2 no ha impedido que a lo largo de la historia las personas en un momento determinado hayan llegado a ser revolucionarias (evidenciando eso a lo que apuntaba el filósofo francés, que el devenir revolucionario y la cuestión sobre el futuro de la revolución son cuestiones diferentes). ¿Pero en qué consistiría hoy un devenir revolucionario? Es difícil de saber. Lo que sí sabemos es que a veces llegamos a un punto en el cual nuestra vida se nos muestra como algo verdaderamente insoportable. En esos momentos nos quedamos frente a una única certeza: “esto no lo quiero vivir”. Y al señalar ese límite tomamos, al mismo tiempo, la medida de nuestro mundo (el límite de la vida que toleramos vivir). Esa medida, límite infranqueable, es la de nuestra dignidad.

Con todo, la sensación más extendida es que no podemos hacer nada para cambiar el rumbo de las cosas. ¿Cómo acabar con el cálculo medios-fines que permite la explotación económica actual que, en aras de obtener mayor beneficio, justifica la externalización de la producción de las empresas para obtener mano de obra más barata y permite que siga habiendo acuerdos comerciales con países donde no solo no hay una legislación que garantice unos derechos laborales sino que ni siquiera se respetan los derechos humanos? Las etiquetas de nuestra ropa son gritos que desbaratan las medidas del mundo que creemos habitar. Hace unos días miré las etiquetas de la que iba a ponerme. El pantalón estaba hecho en Camboya; el jersey, en Bangladesh; la cazadora, en China. Cuando los trabajadores explotados del primer mundo contribuimos a una explotación económica a escala planetaria, la división entre víctimas y verdugos -que en el siglo pasado parecía clara- sufre necesariamente un desplazamiento. ¿Qué sucede cuando cada uno de nosotros, con nuestra propia vida (nuestras necesidades y hábitos de consumo, nuestros deseos) reproducimos, alentamos, el sistema que nos oprime (queremos que bajen los intereses para poder firmar una hipoteca; volver a renovar el coche; comprar otro nuevo electrodoméstico...)? ¿Qué podemos hacer? Sabemos que respaldarse en que el mundo es injusto es una coartada perfecta para seguir haciéndolo todo al revés. Es una trampa que aprendemos cuando somos niños. Estos razonamientos sobreviven hasta la edad adulta naturalizados en una suerte de inercia moral que sigue permitiéndonos desentendernos de nuestra responsabilidad individual en cada situación. Pero cuando no hay fronteras ni límites para la explotación la exigencia de radicalidad (en su sentido etimológico olvidado de ir a la raíz) aumenta.

A veces es tan necesario y difícil aprender cómo fue la Historia, qué sucedió en el pasado, como saber identificar algunas de sus fisuras. Cuando en el colegio estudiábamos Historia los acontecimientos históricos se nos presentaban siempre como bloques homogéneos, como distintos capítulos de una misma serie. Esto viene antes, esto va después. La dimensión de contingencia en la que siempre tienen lugar las acciones humanas quedaba oculta y no tenía sentido preguntarse cómo podría haber sido. La historia se presentaba sencillamente como aquello que fue. Sin embargo, la historia está llena de fisuras. Cuando encontramos una, la historia se abre. Lo hace no solo un pasado desconocido, sino también las posibilidades en un presente al que estamos clavados sin margen de movimiento ni modificación de rumbo.

En “Imágenes del mundo y epitafios de guerra” (1988) Harun Farocki da cuenta de algunas historias3 de vida dentro de la fábrica de muerte que fue el campo de concentración de Auschwitz. Una de ellas es la de Vrba y Wetzler, dos jóvenes judíos que consiguieron escapar de Auschwitz en 1944 (es decir, un año antes de la victoria de los aliados sobre Alemania). Creían que Auschwitz existía porque afuera nadie sabía lo que estaba sucediendo. Su misión sería decirlo para que las vías pudiesen entonces ser bombardeadas y, de ese modo, dejasen de llegar trenes a Auschwitz. Vrba y Wetzler llegaron a Eslovaquia y comenzaron a preparar un informe (dibujaron un plano de las instalaciones, incluyeron las cifras de los prisioneros que habían memorizado, etc.) que consiguieron hacer llegar a conocimiento de las autoridades (una de las copias del informe llegaría, a través de Suiza, a Londres que, a su vez, lo pondría en conocimiento de Washington). Con el informe de Vrba y Wetzler Auschwitz dejó de ser un secreto. Las vías, sin embargo, no fueron bombardeadas. No se daban las condiciones. No era el momento. Era necesario concentrar las fuerzas. La liberación de los judíos llegaría con la derrota de Alemania en 1945. También unas mujeres judías que trabajaban en una fábrica de municiones en Auschwitz consiguieron pasar pequeñas cantidades de explosivos a un grupo organizado que trabajaba en uno de los crematorios. El grupo insurgente consiguió hacer que volase por los aires el crematorio IV. Atacaron de ese modo la maquinaria de muerte con sus propias vidas. Hicieron algo que las grandes potencias no fueron capaces de hacer.
 


1. A este respecto, en el artículo Usos políticos del pasado. Las identidades que hacen historia, Noelia Adánez llama la atención sobre el riesgo de naturalizaciones que perpetúan relatos del pasado: «Y es que, en efecto, la historia acontece, de acuerdo con estas filosofías modernas de la historia, sobre la trama del tiempo, y bajo el supuesto de que esa trama es lineal y unívoca, desde cualquier punto de vista, neutral. Y así  la  historia  puede  ser  contada  como   si   los  acontecimientos  se hilvanaran gracias a la causalidad, como si se sucedieran desde el origen de los tiempos hasta arribar a las costas de un presente que solo de este modo podemos reconocer, comprender y aceptar.», p. 38. Acceso a la versión electrónica: http://www.contratiempohistoria.org/ed/T0003.pdf
2. Analizadas una a una siempre asoman consecuencias y derivaciones poco revolucionarias. Sin ir más lejos, Deleuze llama la atención sobre el hecho de que a la Revolución Francesa siguió Napoleón.
3. La referencia se encuentra también en el escrito “La realidad tendría que comenzar”, recogido en el libro “Desconfiar de las imágenes”, Caja Negra, Buenos Aires, 2013, pp.177-192

comentarios

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Anfigorey

Una vez escuché a alguien decir que si todos sacásemos nuestro monstruo se haría innecesario seguir hablando de monstruos. Pues bien, me siento cerca de este huésped al que nadie ha invitado. Una fría tarde de invierno ve una luz encendida y decide entrar. Sin más.
En un momento en el que no se espera de nosotros otra cosa que obediencia y miedo, intentar pensar al margen de los discursos oficiales es para muchas un modo de resistencia. Por supuesto, no esperamos una invitación.

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